No woman No cry


25 JUNIO 2009

Un mar de nubes inmenso cubriendo todos mis sueños, todas mis ambiciones, todo lo que había amado. El ruido del motor colapsando mi cerebro hasta apenas poder pensar. Palabras que se perdían en el silencio de mi alma que apenas podía palpitar. Las últimas palabras en ese inglés tan británico que mis oídos escucharían antes de pisar tierra hispana. Mis pulmones apenas contenían la respiración, mis ojos no conten
ían ya las lágrimas y, entre sollozos, aún me atrevía a mirar por la ventanilla para descubrir cómo todo quedaba ya atrás, cómo todo estaba finalmente “over”.

Sobrevolando por los recuerdos de un año del que me atrevería a decir fue el mejor de mi vida. Atrás quedaba todo ya. Las risas, la gente, las bromas, las horas en el jardín tomando el sol, las comidas y cenas interminables que un día aprendí a apreciar. Las sesiones de cine todos apelotonados por la nada acogedora moqueta del living room, las interrupciones en mi habitación a cualquier hora del día o de la noche, los intentos
de charlas profundas en un inglés que fue mejorando con el tiempo, los agobios por entregar los trabajos a tiempo, las horas interminables en la library, los días off en que planeábamos algún viaje todos juntos. El estar acompañado en todo momento. Las miradas de complicidad, las miradas de “estamos juntos en esto” porque, por muy diferentes que fueran nuestras vidas, nuestros mundos, nuestras convicciones, teníamos algo en común, teníamos ese algo que nos había llevado al mismo lugar en el mismo momento de nuestras vidas.

Cuando miré por la ventilla por última vez asomaban las primeras luces de la ciudad en la que debería vivir, al menos, el próximo año. Todo había acabado. Acababa del mismo modo que había comenzado pero, ahora, la persona que volvía era una persona diferente.

Aquella, la noche anterior, la despedida, fue sencillamente horrible. No se trataba únicamente de despedirse de todas las personas que había conocido durante el último año, las personas con las que había compartido mi vida durante este año, las personas de las que tanto ha
bía aprendido y que tanto me habían enseñado en tan sólo un año, las personas que se habían convertido en mi familia y a las que quizá nunca volvería a ver jamás; se trataba también de dejar el que se había convertido en mi hogar. Se trataba de abandonar todo aquello por lo que había luchado durante tanto tiempo, todo aquello que tanto me había costado amar, todo aquello en lo que se había convertido mi vida, para volver a mi vida anterior, a mi vida real, en cierto modo, al pasado.

Y surgió el miedo. Miedo a volver. Miedo a volver a perderme. Miedo a retroceder al pasado. Miedo al miedo.

Me resulta muy difícil explicar todo lo que ha supuesto para mí este año en tan sólo unas líneas. Tanto que ni siquiera me siento con la capacidad de explicarlo, de modo que es algo que me quedo para mí. Lo que sí puedo decir es que ha supuesto mucho, hasta el punto de sentirme una persona diferente. Tal vez por eso sentí tanto miedo al ser por fin consciente de que todo había acabado. Hace algunos años no habría sentido ese miedo de volver a lo conocido, de volver a mi habitáculo para encerrarme en mi jaula de cristal. Pero las cosas han cambiado y ya no soy la misma. He aprendido a apreciar la vida. He aprendido a vivir y a desear hacerlo por encima de todo, tanto que sentí pánico al darme cuent
a de que mi vida volvía atrás. Pánico al volver a ese lugar, a ese ambiente que me había hecho sumergirme en el sufrimiento, en el odio y en olvido. Pánico a volver a ese lugar que me había visto perder la cordura hasta el punto de perderme a mí misma.

No sé qué me depara el futuro y eso, en cierto modo, asusta. Ahora, un año después, soy capaz de comprender que nunca fui consciente de lo que supondría para mí este año. Ahora, un año después, me doy cuenta de que nunca había amado tanto la vida y de que la vida podía ofrecerme tanto.

Ahora más que nunca desearía retroceder para decirle al estúpido psiquiatra cuánto se equivocaba al decirme que no debía correr el riesgo de salir de casa, de abrir la jaula, de dejar atrás todos mis miedos, de querer avanzar, de querer ver la vida con otros ojos, de querer descubrir todo lo que vida podía ofrecerme.

Nadie dijo que fuera a resultar fácil y, en cierto modo, siento que lo difícil comienza ahora. Ahora que estoy de nuevo aquí, ahora que debo enfrentarme a todos mis problemas, ahora que debo enfrentarme a todos mis miedos. Pero lo cierto es que resulta mucho más
fácil, por difícil que resulte, seguir viviendo y querer seguir haciéndolo cuando has amado la vida al menos una vez.

No más lagrimas. No woman no cry ‘cos everything is gonna be alright. Ahora ha llegado el momento de demostrarme a mí misma que todo lo que he aprendido, que todo lo que he amado, que todo lo que he soñado puede perdurar en mi vida.

La vida se compone de etapas que hay que aprender a abrir y a cerrar. De todas se aprende algo pero hay que saber que cuando una etapa se cierra el aprendizaje y la experiencia perdura. Y la vida avanza. Y cada etapa que comienza se alimenta y se enriquece dela anterior. Y cada etapa es la suma de las etapas anteriores. Sé que no puedo cambiar mi pasado pero sé que puedo cambiar mi futuro. Y ahora, más que nunca, quiero hacerlo. Y, ahora más que nunca, quiero seguir amando la vida porque ahora sé que es posible porque everything is gonna be alright.

ANA

Aún quedaba lo peor


06 ABRIL 2009


Las lágrimas inundaban mis ojos pero hice un esfuerzo para evitar darle la satisfacción de derrumbarme allí delante. Esbocé una amplia sonrisa para hacerle creer que todo iba perfectamente, una sonrisa, tal vez, demasiado apócrifa.


Segundo día en España. Me desperté a las 7 de la mañana para ir al hospital, Unidad de TCA. Habían cambiado la Unidad de planta, ahora está en la 4ª y, por fin, todas las consultas están en el mismo sitio. ¿Qué era eso de pasear tu cara demacrada por cada uno de los pasillos llenos de enfermos?


1er paso: Psicología. El psicólogo fue el primero en atenderme. Lo mismo de siempre. O tal vez no. Ya no tengo demasiado que decir. Me he quedado sin palabras. Cuando llegué a la Unidad, hace ahora casi un año y medio, tenía mucho de lo que hablar. Muchas palabras y sentimientos que pronunciar por primera vez. Una caja de Pandora que destapar, un cúmulo de sentimientos y pensamientos que había ido acumulando en mi interior durante los últimos 8 años y que me habían ido carcomiendo hasta convertirme en ese ser magullado y enfermo que fui durante tanto tiempo. Pero aquello acabó. No hay más. Ya abandoné mis conductas estrafalarias, mis ayunos diarios, mis manías excéntricas hasta la obsesión, mis rutinas estrambóticas y enfermizas. ¿Qué más quieren quitarme ahora? No hay más que decir, ya me deshice de todo aquello que me estaba matando por dentro. ¿Qué más puedo decir?


Pero él quería hacerme hablar y yo no tenía ya palabras. Mis respuestas fueron escuetas. “Sí”, “no”, “bien”, “no lo sé”. He dejado de pensar, de reflexionar, de plantearme y cuestionarme todo lo que hago, por primera vez hago las cosas sin más. Simplemente las hago. Me limito a vivir. Cada 2 segundos se hacía un silencio desagradable que él se empeñaba en llenar explicándome reiteradamente en qué consiste una vida saludable. ¡Cómo si no lo supiera! Perdone señor psicólogo, ¿se ha parado a pensar alguna vez que tal vez no me importe todo ese rollo de la “vida saludable”? Parece que no se enteran. Deporte, una dieta equilibrada, la pirámide de la alimentación… estoy un poco cansada ya de escuchar el mismo cuento de siempre. No se va a hacer efectivo simplemente por repetirlo una y otra vez. A veces me pregunto de qué me sirve ya seguir yendo allí. Me siento incómoda y, en cierto modo, atacada; la situación resulta algo violenta y forzada. Me gustaría por una vez escuchar qué tiene él que decir. Llevo hablando durante más de un año y aún no me ha dado un diagnóstico. ¿Por qué estoy enferma? ¿Qué hice mal? ¿Por qué narices he caído en esta mierda? ¿Qué cojones me pasa señor psicólogo? Te hacen sentir como un ser despreciable, como una rata de laboratorio, como si estuvieras loco. Te llenan el estómago de pastillas y ni siquiera se molestan en decirte qué diablos te pasa.


Finalmente, tras un largo silencio, me dice si tengo algo más que añadir. –“No”–. Como si lo hubiera tenido durante la interminable sesión. –“Bueno, entonces espero que te vaya muy bien en Inglaterra y que te vayan muy bien los exámenes. Ya nos veremos en Junio”–. ¡Por fin! Libre… al menos por el momento. Aún quedaba lo peor.


2º paso: Enfermería. Entré en la consulta, me quité el abrigo y me senté. El mismo ritual de siempre. Lo bueno de las sesiones de enfermería es que siempre sabes lo que va a venir a continuación. Me tomaron la tensión (9/6, ¿qué diablos pasa conmigo? ¿por qué narices tengo siempre la tensión tan baja?) y me pesaron (Oh, Oh). Me lo temía. He engordado. No es nada nuevo. Ya lo sabía. He engordado mucho. Es la vida en Inglaterra. O tal vez sólo la vida Erasmus. Dejas de hacer tanto deporte como sueles hacer, dejas tus dietas estrafalarias (Y Dios sabe que quería seguirla pero allí resulta imposible) y quedas con la gente para comer y/o cenar porque necesitas relacionarte (y, sí, otra vez, todas las relaciones sociales se realizan en torno a la comida). No puedes rechazar las propuestas porque sino te quedas solo y allí necesitas a alguien, la soledad en aquel país se hace insoportable porque no tienes absolutamente nada, a pesar de que siempre creí que sería capaz de soportarla. Y bebes. Bebes mucho. Bebes más de lo que has bebido nunca; y todos sabemos cuánto engorda el alcohol (mierda).


55 kilos. ¡55 kilos! Mierda, mierda, mierda. Sabía que había engordado. Sabía que había engordado mucho, ¿pero tanto? Pensaba que estaría alrededor de los 53 ó 54 kilos. ¿55? Mierda, mierda, mierda. “Vale, 54 kilos sin ropa” es lo que pienso nada más bajarme de la báscula porque no soy capaz de aceptar que peso (mierda) 55 kilos.


¿Saben cuánto pesaba antes de irme a Inglaterra? 48 kilos. ¡48 kilos! ¡Y ahora peso 55! Eso hacen 7 kilos en… ¡7 meses! A un kilo por mes. Me da hasta vergüenza escribir esa cifra, reconocer mi peso. A veces cuando me miro al espejo no me reconozco y pienso “esa no soy yo”. Resulta muy difícil aceptar que pesas 55 kilos cuando hace tan solo un año pesaba 45 kilos, la maravillosa cifra de 45 kilos. Son 10 kilos más en mi, ya no tan, diminuto cuerpecito.


Pero lo he aceptado (¿lo he hecho?). En el fondo, dentro de mí, de algún modo, lo he aceptado. Lo he aceptado porque, de algún modo, este año está siendo un break en mi vida. Y no me importa. Por primera vez no me importa (claro que me importa, joder) o tal vez no me importa tanto como antes. Quiero decir que este año estoy aprendiendo a dar más importancia a otros aspectos de mi vida aunque sé que cuando vuelva a mi vida real eso tiene que cambiar. Lo más difícil ya no resulta aceptar mi cuerpo con sus nuevas curvas porque de algún modo me encuentro incluso más sexy y atractiva (¿será porque he ganado en seguridad y confianza en mí misma?), lo más difícil es aceptar que los pantalones ya no me entran, que la ropa me queda estrecha, que las camisetas se ciñen en los lugares menos deseados y (mierda) ¡no tengo más ropa que ponerme!


Hablo durante algunos minutos con la enfermera. No recuerdo sobre qué porque estaba demasiado absorta pensando en esos aterradores 55 kilos. De todas formas, la enfermera es agradable. No me importa hablar con ella, en cierto modo, sé que está de mi lado y, a pesar de todo, ella no me hace sentir como un bicho raro. Me apoya, me anima y me dice que todo irá bien, que cuando vuelva perderé esos kilos y me estabilizaré. Que no me preocupe. Salgo de la consulta. Segundo obstáculo superado (¿superado? ¿Podré alguna vez olvidar esa abominable cifra de mi cabeza?). Aún quedaba lo peor.


3er paso: Psiquiatría. Entro en la consulta y me siento al otro lado de la mesa del señor psiquiatra. Él pregunta mi nombre (vaya rigor si ni siquiera son capaces de recordar a sus pacientes) y abre la carpeta con mi historial. Me pregunta qué tal va todo. “Estoy en Inglaterra, ¿recuerda? Todo muy bien por allí, muy contenta…” la misma historia de siempre. Tengo algo importante que contar aunque me da miedo hacerlo. Sé que me echará la bronca pero no encuentro el modo de maquillarlo así que simplemente lo suelto, sin más. “Dejé la medicación.” Su cara se tercia en un brusco interrogante entre terror e incomprensión. Su expresión me asusta de modo que intento explicar los por qués (si es que hubo alguno alguna vez). “Usted me planteó la posibilidad de dejar la medicación antes de irme pero decidió mantenerla porque me iba para allá y no sabía cómo reaccionaría al cambio. Empecé a tomarla pero después de alguna semana… la dejé.” “¿Cómo que la ha dejado?” Añade.


La dejé sin más. Me sentía muy bien allí en Inglaterra y, bueno, lo cierto es que allí olvidé mis rutinas, mi organización, los horarios... algunos días se me olvidaba tomarla, otros días dejaba de tomarla porque bebía alcohol y poco a poco, decidí dejar de medicarme. Estaba cansada de meterme tantas pastillas que ni siquiera sabía si me hacían en realidad algún efecto. “Es una insensatez. ¿Cómo se le ocurre hacer tal cosa? Se ha puesto en un altísimo riesgo.” ¿Riesgo? Ni que hubiese muerto. Me dan ganas de reír en su propia cara pero consigo mantener la compostura.


Es cierto que existe un alto riesgo de adicción después de un largo tratamiento con Prozac pero yo no sentí ningún tipo de efecto al dejarlo. Sin embargo, él insiste en el altísimo riesgo al que me había sometido. “Existe un protocolo para retirar la medicación y es muy importante seguirlo rigurosamente. Hay que hacerlo poco a poco. Primero hay que estar una temporada con una dosis reducida, luego pasar a medio comprimido diario, luego a medio comprimido diario días alternos y por último retirar la medicación definitivamente y medir los efectos sobre el paciente.” Pamplinas. A mi juicio no son más que tonterías. Yo no sentí ningún efecto. Y tampoco lo hice premeditamente, simplemente me parecía imposible mantener allí la medicación porque el descontrol y la desorganización en mis horarios y en mi nueva vida me impedían seguir con dicho ritual diario que únicamente me recordaba que seguía estando enferma.


“Pero todo va perfectamente, me siento muy bien, como de todo, he dejado de saltarme comidas, como muchas más cosas que antes…” Él se extraña. Le resulta sumamente extraño que tras retirar la medicación bruscamente todo fuera bien. “Bueno, si usted dice que va todo bien, me alegro pero se ha puesto en un alto riesgo” añade con una expresión de incertidumbre y asombro en su rostro haciéndome sentir, no sólo terriblemente culpable sino, incluso, en cierto modo, loca; recién salida del manicomio.


“Bueno, he tenido algún episodio de vómito en los últimos meses pero ha sido muy ocasional.” Digo yo con cierto orgullo. “Ah. Ya me extrañaba a mí que estuviese todo bien cuando me dijo que había dejado la medicación.” Dice él en un tono de alarde y arrogancia, como si estuviese esperando cualquier minucia para clavarme el puñal de la vanagloria. “¿Qué quiere decir con ocasional?” “Pues… 3 ó 4 veces en 3 meses”. No está mal, ¿no? Al menos yo me sentía orgullosa de esa cifra. No es algo que me enorgullezca. Resulta terriblemente violento y nauseabundo saber que me he inclinado sobre la taza de váter y he deslizado mis dedos a través de mi garganta una y otra vez porque no he tenido la suficiente fuerza de voluntad para controlar mi ingesta. Sin embargo, 3 ó 4 veces resultaba para mí un logro, especialmente después de haber pasado tantos años de mi vida vomitando hasta 2 (y, a veces, incluso 3) veces al día de cada día de cada semana de cada mes.


“4 veces en 3 meses hace una estadística de más de 1,3 vómitos al mes.” Añade él. ¿De verdad cree que esto se puede medir conforme a estadísticas? Semejante estupidez. No es cuestión de estadísticas. Ni siquiera se toma la molestia de preguntarme qué había desatado esos episodios, cuál había sido el desencadenante o por qué lo había hecho. En mi humilde opinión, no creo que tenga nada que ver con la medicación. No quiero decir que la medicación no tenga ningún efecto porque, obviamente, claro que lo tiene, pero esto va más allá de cuestiones físicas. Tiene que ver con las emociones y sentimientos (cuántas millones de veces habré escrito ya esta frase) y aún no se dan cuenta. Algunas personas pagan su malestar emocional con el alcohol, las drogas, la soledad, la depresión… yo lo pago con la comida y en varias ocasiones puntuales que no he sido capaz de controlarlo he ido al baño y he vomitado. 4 veces en 3 meses. No lo considero alarmante. Pero, obviamente, para el señor psiquiatra aquello supone un riesgo de muerte porque (Oh, ¡Dios mío!) ¿qué persona en su sano juicio deja de medicarse por cuenta propia y se mete los dedos en la garganta hasta provocarse el vómito? Habría que estar loco para hacer algo semejante; de hecho, ni siquiera sé qué hago suelta por el mundo, debería estar encerrada en un psiquiátrico.


Sí, sé que puede sonar algo brusco y, aunque no lo crean, no tengo nada en contra de los señores psiquiatras (aunque en los últimos años empiezo a cogerles algo de manía porque piensan que con sus miles de pastillas de formas y colores diferentes pueden arreglar el mundo) pero éste en concreto ha perdido toda la credibilidad para mí. ¿Cómo creer en su palabra cuando me dijo hace muchos meses que debería estar ingresada en el hospital? ¿cuando me dijo que debía dejar la universidad, mis clases, mi familia, mi vida, para centrarme de lleno en el tratamiento e ingresar en el hospital de día? ¿cuando me dijo que si no me lo tomaba en serio me iba a morir? ¿cuando me dijo que no debía irme a Inglaterra sino desaprovechar la oportunidad de mi vida para quedarme aquí y resarcirme en mi propia mierda?


Aún me cuesta comprender cómo una persona que, supuestamente, debería saber cómo tratar a una persona con trastornos alimenticios no es capaz de entender que encerrar a un paciente en un lugar rodeado de comida por doquier, pensando en comida, kilos y calorías las 24 horas al día, rodeado de enfermedad, de enfermos, médicos, básculas, metas, objetivos, rutinas y organización cada día, alejándole de su vida, de una vida normal, de los sentimientos y emociones a los que tiene que enfrentarse, que tiene que aprender a afrontar, pueda creer que de verdad encerrarle en esa burbuja irreal sea beneficioso. Él quería arrebatarme mi vida, mis oportunidades, mis estudios… yo no necesito estar encerrada, necesito vivir para aprender a disfrutar la vida, para aprender a desear vivir, para aprender a hacerlo aquí fuera, en el mundo real, con todas las consecuencias. Lo siento señor psiquiatra, ha perdido toda la credibilidad para mí.


“Muy bien, usted verá lo que hace.” Todo lo que me puede ofrecer es continuar (o empezar de nuevo) con el tratamiento. Me propone un nuevo tratamiento. No recuerdo el nombre de la nueva medicación, algo relativamente nuevo. Una nueva receta de topiramato (el topiramato son anticonvulsivos para el tratamiento de la epilepsia y el síndrome de Lennox-Gastaut en niños aunque algunos psiquiatras lo usan en el tratamiento del trastorno bipolar, la obesidad o el alcoholismo) mejorada. Pero hay un pequeño detalle. Este nuevo fármaco puede provocar un efecto negativo en el nivel de sodio del organismo con lo que conviene hacerse análisis periódicos (más mierda). Estoy cansada de pastillas, básculas, análisis de sangre, análisis de hormonas… Sólo quiero un respiro. No me apetece estar en Inglaterra pensando en toda esta mierda. Allí estoy bien, que me dejen vivir. Tal vez cuando vuelva me apetezca pensar de nuevo en todo esto pero, de momento, sólo quiero que me dejen disfrutar de este año de mi vida.


Le digo que lo pensaré porque no sé si allí podrán hacerme las pruebas (lo cual es cierto). Pero la verdad es que no sé qué hacer. Algunas veces deseo dejarlo, acabar con todo. Ahora me siento bien y, sinceramente, lo de los vómitos ocasionales no creo que sea cuestión de pastillas sino de control personal. Pero, otras veces, tengo miedo. Sé que corro un riesgo muy grande y soy consciente de que cuando vuelva de Inglaterra, cuando vuelva a mi vida real de nuevo (y encima con esos kilos de más) el riesgo será muy elevado. Una parte de mí quiere acabar con todo de una vez pero otra parte de mí cree que lo correcto es no dejar el tratamiento y hacer caso a los señores médicos.


Llega un punto en que me pregunto si el resto de mi vida será así, si todo esto acabará alguna vez. Subidas y bajadas, tratamientos interminables, visitas a los señores “psi”… Cuando todo empieza nunca piensas qué pasará más adelante, te limitas a pensar en el ahora, en bajar esos kilos, en mantener el control; pero poner fin es más difícil cuando es demasiado tarde y no somos consciente de que aún queda lo peor.



ANA


Back home


29 MARZO 2009



Parecía tan lejano... parecía que no fuera a llegar nunca este momento. Pero llegó. Después de casi 3 meses por tierras inglesas, y una semana maravillosa en Suecia, llegó este momento. El momento de regresar a casa. Un respiro
. Aún no es el final. Tenemos un mes de vacaciones, the easter vacation (vaciones de pascua). Un break.

Volví de Suecia hace tan sólo dos días. Estocolmo es precioso. Suecia, país de paisajes y horizontes infinitos. País frío pero cálido de alguna manera. País de leyendas y tradiciones. El cielo en Suecia me ha robado el corazón. Nunca antes había visto un cielo tan azul. Las nubes surcan a gran velocidad la inmensidad de un cielo que se pierde en el horizonte. Sus paisajes son maravillos. Los perfectos copos de nieve caen del cielo cubriéndolo todo y convirtiéndo el paisaje en interminables explanadas blancas impolutas en las que se refleja el sol. Y lo que más me fascina es el modo en que afronto estas nuevas experiencias, el modo en que disfruto de ellas como nunca antes lo había hecho.

Pero tenía ganas de volver a casa. Volver a España, ver a mis padres, a mi familia, a mis amigos... y retomar algunas cosas que quedaron en la cuerda floja.

Y ahora que, por fín, estoy aquí me resulta extraño. Tengo tres semanas de vacaciones antes de volver a Inglaterra y ya empiezo a pensar que
solo me quedan unos meses para acabar esta aventura en el extranjero y volver a España para siempre. Todo se hace sumamente extraño. El tiempo pasa rápido, el mundo va a un ritmo frenético y en cuanto nos damos cuenta y miramos atrás han pasado cientos de cosas en las que ni siquiera hemos reparado.

Hace algún tiempo todos estos cambios, estas idas y venidas, estos vaivenes en mi vida, se me habrían antojado aterradores. Ahora resultan excitantes. Hace algún tiempo la incertidumbre y la inseguridad me hubieran impedido disfrutar todo lo que está suciendo en mi vida durante este año. Algo ha cambiado en mí y apenas he tenido tiempo para reparar en ello. Por primera vez en mi vida me estoy limitando a vivir, sólo a vivir. Necesito parar, reflexionar un poco y mirar atrás pero el hecho de vivir, simplemente vivir, resulta fascinante.

Apenas he tenido tiempo para reflexionar y escribir en este tiempo y necesito hacerlo. Las próximas semanas en España aprovecharé para contar con más detalle cómo esta maravillosa aventura está afectando a mi vida. No todo es tan maravilloso como parece, todo tiene su lado negativo, pero aún así resulta fascinante ver cómo, a pesar de todo, sigo viviendo y deseando vivir.

Cómo a pesar de todo, he conseguido mantener una sonrisa casi permanente en mi rostro, una sonrisa a veces nublada por las lágrimas pero un deseo de sonreir constante. Un deseo de sonreír y de vivir diario.

ANA

"Los sueños, sueños son"


18 FEBRERO 2009


Los dias pasan, uno a uno, lentamente. Y sigo intentando hacerme un hueco en este pequeño mundo, mi mundo, día a día.


No es sencillo. Algo que nunca antes había conocido, algo que nunca antes había imaginado.


Siempre soñé con esto. Siempre imaginé cómo sería todo el día en que me fuera de casa, el día en que fuera independiente y comenzara a vivir mi propia vida. Siempre había tenido esa imagen tan clara en mi mente de cómo sería todo. Pero nos engañamos. Por eso los sueños son tan maravillosos, porque en ellos puedes imaginar lo que desees. Nadie va a decirte nunca qué es lo que debes o puedes soñar porque los sueños es una de las cosas mas íntimas y personales de cada uno. De modo que imaginamos. Imaginamos cómo será nuestro futuro.


Soñamos con una casa maravillosa junto a la costa, soñamos con un hombre increíblemente atractivo esperándonos en el sofá de casa, un deportivo descapotable y el trabajo perfecto. Nos imaginamos rodeados de amigos que nos aprecian, música y risas resonando en un salón blanco impoluto con vistas al mar, veladas románticas con nuestra pareja tumbados junto a la chimenea. Compañeros de trabajo que aprecian nuestro trabajo y valoran lo que hacemos. Mujeres de éxito, profesional y sentimentalmente. Mujeres atractivas, guapas, altas, delgadas. Imaginamos una vida de ensueño porque soñar es gratuito.


Imaginamos que algún día nuestros sueños se harán realidad. Y llega un punto en que imaginamos que somos otra persona diferente porque ni siquiera nosotros nos creemos capaces de encajar en ese sueño.


Pero cometemos el gravísisimo error de soñar con cosas materiales. Soñamos con casas, coches, viajes, belleza, dinero... sin darnos cuenta de que en el fondo, con lo que de verdad estamos soñando es con la felicidad. Imaginamos la felicidad dentro de un estereotipo, con una imagen estereotipada que nos venden en la prensa, la television o el cine. Y nos olvidamos de que la felicidad no tiene imagen. Nos olvidamos de que la felicidad es un sentimiento, es una sensación. No necesita de una imagen, tiene cientos de ellas y puede esconderse en miles de pequenos momentos.


Un paseo por la playa, una pequeña casa en el campo o en el centro de una gran ciudad, un trabajo humilde escribiendo en un periódico o recogiendo la uva de sol a sol, un chico de película o simplemente un chico vulgar que te ame mas que nada en el mundo. Un cuerpo delgado y esquelético o un cuerpo con unas preciosas curvas. Una sonrisa.


Siempre soñé que algún día saldría de casa. Siempre soñé que algún día llegaría el momento y me iría a algún país lejano. Soñé que llegaría el momento en que sería independiente y no necesitaría de nadie; sería autosuficiente. Soñé con viajar, irme sola, hablar un idioma diferente, estudiar fuera... Soñé. Soñé demasiado. Me imaginaba en un pequeño apartamente solo para mí, con un ventanal enorme con vistas a un precioso y frondoso parque. Me imaginaba yendo a mis clases, con mis tacones y mi maletin, muy profesional. Me imaginaba tumbada leyendo mis notas en un precioso y acogedor sofá blanco frente al enorme ventanal. Me imaginaba por las mañanas andando descalza por mi pequeño apartamento, semi desnuda, con un camisa blanca, haciendo café y leyendo cientos de libros. Me imaginaba demasiado ocupada para salir con toda esa gente que había conocido, ansiosos por quedar conmigo porque era una persona muy atractiva, en todos los sentidos. Me imaginaba manteniendo conversaciones intelectuales en pequeños cafés del centro de la ciudad o en mi acogedor apartamento, con tíos de diferemtes lugares del mundo hasta altas horas de la noche. Chicos que algunas veces se quedaban a dormir en mi cama. Nada serio porque yo estaba demasiado ocupada para dedicarme a alguien más. Imaginaba y me imaginaba. Soñaba y soñaba demasiado.


Y llegó el momento. Llegó el momento con el que siempre había soñado. Salir de casa, ser independiente, vivir en un país lejano. Pero mi sueño no se cumplió. Nada de apartamentos íntimos e inspiradores, nada de relaciones interesantes ni conversaciones intelectuales, nada de comidas fugaces en la soledad de mi apartamento. Nada de lo que había soñado.


Y sin embargo, puede ser igual de maravilloso, o incluso mejor, si sabemos apreciarlo. Si sabemos distinguir que los sueños son sueños y que si se hicieran realidad dejarían de serlo. Si sabemos disfrutar de toda y cada una de las cosas tal y como son porque son igualmente maravillosas.


Y si algo estoy aprendiendo de esta experiencia es que a veces aunque las cosas no sean como las imaginamos o como hayamos deseado alguna vez, siguen siendo maravillosas y hay que saber disfrutarlas porque algunas cosas sólo suceden una vez.


Y estoy aprendiendo a apreciar cada día lo que tengo, estoy aprendiendo a apreciar cada día esta oportunidad, estoy aprendiendo cada día que los sueños se pueden hacer realidad de cientos de formas diferentes y aún siguen siendo sueños.


Y cada día me doy más cuenta de que el tiempo que pasamos deseando ser delgadas, soñando con esa delgadez inalcanzable, estamos desaprovechando el momento de disfrutar de los sueños que se hacen realidad. Todos esos momentos que pasamos deseando ser delgadas, soñando con ser delgadas, estamos desaprovechando el momento de hacer realidad nuestro verdadero sueño, el de ser felices. Estamos tan obesionados con la imagen del cuerpo perfecto que no somos capaces de apreciar la felicidad que hay en nuestras vidas. No somos capaces de darnos cuenta de que nuestros sueños se hicieron realidad con otra forma, con otra imagen.


Nos equivocamos al crear una imagen distorsonada de la felicidad. Nos equivocamos al soñar con una felicidad basada en tan sólo una imagen, en un cuerpo, en cientos de huesos bajo la piel, en una delgadez inalcanzable. Nos equivocamos al crear una imagen para nuestra felicidad porque llegará un momento en qu ela felicidad cruce nuestra puerta y ni siquiera seamos capaces de verla.


Y sin embargo, seguimos soñando porque soñar es gratuito, porque los sueños hacen a cada persona, porque soñar te hace vivir. Pero no podemos perder el horizonte de vista; tenemos que soñar con los ojos abiertos para ver más allá de los sueños porque, al fin y al cabo, “los sueños, sueños son.”


ANA


England's letter


02 FEBRERO 2009


Supongo que después de todo os lo debía. Así que… aquí estoy por fin. Me hubiera gustado escribir antes y supongo que tampoco tengo excusa. Quería haberlo hecho pero no lo hice.


¿Por dónde empezar? Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí. Mucho, tal vez demasiado. O tal vez demasiado poco. El tiempo es relativo. Pero en este tiempo han cambiado muchas cosas, otras no tanto. Ha habido muchas novedades en mi vida, algunas positivas y otras no tanto.


Pensé que estaba preparada para esto. El cambio, las novedades, la independencia. Y lo estaba. Pero no estaba preparada para afrontar algunas sensaciones y sentimientos que eso implicaba.


Llegué en Septiembre a este país tan diferente. Otra cultura, otra forma de pensar, otra forma de actuar, otros comportamientos, otro idioma, otras comidas, otra moneda, otro clima… todo es diferente aquí. Pero donde de verdad se siente la diferencia, es en la soledad. En la soledad de mi habitación, en la soledad del día a día. Y tal vez para eso no estaba preparada.


Comparto casa con otros 4 estudiantes. Un inglés, una francesa, una española y una alemana que se acaba de marchar y cuya habitación ha ocupado un francés de padres chinos. Compartimos un pequeño salón con televisor, cocina y baño. Tenemos un jardín trasero bastante amplio que aún no hemos podido usar debido al frío y la lluvia. Mi habitación no es demasiado grande, tampoco es pequeña. Un tamaño medio. El suelo está cubierto por una moqueta vieja y grisácea que da un aspecto algo frío a la casa. Las paredes son de color beige. Tengo varios muebles, una estantería con algunos libros y cosas personales, una cómoda con cajones para la ropa, un armario y una mesa de estudio bajo la ventana que da al jardín trasero. Es una habitación poco iluminada y la mayor parte del día tengo que encender la luz para no estar a oscuras. Junto a la mesa, pegada a la pared está la cama. Es una cama vieja y el colchón se ha ido estropeando con el tiempo pero es grande y caben dos personas en ella, aunque duermo sola cada noche.


Al llegar compré algunas velas y flores secas para dar algo de color y olor a la habitación. También colgué algunos pósters y fotos para darle un toque personal y hacerla algo más acogedora, al fin y al cabo, éste iba a ser mi hogar para los próximos 10 meses.



La convivencia no es fácil. Nunca había convivido con nadie a parte de mi familia. Y no es fácil. Sobre todo cuando tienes cientos de manías en cuanto al orden y a la limpieza. Al llegar todo estaba sucio y dejaba bastante que desear. Poco a poco lo vas poniendo a tu gusto y te vas adaptando a ello. Llega un momento en que, por necesidad, pierdes algunas de esas manías y decides que es mejor pasar que volverse loca.


El campus universitario no tiene nada que ver con el mío en España. Es un campus enorme, lleno de edificios, zonas verdes, teatro, biblioteca, gimnasio, bar, tienda, cafetería, cine, agencia de viajes, centro sanitario… tiene de todo. Está a tan solo 15 minutos andando desde casa.


La ciudad no es muy grande ni tampoco especialmente bonita. No está cerca de casa, al menos para ir andando. Tienes que coger el bus para ir al centro y tardas como media hora. Pero, en realidad, el día a día se desarrolla entre tu casa y el campus.


El inglés al principio se hace bastante difícil, al menos más de lo que hubiera imaginado. Todo es en inglés. Las clases, los trabajos, la compra, comprar los billetes, pedir un café, hablar con la gente… pero poco a poco te vas acostumbrando. Empiezas a afinar el oído y aunque te falta vocabulario empiezas a comprender.


Al principio, todo se hace difícil. Echas de menos tu casa, tu habitación, tu rutina, a tus padres; sí, se les echa mucho de menos, mucho más de lo que imaginas, a tu novio, a tus amigos, tu perro, tu bicicleta, tu gimnasio, tus clases… pero empiezas a conocer gente de todas partes y te sientes libre, independiente, puedes hacer lo que quieras, comer lo que quieras, salir cuando quieras… no tienes que dar explicaciones a nadie. Es lo que siempre había soñado.


Pero a veces los sueños no se adaptan a la realidad. Quería salir de casa, quería hacer cosas nuevas, conocer gente nueva, experimentar cosas nuevas, ser independiente, hacer lo que quisiera… y, supongo que, necesitaba hacerlo.


Pero nunca pensé que sería tan difícil. Supongo que cuando sales de casa para empezar una nueva vida crees que todo será diferente, que todo tú cambiarás también y que todos tus problemas se quedarán allí. Pero no es cierto. Tú sigues siendo el mismo y tus problemas van contigo porque forman parte de ti.


Vine con el absoluto convencimiento de que aquí haría una dieta saludable, vine con la seria propuesta y condición de comer de una forma saludable. No quería tirar todo en lo que había estado trabajando los últimos años por la borda. Era una oportunidad única de demostrarme a mí misma de que era capaz de hacerlo. Y así fue.


Los primeros meses engordé varios kilos. Tal vez porque me descuidé un poco o tal vez porque empecé a comer de un modo mucho más normal. No lo he llevado demasiado bien. Ver cómo algunos pantalones ya no me entran, otros me quedan estrechos, y la ropa ya no me sienta tan bien. Ver cómo mi cuerpo ha ensanchado, cómo mis huesos ya no se marcan, cómo ya no soy capaz de mirarme en el espejo sin pensar estoy gorda. Aunque en realidad me pregunto si eso sucedió alguna vez.


Pero después de aquello me establecí en los 52 kilos que peso actualmente. Supongo que no estoy a gusto con ese número, pero ¿alguna vez lo he estado? Así que decidí que no iba a preocuparme, que no iba a darle más importancia, que comería de una forma saludable e intentaría no pensar en ello. Y lo he hecho, dentro de lo que cabe. He hecho un gran esfuerzo para incluir alimentos en mi dieta que antes no comía. Pero he empezado a cocinar para mí, a comer pescado y carne, a comer huevo y a usar un poquito de aceite en algunos de mis platos. Ya no me salto comidas y estoy satisfecha con ese logro aunque siempre me quedará una pequeña parte de mí que deseará hacerlo, que deseará volver a recuperar aquellas sensaciones. Lo importante es convencerse de que la sensación de estar haciendo lo correcto, de estar haciéndolo bien, de estar consiguiéndolo por fin, merece la pena.


En lo que no había caído antes de venir era que mi problema no era la comida en sí. ¿Cómo no pensé en ello? El problema real sigue estando ahí. Los miedos, las inseguridades, el miedo al fracaso, el miedo a no ser lo suficientemente buena, el miedo a no saber aceptarme tal como soy.


Todo lo que me está haciendo tambalear. Todo lo que me está torturando cada día. Todo lo que me impide sacar lo mejor de mí misma, todo lo que me impide relacionarme con los demás porque siento que no caeré bien, que no le gustaré a nadie, que no le interesaré ni importaré a nadie. Todo lo que me está llevando a la soledad más absoluta que empiezo a no poder soportar porque tal vez no estaba del todo preparada.


Me llevo algo grande de esta experiencia. El saber que lo he logrado, que he sabido enfrentarme a mis miedos, que he sabido enfrentarme al gran reto y que lo he hecho bien. Pero me llevo otro gran reto conmigo que es enfrentarme a mí misma y que no sé si seré capaz de hacer en los próximos meses de soledad que me esperan en este país inhóspito.


ANA


In my way (A mi manera)


12 SEPTIEMBRE 2008

Llevaba tiempo sin escribir. Lo sé. He estado estudiando para mis exámenes de septiembre y quería dedicarme en exclusiva a ello. Antes de ayer hice el último examen. Por fin, pensé que el verano no iba a acabar nunca.


Pero se acabó. Y ahora empieza lo mejor. Como cada año, comienzan los propósitos para el nuevo curso, una nueva rutina a la que apegarse, nuevas obligaciones, responsabilidades, horarios… y lo mejor de todo, una nueva oportunidad. La Oportunidad. la oportunidad de hacerlo A MI MANERA. Como cada año crees que esta vez lo conseguirás. Conseguirás todo lo que te propongas, todos tus propósitos, tus horarios, tus responsabilidades, tus dietas… y esa sensación es maravillosa. Solo la idea de pensar que, tal vez, esta vez, puedas conseguirlo… sabes que será difícil, que tienes muchos propósitos en mente, muchas metas, muchas cosas que demostrarte, pero la sola idea de pensar que, tal vez, esta vez, lo conseguirás, merece la pena.


Pero esta vez es diferente. Me voy de casa. Me voy por un año para hacerlo A MI MANERA. ¡Cuánto tiempo esperando este momento! Las maletas a medio hacer en mitad de la habitación, los apuntes del último examen encima de la mesa, unas cuantas libras en el bolsillo y un pitillo consumiéndose en el cenicero. Mañana, día 13 de septiembre embarco en un avión rumbo a mi nueva vida. Suena maravilloso. Pasaré unos días en Londres antes de llegar a mi destino final, al sur de Inglaterra.


Estas últimas semanas he estado finiquitando algunos detalles antes de irme. Citas con el médico, con el psiquiatra y con la dietista. Mañana tengo mi última cita con el psicólogo antes de irme y luego… espero no volver a pisar un hospital hasta diciembre. Las últimas sesiones han sido únicamente para decirme lo bien que estoy y lo mucho que he progresado. Pero tampoco quiero ilusionarme. Soy realista. Sé que en verano las cosas cambian, como más, me despreocupo, estoy de vacaciones, me olvido de la rutina y del control. Pero cuando llega el curso todo eso comienza de nuevo y sé que estará presente. Y este año estoy sola. Estoy sola para las comidas, día y noche, semana tras semana. No es que me preocupe, ni mucho menos, de hecho, es algo que me tranquiliza, el hecho de saber que nadie podrá decirme qué debo comer y qué no. Inglaterra es, además, un país en el que no se come precisamente bien. Se desayuna fuerte, a medio día tan solo se toma un sándwich o una ensalada y por la noche (sobre las 7) se cena bien. No sé qué tal me adaptaré a este sistema aunque lo cierto es que, en principio, me gusta.


Estoy bastante segura de lo que hago aunque hay una parte de mí, una pequeña parte que tiene miedo. No es un miedo real pero soy consciente de que corro un riesgo porque he engordado un par de kilos ó tres en estos meses de verano y… tengo que perderlos!! De modo que sé que no me quedaré tranquila hasta que pierda estos 2-3 kilos de más. No me da miedo perder peso porque es lo que deseo, me da miedo desear perder peso porque es algo contra lo que intento luchar continuamente pero soy incapaz de superar. Es algo que irá conmigo de por vida. Sé que no estoy excesivamente gorda, ni siquiera gorda, 49 kilos tampoco son tantos, pero yo me veo un poquito gorda, no me veo bien y necesito perder esos kilos.


Una parte de mí sabe que puedo perder esos kilos haciendo una dieta sana y deporte, como cada año; el deporte es mi vida, pero otra parte de mí, una parte pequeña, se aferra a ese deseo de adelgazar, al control, a esas sensaciones, al poder… siempre he querido y he anhelado vivir por mi cuenta, A MI MANERA, para poder hacer lo que me viniera en gana y ahora que tengo esa oportunidad… una parte de mí, una pequeñísima parte desea retroceder y recuperar aquello, demostrarme a mí misma que aquella idea alocada que me propuse en un momento de mi vida y que no logré alcanzar aún hoy puedo lograrla.


Sé que debo luchar contra eso y es una parte pequeña, muchísimo más pequeña que el deseo acuciante que me invade de vivir, de disfrutar de la vida, de disfrutar A MI MANERA.


Se acercan días trepidantes, llenos de emociones y sensaciones nuevas. Por fin ha llegado el momento. El horizonte está cada vez más cerca y mi vuelo a punto a partir. Las maletas ya cerradas en mitad de la habitación, los apuntes del último examen en la papelera, las libras en el bolsillo y el cigarro consumido en el cenicero.


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Quiero añadir unas palabras en cuanto al debate que se abrió en el último post. En primer lugar, creo que la religión y el hecho de ser creyente es algo muy personal y, en cierto modo, condicionado por la sociedad y la cultura o región en que vivimos, de modo que no creo que seamos quienes para juzgar las creencias de los demás. En segundo lugar, ninguno tenemos las respuestas ni somos dueños de la verdad absoluta así que no podemos saber quién está equivocado y quién no, si es que alguien lo está, pues cada uno es dueño de su propia verdad. Y en tercer, y último, lugar quiero aclarar que en ningún momento he confesado mi fe ni tampoco he dejado de hacerlo, simplemente he planteado mis dudas, unas dudas que aún hoy continúan y de difícil respuesta. Unas dudas que planteo en ambos sentidos tanto para el sí como para el no; y lo único que dejo claro es el mensaje que comprendí en mi viaje a Israel sobre el amor sin barreras, exista o no un Dios.


ANA


שלום עליכם (Shālôm ´alêḵem)


09 AGOSTO 2008


Volví de Israel hace casi un par de semanas pero desde entonces entre visitas y compromisos apenas he tenido tiempo para sentarme y reflexionar un poco.


Éste ha sido un viaje diferente, un viaje único. El viaje de mi vida. Pensaba que, como en otros lugares, una vez visto se acabó; pero no es así. Tengo que volver. Es un lugar para volver. Es un lugar diferente y mágico. Una mezcla de culturas, la comunión de las grandes religiones monoteístas del mundo y cómo puede convivirse con las diferencias religiosas que son las que han hecho estallar algunos de los más grandes conflictos del mundo. Jerusalén es una ciudad mágica, es una ciudad que enamora. Judíos, musulmanes y católicos conviven a diario por sus calles haciendo de ella una ciudad variopinta, la ciudad de la oración más grande del mundo.


Podría hablaros del Muro de los Lamentos, de la Mezquita de la Cúpula Dorada o del Santo Sepulcro, de la constante algarabía del Zoco, de los judíos ortodoxos que colapsan las calles, de las caras de los niños palestinos que te observan con una penetrante mirada, de la inmensidad del desierto ante tus ojos, de los beduinos del desierto y sus humildes poblados, de la angustiosa sensación oleaginosa del Mar Muerto o los reiterados indicios de las huellas de Jesús. Sin embargo, no éste el propósito ni el lugar para hacerlo de modo que me limitaré a reflexionar un poco acerca de lo que este viaje ha supuesto para mí.


Es difícil de explicar y no sé muy bien cómo hacerlo. Supongo que para lograr entender un poco todo lo que ha significado para mí tendría que remontarme muchos años atrás. Aquellos años en los que el mensaje de Jesús inundaba mi corazón. Tenemos la suerte, o la desgracia, de nacer en un sitio concreto y dependientemente de ello nos inculcan una religión, en mi caso la católica. En el fondo, el mensaje de la religión es el mismo para todas las religiones del mundo, la existencia de un Dios Todopoderoso cuyo núcleo es el amor. Pero las diferencias marcan las religiones y las culturas. Las diferencias hacen, a veces, surgir las dudas. Y yo, años atrás comencé a dudar. ¿Por qué soy católica? ¿Simplemente por el hecho de haber nacido en este lugar? Tal vez si hubiera nacido en otro lugar del mundo sería judía, musulmana o budista. Más tarde empecé a plantearme otras cuestiones existenciales más profundas.


Empecé a creer o a comprender que la religión no es más que un modo de engañarse. Desde hace miles de años el ser humano ha tenido la necesidad de dar respuesta a cuestiones que no tenían respuesta. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cómo encontrar respuesta a semejantes preguntas? ¿Cómo vivir con la incertidumbre, con la inseguridad, con el miedo de no saber qué será de nosotros, con el miedo a la muerte? Entonces nació la religión como una forma fácil de responder a preguntas que carecían de respuestas. La respuesta es entonces mucho más sencilla. Es cuestión de fe. Pero aquella idea no me convencía, el hecho de que el ser humano fuera tan débil y vulnerable para necesitar vivir con la seguridad de que vivirá para siempre, de que su vida no tendrá fin, una vida infinita y eterna, la vida en el paraíso.


Cuando empecé a enfermar de anorexia, empecé a adelgazar y me volví obsesiva, maniática hasta el exceso, borde, antipática, egoísta y cruel, entendí que le estaba dando la espalda a Dios. Una parte de mí temía rechazar la comida porque era un modo de rechazar la vida, el regalo más hermoso que Dios nos brinda y sentía que le estaba rechazando a Él. Incapaz de aceptar la vida tal cual se me presentaba, comencé a venerar la muerte. La idea de no temer a la muerte me hacía sentir fuerte, más fuerte e invulnerable que las cientos de personas que se concentran a orar en las iglesias temerosos de que les llegue su hora.


Empecé a distanciarme de mis principios religiosos que me habían ayudado a encontrar la felicidad en las cosas más pequeñas durante tantos años. El olor de la tierra mojada, el crujir de las hojas en otoño, el sonido de la lluvia sobre el embaldosado, el olor a café recién hecho, la ayuda desinteresada, una sonrisa, una caricia, un beso, un te quiero.


Poco a poco fui resarciéndome en mi propia tristeza, incapaz de apreciar todo aquello que me hacía feliz y me sumergí en mi burbuja dando la espalda a Dios, a mi familia, al mundo y a mí misma.


Este viaje ha supuesto muchas cosas para mí en muchos sentidos. En primer lugar, me ha abierto los ojos. Resulta difícil decirlo y más aún aceptarlo pero es así. Así de sencillo y de simple; cuando vives en tu burbuja te niegas a salir y cierras los ojos para no ver qué hay más allá. Olvidas para no recordar lo que te hacía sentir bien por miedo a salir de tu burbuja, de tu refugio. Yo estoy empezando a salir de mi burbuja, de mi jaula, a abrir los ojos, a recordar… no es fácil, claro que no. Tienes miedo, un mundo inmenso se extiende ante ti y, creencias aparte, asusta. Pero hay algo mucho más poderoso y grandioso que todo eso esperándote ahí fuera, la libertad, y sin embargo, nosotros nos encerramos voluntariamente en nuestra jaula y nos negamos la libertad. Ahora me siento como un pajarillo herido que empieza recuperarse y abrir temerosamente la puerta de su jaula anhelando echar el vuelo y recuperar su libertad.


En una de las cientos de capillas que visitamos durante nuestro viaje una imagen llamó mi atención, San Gabriel le dice a San Jerónimo “Entrégame tus pecados”. Durante mucho tiempo me he conformado creyendo que rechazar la comida y, por tanto, la vida y, al mismo tiempo, a Dios no me hacían digna de Él. Es muy fácil y muy cómodo creer que no mereces seguir luchando. Te sientas y esperas que pasen los minutos pero, creyente o no, lo cierto es que le debemos algo al Señor, a nuestras familias y a nosotros mismos. No es justo sentarse y conformarse. Ahora he comprendido que nunca es tarde. Que aún estoy tiempo de mirar atrás y entregar mis pecados al Señor para continuar hacia delante.


En segundo lugar, y más importante, este viaje me ha abierto el corazón. Durante los últimos años me encerré dentro de mí misma y no permití que nadie se acercase a mí. Tal vez por miedo o, más bien, por el odio que cultivé en mi corazón. Por fin he encontrado la razón definitiva para abrir mi corazón al amor sin fronteras, lo más difícil es encontrar el amor a uno mismo. Pero ahora sé que estoy en el camino y aunque sé que es difícil después de tanto tiempo en la oscuridad empiezo a vislumbrar una luz en mi corazón que tal vez me ayude a caminar cada día hacia el camino que deseo para mí.



Shālôm ´alêḵem es un saludo hebreo que significa literalmente “la paz sea contigo” a lo que se debe responder ´alêḵem shālôm, “y con tu espíritu”. En el día a día los hebreos saludan únicamente con Shālôm.


ANA