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29 MARZO 2009



Parecía tan lejano... parecía que no fuera a llegar nunca este momento. Pero llegó. Después de casi 3 meses por tierras inglesas, y una semana maravillosa en Suecia, llegó este momento. El momento de regresar a casa. Un respiro
. Aún no es el final. Tenemos un mes de vacaciones, the easter vacation (vaciones de pascua). Un break.

Volví de Suecia hace tan sólo dos días. Estocolmo es precioso. Suecia, país de paisajes y horizontes infinitos. País frío pero cálido de alguna manera. País de leyendas y tradiciones. El cielo en Suecia me ha robado el corazón. Nunca antes había visto un cielo tan azul. Las nubes surcan a gran velocidad la inmensidad de un cielo que se pierde en el horizonte. Sus paisajes son maravillos. Los perfectos copos de nieve caen del cielo cubriéndolo todo y convirtiéndo el paisaje en interminables explanadas blancas impolutas en las que se refleja el sol. Y lo que más me fascina es el modo en que afronto estas nuevas experiencias, el modo en que disfruto de ellas como nunca antes lo había hecho.

Pero tenía ganas de volver a casa. Volver a España, ver a mis padres, a mi familia, a mis amigos... y retomar algunas cosas que quedaron en la cuerda floja.

Y ahora que, por fín, estoy aquí me resulta extraño. Tengo tres semanas de vacaciones antes de volver a Inglaterra y ya empiezo a pensar que
solo me quedan unos meses para acabar esta aventura en el extranjero y volver a España para siempre. Todo se hace sumamente extraño. El tiempo pasa rápido, el mundo va a un ritmo frenético y en cuanto nos damos cuenta y miramos atrás han pasado cientos de cosas en las que ni siquiera hemos reparado.

Hace algún tiempo todos estos cambios, estas idas y venidas, estos vaivenes en mi vida, se me habrían antojado aterradores. Ahora resultan excitantes. Hace algún tiempo la incertidumbre y la inseguridad me hubieran impedido disfrutar todo lo que está suciendo en mi vida durante este año. Algo ha cambiado en mí y apenas he tenido tiempo para reparar en ello. Por primera vez en mi vida me estoy limitando a vivir, sólo a vivir. Necesito parar, reflexionar un poco y mirar atrás pero el hecho de vivir, simplemente vivir, resulta fascinante.

Apenas he tenido tiempo para reflexionar y escribir en este tiempo y necesito hacerlo. Las próximas semanas en España aprovecharé para contar con más detalle cómo esta maravillosa aventura está afectando a mi vida. No todo es tan maravilloso como parece, todo tiene su lado negativo, pero aún así resulta fascinante ver cómo, a pesar de todo, sigo viviendo y deseando vivir.

Cómo a pesar de todo, he conseguido mantener una sonrisa casi permanente en mi rostro, una sonrisa a veces nublada por las lágrimas pero un deseo de sonreir constante. Un deseo de sonreír y de vivir diario.

ANA

"Los sueños, sueños son"


18 FEBRERO 2009


Los dias pasan, uno a uno, lentamente. Y sigo intentando hacerme un hueco en este pequeño mundo, mi mundo, día a día.


No es sencillo. Algo que nunca antes había conocido, algo que nunca antes había imaginado.


Siempre soñé con esto. Siempre imaginé cómo sería todo el día en que me fuera de casa, el día en que fuera independiente y comenzara a vivir mi propia vida. Siempre había tenido esa imagen tan clara en mi mente de cómo sería todo. Pero nos engañamos. Por eso los sueños son tan maravillosos, porque en ellos puedes imaginar lo que desees. Nadie va a decirte nunca qué es lo que debes o puedes soñar porque los sueños es una de las cosas mas íntimas y personales de cada uno. De modo que imaginamos. Imaginamos cómo será nuestro futuro.


Soñamos con una casa maravillosa junto a la costa, soñamos con un hombre increíblemente atractivo esperándonos en el sofá de casa, un deportivo descapotable y el trabajo perfecto. Nos imaginamos rodeados de amigos que nos aprecian, música y risas resonando en un salón blanco impoluto con vistas al mar, veladas románticas con nuestra pareja tumbados junto a la chimenea. Compañeros de trabajo que aprecian nuestro trabajo y valoran lo que hacemos. Mujeres de éxito, profesional y sentimentalmente. Mujeres atractivas, guapas, altas, delgadas. Imaginamos una vida de ensueño porque soñar es gratuito.


Imaginamos que algún día nuestros sueños se harán realidad. Y llega un punto en que imaginamos que somos otra persona diferente porque ni siquiera nosotros nos creemos capaces de encajar en ese sueño.


Pero cometemos el gravísisimo error de soñar con cosas materiales. Soñamos con casas, coches, viajes, belleza, dinero... sin darnos cuenta de que en el fondo, con lo que de verdad estamos soñando es con la felicidad. Imaginamos la felicidad dentro de un estereotipo, con una imagen estereotipada que nos venden en la prensa, la television o el cine. Y nos olvidamos de que la felicidad no tiene imagen. Nos olvidamos de que la felicidad es un sentimiento, es una sensación. No necesita de una imagen, tiene cientos de ellas y puede esconderse en miles de pequenos momentos.


Un paseo por la playa, una pequeña casa en el campo o en el centro de una gran ciudad, un trabajo humilde escribiendo en un periódico o recogiendo la uva de sol a sol, un chico de película o simplemente un chico vulgar que te ame mas que nada en el mundo. Un cuerpo delgado y esquelético o un cuerpo con unas preciosas curvas. Una sonrisa.


Siempre soñé que algún día saldría de casa. Siempre soñé que algún día llegaría el momento y me iría a algún país lejano. Soñé que llegaría el momento en que sería independiente y no necesitaría de nadie; sería autosuficiente. Soñé con viajar, irme sola, hablar un idioma diferente, estudiar fuera... Soñé. Soñé demasiado. Me imaginaba en un pequeño apartamente solo para mí, con un ventanal enorme con vistas a un precioso y frondoso parque. Me imaginaba yendo a mis clases, con mis tacones y mi maletin, muy profesional. Me imaginaba tumbada leyendo mis notas en un precioso y acogedor sofá blanco frente al enorme ventanal. Me imaginaba por las mañanas andando descalza por mi pequeño apartamento, semi desnuda, con un camisa blanca, haciendo café y leyendo cientos de libros. Me imaginaba demasiado ocupada para salir con toda esa gente que había conocido, ansiosos por quedar conmigo porque era una persona muy atractiva, en todos los sentidos. Me imaginaba manteniendo conversaciones intelectuales en pequeños cafés del centro de la ciudad o en mi acogedor apartamento, con tíos de diferemtes lugares del mundo hasta altas horas de la noche. Chicos que algunas veces se quedaban a dormir en mi cama. Nada serio porque yo estaba demasiado ocupada para dedicarme a alguien más. Imaginaba y me imaginaba. Soñaba y soñaba demasiado.


Y llegó el momento. Llegó el momento con el que siempre había soñado. Salir de casa, ser independiente, vivir en un país lejano. Pero mi sueño no se cumplió. Nada de apartamentos íntimos e inspiradores, nada de relaciones interesantes ni conversaciones intelectuales, nada de comidas fugaces en la soledad de mi apartamento. Nada de lo que había soñado.


Y sin embargo, puede ser igual de maravilloso, o incluso mejor, si sabemos apreciarlo. Si sabemos distinguir que los sueños son sueños y que si se hicieran realidad dejarían de serlo. Si sabemos disfrutar de toda y cada una de las cosas tal y como son porque son igualmente maravillosas.


Y si algo estoy aprendiendo de esta experiencia es que a veces aunque las cosas no sean como las imaginamos o como hayamos deseado alguna vez, siguen siendo maravillosas y hay que saber disfrutarlas porque algunas cosas sólo suceden una vez.


Y estoy aprendiendo a apreciar cada día lo que tengo, estoy aprendiendo a apreciar cada día esta oportunidad, estoy aprendiendo cada día que los sueños se pueden hacer realidad de cientos de formas diferentes y aún siguen siendo sueños.


Y cada día me doy más cuenta de que el tiempo que pasamos deseando ser delgadas, soñando con esa delgadez inalcanzable, estamos desaprovechando el momento de disfrutar de los sueños que se hacen realidad. Todos esos momentos que pasamos deseando ser delgadas, soñando con ser delgadas, estamos desaprovechando el momento de hacer realidad nuestro verdadero sueño, el de ser felices. Estamos tan obesionados con la imagen del cuerpo perfecto que no somos capaces de apreciar la felicidad que hay en nuestras vidas. No somos capaces de darnos cuenta de que nuestros sueños se hicieron realidad con otra forma, con otra imagen.


Nos equivocamos al crear una imagen distorsonada de la felicidad. Nos equivocamos al soñar con una felicidad basada en tan sólo una imagen, en un cuerpo, en cientos de huesos bajo la piel, en una delgadez inalcanzable. Nos equivocamos al crear una imagen para nuestra felicidad porque llegará un momento en qu ela felicidad cruce nuestra puerta y ni siquiera seamos capaces de verla.


Y sin embargo, seguimos soñando porque soñar es gratuito, porque los sueños hacen a cada persona, porque soñar te hace vivir. Pero no podemos perder el horizonte de vista; tenemos que soñar con los ojos abiertos para ver más allá de los sueños porque, al fin y al cabo, “los sueños, sueños son.”


ANA


England's letter


02 FEBRERO 2009


Supongo que después de todo os lo debía. Así que… aquí estoy por fin. Me hubiera gustado escribir antes y supongo que tampoco tengo excusa. Quería haberlo hecho pero no lo hice.


¿Por dónde empezar? Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que escribí. Mucho, tal vez demasiado. O tal vez demasiado poco. El tiempo es relativo. Pero en este tiempo han cambiado muchas cosas, otras no tanto. Ha habido muchas novedades en mi vida, algunas positivas y otras no tanto.


Pensé que estaba preparada para esto. El cambio, las novedades, la independencia. Y lo estaba. Pero no estaba preparada para afrontar algunas sensaciones y sentimientos que eso implicaba.


Llegué en Septiembre a este país tan diferente. Otra cultura, otra forma de pensar, otra forma de actuar, otros comportamientos, otro idioma, otras comidas, otra moneda, otro clima… todo es diferente aquí. Pero donde de verdad se siente la diferencia, es en la soledad. En la soledad de mi habitación, en la soledad del día a día. Y tal vez para eso no estaba preparada.


Comparto casa con otros 4 estudiantes. Un inglés, una francesa, una española y una alemana que se acaba de marchar y cuya habitación ha ocupado un francés de padres chinos. Compartimos un pequeño salón con televisor, cocina y baño. Tenemos un jardín trasero bastante amplio que aún no hemos podido usar debido al frío y la lluvia. Mi habitación no es demasiado grande, tampoco es pequeña. Un tamaño medio. El suelo está cubierto por una moqueta vieja y grisácea que da un aspecto algo frío a la casa. Las paredes son de color beige. Tengo varios muebles, una estantería con algunos libros y cosas personales, una cómoda con cajones para la ropa, un armario y una mesa de estudio bajo la ventana que da al jardín trasero. Es una habitación poco iluminada y la mayor parte del día tengo que encender la luz para no estar a oscuras. Junto a la mesa, pegada a la pared está la cama. Es una cama vieja y el colchón se ha ido estropeando con el tiempo pero es grande y caben dos personas en ella, aunque duermo sola cada noche.


Al llegar compré algunas velas y flores secas para dar algo de color y olor a la habitación. También colgué algunos pósters y fotos para darle un toque personal y hacerla algo más acogedora, al fin y al cabo, éste iba a ser mi hogar para los próximos 10 meses.



La convivencia no es fácil. Nunca había convivido con nadie a parte de mi familia. Y no es fácil. Sobre todo cuando tienes cientos de manías en cuanto al orden y a la limpieza. Al llegar todo estaba sucio y dejaba bastante que desear. Poco a poco lo vas poniendo a tu gusto y te vas adaptando a ello. Llega un momento en que, por necesidad, pierdes algunas de esas manías y decides que es mejor pasar que volverse loca.


El campus universitario no tiene nada que ver con el mío en España. Es un campus enorme, lleno de edificios, zonas verdes, teatro, biblioteca, gimnasio, bar, tienda, cafetería, cine, agencia de viajes, centro sanitario… tiene de todo. Está a tan solo 15 minutos andando desde casa.


La ciudad no es muy grande ni tampoco especialmente bonita. No está cerca de casa, al menos para ir andando. Tienes que coger el bus para ir al centro y tardas como media hora. Pero, en realidad, el día a día se desarrolla entre tu casa y el campus.


El inglés al principio se hace bastante difícil, al menos más de lo que hubiera imaginado. Todo es en inglés. Las clases, los trabajos, la compra, comprar los billetes, pedir un café, hablar con la gente… pero poco a poco te vas acostumbrando. Empiezas a afinar el oído y aunque te falta vocabulario empiezas a comprender.


Al principio, todo se hace difícil. Echas de menos tu casa, tu habitación, tu rutina, a tus padres; sí, se les echa mucho de menos, mucho más de lo que imaginas, a tu novio, a tus amigos, tu perro, tu bicicleta, tu gimnasio, tus clases… pero empiezas a conocer gente de todas partes y te sientes libre, independiente, puedes hacer lo que quieras, comer lo que quieras, salir cuando quieras… no tienes que dar explicaciones a nadie. Es lo que siempre había soñado.


Pero a veces los sueños no se adaptan a la realidad. Quería salir de casa, quería hacer cosas nuevas, conocer gente nueva, experimentar cosas nuevas, ser independiente, hacer lo que quisiera… y, supongo que, necesitaba hacerlo.


Pero nunca pensé que sería tan difícil. Supongo que cuando sales de casa para empezar una nueva vida crees que todo será diferente, que todo tú cambiarás también y que todos tus problemas se quedarán allí. Pero no es cierto. Tú sigues siendo el mismo y tus problemas van contigo porque forman parte de ti.


Vine con el absoluto convencimiento de que aquí haría una dieta saludable, vine con la seria propuesta y condición de comer de una forma saludable. No quería tirar todo en lo que había estado trabajando los últimos años por la borda. Era una oportunidad única de demostrarme a mí misma de que era capaz de hacerlo. Y así fue.


Los primeros meses engordé varios kilos. Tal vez porque me descuidé un poco o tal vez porque empecé a comer de un modo mucho más normal. No lo he llevado demasiado bien. Ver cómo algunos pantalones ya no me entran, otros me quedan estrechos, y la ropa ya no me sienta tan bien. Ver cómo mi cuerpo ha ensanchado, cómo mis huesos ya no se marcan, cómo ya no soy capaz de mirarme en el espejo sin pensar estoy gorda. Aunque en realidad me pregunto si eso sucedió alguna vez.


Pero después de aquello me establecí en los 52 kilos que peso actualmente. Supongo que no estoy a gusto con ese número, pero ¿alguna vez lo he estado? Así que decidí que no iba a preocuparme, que no iba a darle más importancia, que comería de una forma saludable e intentaría no pensar en ello. Y lo he hecho, dentro de lo que cabe. He hecho un gran esfuerzo para incluir alimentos en mi dieta que antes no comía. Pero he empezado a cocinar para mí, a comer pescado y carne, a comer huevo y a usar un poquito de aceite en algunos de mis platos. Ya no me salto comidas y estoy satisfecha con ese logro aunque siempre me quedará una pequeña parte de mí que deseará hacerlo, que deseará volver a recuperar aquellas sensaciones. Lo importante es convencerse de que la sensación de estar haciendo lo correcto, de estar haciéndolo bien, de estar consiguiéndolo por fin, merece la pena.


En lo que no había caído antes de venir era que mi problema no era la comida en sí. ¿Cómo no pensé en ello? El problema real sigue estando ahí. Los miedos, las inseguridades, el miedo al fracaso, el miedo a no ser lo suficientemente buena, el miedo a no saber aceptarme tal como soy.


Todo lo que me está haciendo tambalear. Todo lo que me está torturando cada día. Todo lo que me impide sacar lo mejor de mí misma, todo lo que me impide relacionarme con los demás porque siento que no caeré bien, que no le gustaré a nadie, que no le interesaré ni importaré a nadie. Todo lo que me está llevando a la soledad más absoluta que empiezo a no poder soportar porque tal vez no estaba del todo preparada.


Me llevo algo grande de esta experiencia. El saber que lo he logrado, que he sabido enfrentarme a mis miedos, que he sabido enfrentarme al gran reto y que lo he hecho bien. Pero me llevo otro gran reto conmigo que es enfrentarme a mí misma y que no sé si seré capaz de hacer en los próximos meses de soledad que me esperan en este país inhóspito.


ANA


In my way (A mi manera)


12 SEPTIEMBRE 2008

Llevaba tiempo sin escribir. Lo sé. He estado estudiando para mis exámenes de septiembre y quería dedicarme en exclusiva a ello. Antes de ayer hice el último examen. Por fin, pensé que el verano no iba a acabar nunca.


Pero se acabó. Y ahora empieza lo mejor. Como cada año, comienzan los propósitos para el nuevo curso, una nueva rutina a la que apegarse, nuevas obligaciones, responsabilidades, horarios… y lo mejor de todo, una nueva oportunidad. La Oportunidad. la oportunidad de hacerlo A MI MANERA. Como cada año crees que esta vez lo conseguirás. Conseguirás todo lo que te propongas, todos tus propósitos, tus horarios, tus responsabilidades, tus dietas… y esa sensación es maravillosa. Solo la idea de pensar que, tal vez, esta vez, puedas conseguirlo… sabes que será difícil, que tienes muchos propósitos en mente, muchas metas, muchas cosas que demostrarte, pero la sola idea de pensar que, tal vez, esta vez, lo conseguirás, merece la pena.


Pero esta vez es diferente. Me voy de casa. Me voy por un año para hacerlo A MI MANERA. ¡Cuánto tiempo esperando este momento! Las maletas a medio hacer en mitad de la habitación, los apuntes del último examen encima de la mesa, unas cuantas libras en el bolsillo y un pitillo consumiéndose en el cenicero. Mañana, día 13 de septiembre embarco en un avión rumbo a mi nueva vida. Suena maravilloso. Pasaré unos días en Londres antes de llegar a mi destino final, al sur de Inglaterra.


Estas últimas semanas he estado finiquitando algunos detalles antes de irme. Citas con el médico, con el psiquiatra y con la dietista. Mañana tengo mi última cita con el psicólogo antes de irme y luego… espero no volver a pisar un hospital hasta diciembre. Las últimas sesiones han sido únicamente para decirme lo bien que estoy y lo mucho que he progresado. Pero tampoco quiero ilusionarme. Soy realista. Sé que en verano las cosas cambian, como más, me despreocupo, estoy de vacaciones, me olvido de la rutina y del control. Pero cuando llega el curso todo eso comienza de nuevo y sé que estará presente. Y este año estoy sola. Estoy sola para las comidas, día y noche, semana tras semana. No es que me preocupe, ni mucho menos, de hecho, es algo que me tranquiliza, el hecho de saber que nadie podrá decirme qué debo comer y qué no. Inglaterra es, además, un país en el que no se come precisamente bien. Se desayuna fuerte, a medio día tan solo se toma un sándwich o una ensalada y por la noche (sobre las 7) se cena bien. No sé qué tal me adaptaré a este sistema aunque lo cierto es que, en principio, me gusta.


Estoy bastante segura de lo que hago aunque hay una parte de mí, una pequeña parte que tiene miedo. No es un miedo real pero soy consciente de que corro un riesgo porque he engordado un par de kilos ó tres en estos meses de verano y… tengo que perderlos!! De modo que sé que no me quedaré tranquila hasta que pierda estos 2-3 kilos de más. No me da miedo perder peso porque es lo que deseo, me da miedo desear perder peso porque es algo contra lo que intento luchar continuamente pero soy incapaz de superar. Es algo que irá conmigo de por vida. Sé que no estoy excesivamente gorda, ni siquiera gorda, 49 kilos tampoco son tantos, pero yo me veo un poquito gorda, no me veo bien y necesito perder esos kilos.


Una parte de mí sabe que puedo perder esos kilos haciendo una dieta sana y deporte, como cada año; el deporte es mi vida, pero otra parte de mí, una parte pequeña, se aferra a ese deseo de adelgazar, al control, a esas sensaciones, al poder… siempre he querido y he anhelado vivir por mi cuenta, A MI MANERA, para poder hacer lo que me viniera en gana y ahora que tengo esa oportunidad… una parte de mí, una pequeñísima parte desea retroceder y recuperar aquello, demostrarme a mí misma que aquella idea alocada que me propuse en un momento de mi vida y que no logré alcanzar aún hoy puedo lograrla.


Sé que debo luchar contra eso y es una parte pequeña, muchísimo más pequeña que el deseo acuciante que me invade de vivir, de disfrutar de la vida, de disfrutar A MI MANERA.


Se acercan días trepidantes, llenos de emociones y sensaciones nuevas. Por fin ha llegado el momento. El horizonte está cada vez más cerca y mi vuelo a punto a partir. Las maletas ya cerradas en mitad de la habitación, los apuntes del último examen en la papelera, las libras en el bolsillo y el cigarro consumido en el cenicero.


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Quiero añadir unas palabras en cuanto al debate que se abrió en el último post. En primer lugar, creo que la religión y el hecho de ser creyente es algo muy personal y, en cierto modo, condicionado por la sociedad y la cultura o región en que vivimos, de modo que no creo que seamos quienes para juzgar las creencias de los demás. En segundo lugar, ninguno tenemos las respuestas ni somos dueños de la verdad absoluta así que no podemos saber quién está equivocado y quién no, si es que alguien lo está, pues cada uno es dueño de su propia verdad. Y en tercer, y último, lugar quiero aclarar que en ningún momento he confesado mi fe ni tampoco he dejado de hacerlo, simplemente he planteado mis dudas, unas dudas que aún hoy continúan y de difícil respuesta. Unas dudas que planteo en ambos sentidos tanto para el sí como para el no; y lo único que dejo claro es el mensaje que comprendí en mi viaje a Israel sobre el amor sin barreras, exista o no un Dios.


ANA


שלום עליכם (Shālôm ´alêḵem)


09 AGOSTO 2008


Volví de Israel hace casi un par de semanas pero desde entonces entre visitas y compromisos apenas he tenido tiempo para sentarme y reflexionar un poco.


Éste ha sido un viaje diferente, un viaje único. El viaje de mi vida. Pensaba que, como en otros lugares, una vez visto se acabó; pero no es así. Tengo que volver. Es un lugar para volver. Es un lugar diferente y mágico. Una mezcla de culturas, la comunión de las grandes religiones monoteístas del mundo y cómo puede convivirse con las diferencias religiosas que son las que han hecho estallar algunos de los más grandes conflictos del mundo. Jerusalén es una ciudad mágica, es una ciudad que enamora. Judíos, musulmanes y católicos conviven a diario por sus calles haciendo de ella una ciudad variopinta, la ciudad de la oración más grande del mundo.


Podría hablaros del Muro de los Lamentos, de la Mezquita de la Cúpula Dorada o del Santo Sepulcro, de la constante algarabía del Zoco, de los judíos ortodoxos que colapsan las calles, de las caras de los niños palestinos que te observan con una penetrante mirada, de la inmensidad del desierto ante tus ojos, de los beduinos del desierto y sus humildes poblados, de la angustiosa sensación oleaginosa del Mar Muerto o los reiterados indicios de las huellas de Jesús. Sin embargo, no éste el propósito ni el lugar para hacerlo de modo que me limitaré a reflexionar un poco acerca de lo que este viaje ha supuesto para mí.


Es difícil de explicar y no sé muy bien cómo hacerlo. Supongo que para lograr entender un poco todo lo que ha significado para mí tendría que remontarme muchos años atrás. Aquellos años en los que el mensaje de Jesús inundaba mi corazón. Tenemos la suerte, o la desgracia, de nacer en un sitio concreto y dependientemente de ello nos inculcan una religión, en mi caso la católica. En el fondo, el mensaje de la religión es el mismo para todas las religiones del mundo, la existencia de un Dios Todopoderoso cuyo núcleo es el amor. Pero las diferencias marcan las religiones y las culturas. Las diferencias hacen, a veces, surgir las dudas. Y yo, años atrás comencé a dudar. ¿Por qué soy católica? ¿Simplemente por el hecho de haber nacido en este lugar? Tal vez si hubiera nacido en otro lugar del mundo sería judía, musulmana o budista. Más tarde empecé a plantearme otras cuestiones existenciales más profundas.


Empecé a creer o a comprender que la religión no es más que un modo de engañarse. Desde hace miles de años el ser humano ha tenido la necesidad de dar respuesta a cuestiones que no tenían respuesta. ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cómo encontrar respuesta a semejantes preguntas? ¿Cómo vivir con la incertidumbre, con la inseguridad, con el miedo de no saber qué será de nosotros, con el miedo a la muerte? Entonces nació la religión como una forma fácil de responder a preguntas que carecían de respuestas. La respuesta es entonces mucho más sencilla. Es cuestión de fe. Pero aquella idea no me convencía, el hecho de que el ser humano fuera tan débil y vulnerable para necesitar vivir con la seguridad de que vivirá para siempre, de que su vida no tendrá fin, una vida infinita y eterna, la vida en el paraíso.


Cuando empecé a enfermar de anorexia, empecé a adelgazar y me volví obsesiva, maniática hasta el exceso, borde, antipática, egoísta y cruel, entendí que le estaba dando la espalda a Dios. Una parte de mí temía rechazar la comida porque era un modo de rechazar la vida, el regalo más hermoso que Dios nos brinda y sentía que le estaba rechazando a Él. Incapaz de aceptar la vida tal cual se me presentaba, comencé a venerar la muerte. La idea de no temer a la muerte me hacía sentir fuerte, más fuerte e invulnerable que las cientos de personas que se concentran a orar en las iglesias temerosos de que les llegue su hora.


Empecé a distanciarme de mis principios religiosos que me habían ayudado a encontrar la felicidad en las cosas más pequeñas durante tantos años. El olor de la tierra mojada, el crujir de las hojas en otoño, el sonido de la lluvia sobre el embaldosado, el olor a café recién hecho, la ayuda desinteresada, una sonrisa, una caricia, un beso, un te quiero.


Poco a poco fui resarciéndome en mi propia tristeza, incapaz de apreciar todo aquello que me hacía feliz y me sumergí en mi burbuja dando la espalda a Dios, a mi familia, al mundo y a mí misma.


Este viaje ha supuesto muchas cosas para mí en muchos sentidos. En primer lugar, me ha abierto los ojos. Resulta difícil decirlo y más aún aceptarlo pero es así. Así de sencillo y de simple; cuando vives en tu burbuja te niegas a salir y cierras los ojos para no ver qué hay más allá. Olvidas para no recordar lo que te hacía sentir bien por miedo a salir de tu burbuja, de tu refugio. Yo estoy empezando a salir de mi burbuja, de mi jaula, a abrir los ojos, a recordar… no es fácil, claro que no. Tienes miedo, un mundo inmenso se extiende ante ti y, creencias aparte, asusta. Pero hay algo mucho más poderoso y grandioso que todo eso esperándote ahí fuera, la libertad, y sin embargo, nosotros nos encerramos voluntariamente en nuestra jaula y nos negamos la libertad. Ahora me siento como un pajarillo herido que empieza recuperarse y abrir temerosamente la puerta de su jaula anhelando echar el vuelo y recuperar su libertad.


En una de las cientos de capillas que visitamos durante nuestro viaje una imagen llamó mi atención, San Gabriel le dice a San Jerónimo “Entrégame tus pecados”. Durante mucho tiempo me he conformado creyendo que rechazar la comida y, por tanto, la vida y, al mismo tiempo, a Dios no me hacían digna de Él. Es muy fácil y muy cómodo creer que no mereces seguir luchando. Te sientas y esperas que pasen los minutos pero, creyente o no, lo cierto es que le debemos algo al Señor, a nuestras familias y a nosotros mismos. No es justo sentarse y conformarse. Ahora he comprendido que nunca es tarde. Que aún estoy tiempo de mirar atrás y entregar mis pecados al Señor para continuar hacia delante.


En segundo lugar, y más importante, este viaje me ha abierto el corazón. Durante los últimos años me encerré dentro de mí misma y no permití que nadie se acercase a mí. Tal vez por miedo o, más bien, por el odio que cultivé en mi corazón. Por fin he encontrado la razón definitiva para abrir mi corazón al amor sin fronteras, lo más difícil es encontrar el amor a uno mismo. Pero ahora sé que estoy en el camino y aunque sé que es difícil después de tanto tiempo en la oscuridad empiezo a vislumbrar una luz en mi corazón que tal vez me ayude a caminar cada día hacia el camino que deseo para mí.



Shālôm ´alêḵem es un saludo hebreo que significa literalmente “la paz sea contigo” a lo que se debe responder ´alêḵem shālôm, “y con tu espíritu”. En el día a día los hebreos saludan únicamente con Shālôm.


ANA


Ahora ya ves


14 JULIO 2008

El lunes volví de mis vacaciones por Mallorca. Unas maravillosas vacaciones alejadas del mundanal ruido y la rutina tediosa de cada día. Resulta extraño y fascinante a la vez cómo la rutina puede absorte hasta tal punto de esclavizarte aún cuando la deseas más que todas las cosas por miedo a lo desconocido por miedo al descontrol, al fracaso.


Tenía miedo de las vacaciones, como siempre. Miedo a relajarme, a saltarme la dieta, a comer en exceso, a saltar mis meticulosos horarios, mis estrictas reglas diarias. Tenía miedo, como siempre porque es lo único que conozco, porque es, desgraciadamente, lo único que me hace sentir medianamente satisfecha, esa sensación al final del día de haber cumplido y temía que eso se acabara. Temía no encontrar una fuente de satisfacción sustitutiva porque no conocía nada más que me permitiera sentirme bien.


Y llegó el verano. Y se acabaron las reglas, la rutina, los horarios. Y comenzaron las vacaciones. Y conseguí evadirme de todo cuanto conocía. Y conseguí liberarme. Y qué bien te puedes llegar a sentir sin la presión continua que te ejerces sobre ti misma a diario cada minuto. Esa sensación de libertad es mucho más enriquecedora. Y ojalá pudiera mantenerse siempre.


Pero vuelves. Vuelves a tu casa, a tu vida, a tu día a día y eres incapaz de recuperar esas sensaciones. Eres incapaz de despreocuparte de la comida porque te das cuenta de que la comida te sigue asustando, te sigue esclavizando.


Han sido unas vacaciones en toda regla porque por primera vez en muchos años he logrado liberarme de todo, despreocuparme, comer sin hacer de ello un mundo, olvidarme de todo y disfrutar de verdad.


Y este post sería realmente maravilloso y dejaría una veda abierta a la más absoluta recuperación sino fuera porque hoy no me siento muy bien. Sé que no debería ser así porque de nuevo vuelvo a hacer de un grano una montaña de arena. Pero no puedo evitarlo y aquí estoy con las lágrimas recorriendo mi rostro porque no soy capaz de juzgar las cosas como se merecen. Porque no puedo evitar sentir que soy la última de la lista, porque no puedo evitar sentir que no soy su prioridad, porque no puedo evitar sentir que no le importo lo suficiente. Y, tal vez, si me sintiese mejor conmigo misma no necesitaría reconfortarme en lo qué hacen o dejan de hacer los demás en lo que respecta a mí, pero necesito ese empujón porque sigo sin ser capaz de sentirme bien sin más. Yo, sólo yo, sin aditivos, tal cual.


Fue un día triste, entre lágrimas y sollozos porque no pude tragarme el orgullo. Porque no tenía palabras, porque aunque quería verle no me apetecía verle, porque no soportaba la idea de no ser lo suficientemente importante para él. Pasé toda la tarde de ayer bajo la lluvia, bogando, sin ningún lugar a donde ir. Hoy amaneció igual. Soleado pero triste. Y volví a pulular por las calles, sin rumbo, durante horas, divagando, esperando una llamada que no sabía si estaría dispuesta a responder. Y empecé a comprender que la soledad no es tan mala, al final todos acabamos solos en algún momento de nuestra vida y, al menos, vives con la seguridad de que la soledad siempre estará.


Entre tanta divagación acerté a recordar aquellas sensaciones de soledad de años atrás, aquellos pensamientos esclarecedores, los soliloquios a tenue voz… Y recordé que hoy no me había tomado mi dosis de Prozac. ¿Sería esta tristeza desmesurada consecuencia de ello? Sabía que no pero también sabía que, en parte, el prozac te “ayuda” a ver las cosas de otra manera. Empecé a meditar si estaría viviendo engañada, si estaría viviendo en una nube, si estaría viviendo una vida teñida de color de rosa. No quiero vivir engañada. No me importa vivir en una tristeza permanente, esto es mejor que vivir en una mentira perenne; no quiero vivir en un mundo irreal.


Sé que pasarán los días y esto se olvidará porque al final solemos recordar las cosas buenas que nos suceden, pero es una lástima que este post se haya visto ennegrecido por unas lágrimas de dolor innecesario porque habría sido más maravilloso aún si ahora expresase la ilusión que se supone que debería tener porque mañana me voy de nuevo de viaje a Israel. Y aunque es un viaje en el que he puesto muchas expectativas, especialmente en el aspecto intrapersonal, no me siento con demasiado aplomo para introducir más detalles sobre esta experiencia, de modo que dejo las explicaciones para mi vuelta.


ANA


Qusiera haber querido lo que no he sabido querer


20 JUNIO 2008


Estoy cansada. No puedo más. Son las 2.36 de la madrugada y al fin terminé de hacer la maleta, recoger mi habitación, dejar todos los papeles preparados para irme, la documentación… todo está listo. Mañana me voy de vacaciones pero no podía irme sin escribir algo en mi blog.


Hay mucho que decir, mucho que contar porque desde la última vez que escribí han pasado muchas cosas. Muchas cosas y ninguna en realidad. No ha sucedido nada especial pero han pasado muchas cosas por mi cabeza y no podía irme sin escribir antes unas palabras. Lo que lamento es estar tan cansada que no me apetece explayarme en exceso, de modo que dejaré los detalles de lado.


Lo primero de todo es agradecer los comentarios del último post porque me gustaron especialmente. Me resulta difícil responder a todos cuantos quisiera pero leo cada uno de ellos detenidamente, no tengas la menor duda (eso va por ti, Ile). Es cierto que últimamente mis escritos han sido algo más pesimistas y lo siento porque sé que debería hacer esfuerzo por ver las cosas de otro modo por mucho que me cueste, ver lo positivo porque, aunque no lo parezca, también soy consciente de ello. Los ánimos que me habéis dado en vuestros comentarios, y que me dais habitualmente, me ayudan a seguir adelante cada día aunque a veces nunca viene mal una regañina para reflexionar un poco y que alguien te recuerde que tienes que seguir caminando y que no puedes bajar la guardia.


El lunes 16 acabé los exámenes. No fueron como hubiese querido, como de costumbre. La etapa de exámenes me puede. Me hunde, me estresa, aumenta mi ansiedad y desestabiliza mi dieta. Sé que no he comido como debiera estas últimas semanas. Me he saltado algunas comidas porque necesitaba sentirme bien para poder enfrentarme a los exámenes en todo mi esplendor pero la ansiedad se apoderó de mí y provocó que comiese entre horas sin poder evitarlo. El resultado ha sido que he ganado un par de kilos en dos semanas. 2 kilos!!! Estoy totalmente traumatizado pero estos dos kilos que he ganado cuando lo que yo ansiaba era perderlos mediante los ayunos. La conclusión a la que he llegado es que para perder peso no se puede llevar esta dieta, de modo que me he propuesto ahora hacer comidas equilibras, no saltarme ninguna de las comidas y dejar de picar entre horas.


Supongo que, en cierto modo, me empeño en creer que sería capaz de volver a mis dietas restrictivas de hace 6 ó 7 años pero lo cierto es que ya no soy capaz y lo único que consigo es descontrolarlo todo y subir de peso.


No quiero decir con esto que quiera adelgazar un montón, solo quiero perder los dos ó tres kilos que he engordado en los últimos meses y que me hacen sentir tremendamente mal.


Lo que he conseguido es dejar de vomitar por el momento. No vomito mi me doy un atracón desde hace más de un mes y para mí es todo un logro, sobre todo porque ni siquiera se me ha pasado por la cabeza a pesar del estrés y la ansiedad de los exámenes.


Ayer miércoles tuve consulta con el psiquiatra, las cosas van mejorando, me ha reducido la dosis de Prozac y poco a poco me voy estabilizando. Esta mañana tuve sesión con el psicólogo. Hablamos detenidamente sobre los miedos al peso y las razones de ese miedo. Desde hace muchos año he asociado, erróneamente, y lo peor es que yo misma me he dado cuenta de ello, el peso a cosas negativas. Mi vida está marcado por tres etapas en las que viví en tres ciudades diferentes. En la segunda etapa de mi vida no encajé bien en el colegio y todo el mundo se burlaba de mí, de mi peso, de mi físico, se metían conmigo… me sentía mal, fura de lugar, incomprendida, marginada… los primeros años conseguí no darle demasiada importancia pero llega un momento en que no eres capaz de evitar que los comentarios y la situación de tu alrededor te afecte y ami acabó consumiéndome. Caí en una depresión y me volqué en la comida en el sentido contrario, comía porque me sentía mal. Desde entonces asocié la comida y el peso a cosas negativas, a las burlas, a la no integración. Creí que aquella situación se debía a mi sobrepeso.


En la tercera etapa todo cambió, decidí adelgazar porque pensaba que eso me ayudaría a sentirme mejor. Todo a mi alrededor cambió. Colegio, casa, amigos… todo era diferente y todo me gustaba y asocié todo eso a mi nuevo peso. Ahora subir de peso me da pánico porque temo volver a recuperar lo que viví años atrás.


Hablamos un poco sobre los valores en mi vida, sobre el control y que papel desempeñaba en ella y cómo o qué podía yo controlar. Luego la enfermera me tomó la tensión y me pesó. 49.300 kilos. 49 kilos… 49 kilos. No tengo palabras.


Mañana me voy a la playa con mi chico y estoy super ilusionada pero con solo pensar que tengo que ponerme en biquini allí delante de todo el mundo con mis 49 kilos de peso… me aterra.


Sé que no podré olvidarme de mi figura, de los kilos, de cómo me queda la ropa… pero espero poder relajarme y pasármelo muy bien. Estaré fuera hasta el día 6 de julio haciendo un esfuerzo por mantener una dieta equilibrada. Os recomiendo que hagáis lo mismo, es la mejor terapia. Olvídate de todo, vete a una isla con tu pareja, ponte morena y a comer ensalada, arroz, fruta y pescado. Espero volver con las pilas cargadas.


ANA


Las drogas enganchan


06 JUNIO 2008


Temía este momento, y con razón. El momento en que llegasen los exámenes. La ansiedad, el estrés, el agobio, la falta de concentración, la posibilidad de fracaso, una vez más.


Pero al mismo tiempo ansiaba que llegase este momento por una sola razón, era la excusa perfecta para pasar el día entero en la biblioteca sin tener que pasar por casa a medio día.


Necesitaba volver a sentir que podía mantener el control, que era capaz de controlar lo que entraba a mi cuerpo, que era capaz de decidir lo que ingería y lo que no. Necesitaba sentir que todo a mi alrededor tenía un orden perfecto y estructurado, cada cosa en su lugar, en su sitio, el sitio del que se habían movido en los últimos meses. Un desorden que me había nublado, que me impedía razonar, que me impedía ver las cosas con claridad, que me impedía sentirme a gusto en mi piel. Necesitaba recuperar ese orden y sabía que tan sólo sería capaz de conseguirlo si lograba colocar cada cosa nuevamente en su lugar.


Sabía de sobra que hasta que no consiguiera ese orden que había perdido en mi vida, sería incapaz de sentarme delante de un libro y concentrarme en el incomprensible sistema macroeconómico, sería incapaz de desviar la atención de la comida, las calorías o el peso para centrarme únicamente en la que debía ser mi prioridad, los exámenes finales.


Y conseguí hacerlo. Me impuse una rutina bastante estricta que consistía en acudir a diario a la biblioteca y estudiar durante horas, mañana y tarde. Nada de estudiar en casa, con la tentación constante del frigorífico a unos pocos pasos al fondo del pasillo que lograba recorrer en pocos segundos en esos momentos incontrolables de ansiedad. No quería nada de eso, ahora no.


Volví a mi rutina de la tostada de pan de molde integral cortada en 5 tiras. Después de meses de esfuerzo para deshacerme de aquel riguroso ritual diario, después del angustioso esfuerzo para conseguir comerme la tostada cubierta con una fina película de mermelada, finalmente volví a recuperar mi ritual con el solo objetivo de colocar cada cosa en su lugar como una parte más del puzzle.


Lo bueno de todo esto es que he evitado las tentaciones, los atracones e incluso evadirme del tema COMIDA. Lo malo es que en cierto modo la otra razón por la que decidí imponerme esta rutina era porque sabía que era el único modo en que conseguiría perder algo de peso, quizá alguno de los kilos que había ganado en los últimos meses y que me estaban angustiando sobremanera.


Durante la primera semana de rutina de estudio, no comí casi ningún día. Me compraba una manzana únicamente y me alimentaba a base de la manzana y el agua hasta la hora de la cena en que llegaba a casa. La segunda semana comí en un par de ocasiones porque tenía compañía y no podía escaquearme. ¿Qué podía hacer? Pero me sentía bien que era lo importante. Me sentía llena de fuerza, viva, recuperé todas aquellas sensaciones que tanto añoraba y, en el fondo, sé que he cometido un gran error porque he vuelto a probar la droga y ahora siento que quiero más.


La primera semana fue una sensación de euforia y de éxtasis pero, lo cierto, es que la segunda semana empecé a notar los efectos del ayuno. Cuando no comes no puedes concentrarte, no puedes estudiar, no puedes pensar, te cuesta el doble y por mucho que te esfuerzas no rindes.


Algunos días iba al súper y paseaba lentamente por los pasillos observando detenidamente qué estaría dispuesta a comer. Puede resultar muy fácil para cualquiera, no para mí. Pasaba una y otra vez por el mismo pasillo, cogía un producto, lo miraba, lo leía, lo volvía a dejar y así durante varias veces. No había nada que me convenciera. Un día decidí que tenía que comer algo, que debía comer algo. Sé que puede parecer absurdo pero para mí es algo positivo el hecho de comprarme algo, cualquier cosa para comer sola, por nimia que sea, teniendo la oportunidad de no hacerlo porque es algo que antes nunca hubiera hecho. Después de mirar y pensar largo y tendido, decidí comprar unos biscotes de pan muy finos junto a mi manzana. Ésa fue mi comida.


El martes día 03 tenía cita con la dietista. Tenía que llevar un menú semanal elaborado por mí en el hipotético caso de que estuviese sola y pudiese comer lo que quisiese. Al principio pensé que sería fácil. En realidad eso es lo que siempre he querido, comer sola, que nadie me diga lo que tengo que comer o lo que no, no dar explicaciones, no comer por obligación ni comer algo que no me apetezca.


Pero lo cierto es que no resultó nada fácil. ¿Qué haría si estuviese sola? ¿Comería? ¿No comería? En un primer momento pensé que se trataba de ser sincero y que si de verdad pensaba que si al estar sola me saltaría las comidas, debía ponerlo. Pero siendo realista, ¿cuánto tiempo podría mantener esa situación? ¡¡No quiero morirme joder!! Lo que debía hacer era elaborar un menú realista, que me impusiera algunos retos pero que al mismo tiempo me hiciera sentir bien al saber que podía cumplirlo sin estar engordando. Elaboré un menú sencillo a base de verduras, patatas, arroz, pasta, ensaladas y frutas. Todo muy ligero, fresco, cocido, al horno o la plancha, sin aderezos, sin acompañamientos y con un solo plato.


Cuando llegué a la consulta la dietista me dijo la realidad :“bueno… ¿y dónde están las proteínas?” ¿Las proteínas? Nunca he reparado en eso. Decidí fijarme en las calorías y punto. Sabía que las grasas engordaban más así que las taché casi por completo pero nunca me fijé en si comía hidratos o proteínas. Todos mis alimentos habituales son del grupo de los hidratos y apenas como proteínas. Apenas como carne, excepto por obligación y la única que tolero de buena gana es el pollo. Como pescado… a veces, pero resulta más laborioso de cocinar que una ensalada y al final siempre tiendo a lo mismo, es más rápido, más ligero, menos calórico… Los que no disfrutamos de la comida no disfrutamos cocinando y tener que perder el tiempo en la cocina es bastante desagradable de modo que intentas ir a lo más rápido y sencillo.


Taché la carne por una absurda razón, siempre la asocié con salsas, aceite, grasas… y pensé que engordaba más. Soy consciente de las pocas calorías que tiene un filete de pollo a la plancha y sin embargo… no me resulta fácil, ¿por qué? Simplemente porque me he empeñado en tachar la carne de mi dieta. Poco a poco me he ido convenciendo de ideas pro-vegetarianas y sufro al pensar en el grandísimo mercado que se mueve alrededor de la carne y el comercio con los animales, además del trato que se les da, con lo que mi consumo de carne ha ido disminuyendo.


“¿Qué pasa con los huevos?” No había incluido huevo ni un solo día. No lo sé… supongo que también lo he tachado. Eso no quiere decir que no lo coma cuando no me queda más remedio, pero si por mi fuera supongo que no lo comería. Sin embargo, hay otros alimentos que sí he dejado de comer voluntariamente y no puede imaginarme si quiera comiéndolos, mantequilla, aceite, mayonesa, chorizo, cordero, salchichas, hamburguesas, chocolate, helado, donuts, tartas o pasteles, por ejemplo.


“¿Y las legumbres?” Tampoco había legumbres en mi menú. Supongo que tengo asociadas las legumbres a los guisos con carnes y grasa y tengo la sensación de que engordan más. No lo sé.


La dietista me habló de la importancia de las proteínas y, además, me comentó que éstas tienen un efecto saciante del que carecen los hidratos; esto supone que después de comer carne, pescado o frutos secos, por ejemplo, el estómago se sentirá satisfecho y no te pedirá comer al cabo de una hora. A diferencia de los hidratos cuya digestión es más corta y en seguida vuelve la sensación de hambre y las ganas de comer.


Le hablé a mi dietista de los ayunos durante el período de exámenes. Entendía que el estrés y la ansiedad de este momento alterasen de nuevo mi comportamiento ante la alimentación pero me dijo que procurase comer algo, aunque fueran unos frutos secos, un yogur, una pieza de fruta o un café. Que hiciese paradas durante el estudio para tomar algo y despejarme porque sino no rendiría suficiente. Me dijo que intentara no pasar demasiados períodos en ayunas.


Ya lo sabía pero la dietista corroboró mi idea. Mi problema real, el problema de raíz, es la relación que tengo con cada uno de los alimentos. Tengo alimentos prohibidos sin ningún motivo. Me he convencido de que no puedo tomarlos por alguna razón y me alimento simplemente a base de arroz, verdura, pasta o fruta. Es una relación muy difícil de entender porque no viene de unos años para acá sino de mucho antes. Viene prácticamente desde hace 23 años. Con cada alimento, con cada comida, existe una historia, una relación de muchos que se ha ido reforzando o distorsionando. Nunca comí bien desde que recuerdo. Incluso antes de recordar mi madre me cuenta las dificultades para hacerme comer. Ya desde muy pequeña fui forjando una relación especial y macabra, en cierto modo, con la alimentación.


Lo he pasado mal con la comida desde que recuerdo y el problema profundo es que desde que era muy pequeña siempre me aferré a la comida y la equiparé a mis emociones. Desde hace más 23 años he vivido con la certeza de que existía una conexión casi perfecta entre comida y sentimientos. Ahora me resulta casi imposible dividir ese tándem.


Me pesó. Quería que lo hiciese. Tenía miedo pero al mismo tiempo deseaba saber cuánto pesaba. Sabía que apenas había perdido peso, tal vez algunos gramos, y aunque estaba segura de que lo que vería no me agradaría necesitaba comprobar que no había engordado. 47,400. Perdí alrededor de 600 gramos. “Sólo 600 gramos, maldita sea” pensé, aunque lo cierto es que en el fondo estaba contenta de haber bajado de nuevo de los 48. Tenía miedo de quedarme anclada en esa cifra.


Salí de la consulta algo conmocionada. Me sentía extraña. No sé muy bien por qué. Durante la casi una hora de autobús que tardé en llegar a la biblioteca pude pensar acerca de la sesión. Lo de las proteínas me había inquietado. Tenía que incluir proteínas en mi dieta, muy bien, además tenían efecto saciente, aún mejor, pero… ¿qué podía comer? No se me ocurría nada. Pescado; claro, el pescado me gusta pero sé que a la hora de la verdad no me cocino un pescado. Carne; vale, todos sabemos que puedo esforzarme un día y comer pollo a la plancha pero ¿es suficiente? Frutos secos; a veces como nueces, dicen que son buenas para el corazón pero sé que engordan mucho e intento evitarlo. Huevos; no, seguro que no. No es fácil para mí. Al final siempre como lo mismo. Al final siempre es todo igual, la maldita y la ansiada rutina. Mi droga.


Llegué a la biblioteca, comencé mi sesión de estudio y después de algo más de una hora comencé a notar cómo no lograba concentrarme, cómo me dolía la cabeza y mi estómago empezaba a hacer ruidos. Justo esas sensaciones que te hacen sentir tan bien pero que a la vez te hacen sentir tan mal y que aborreces cuando tienes que estudiar. Comencé a sentirme así justo después de haber ido a la consulta esa misma mañana y decidí ir a comprar algo. Compré una bolsita de 85gr de nueces que comí lentamente mientras estudiaba y de lo que me arrepentí enormemente porque me sentaron fatal. Aquella tarde aborrecí a la dietista por haber comprado aquellas nueces.


Esa misma noche al llegar a casa mi madre me preguntó que tal había ido la sesión con la dietista. Le estuve contando un poco todo lo que me había dicho pero la conversación se torció. Mi madre empezó a decirme que no como nada de lo que ellos preparan, que siempre ando con mis comidas especiales y que no me esfuerzo en absoluto. Aquellas palabras me llegaron al alma y las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. No quise escuchar ni una palabra más y me refugié en mi habitación, me acurruqué sobre la cama como un bebé y lloré. Mi madre vino pasados unos minutos para hablar tranquilamente y preguntarme qué me pasaba. Ella no entiende el esfuerzo que hago. No es capaz de comprender que cuando yo como 1 biscote de pan en vez de un pedazo de pan blanco no es por capricho, es un esfuerzo por comer pan, es un logro. Ella solo lo ve como otra de mis cosas raras para no comer pan. Hace algunos meses que logré incluir los biscotes de pan integral en mi dieta diaria a sabiendas de que no conseguiría comer ese pan blanco lleno de miga pero para mi madre eso no significa nada.


Le expliqué a mi madre lo difícil que me resultaba comer, aunque ella no lo viese. Le confesé a mi madre, para que lograra entender, lo mucho que añoraba los ayunos, la angustia que me producía tener que sentarme delante de la mesa cada día a comer y le expliqué que era mucho más angustioso si tenía que comer alguna de esas comidas que no me gustaba comer (un filete de cerdo, un guiso o un huevo frito). Le dije a mi madre con las lágrimas en los ojos que no quería comer y que, aún así, lo estaba haciendo pero que ellos no lo apreciaban. Le repetí varias veces cuánto añoraba hacer mis ayunos hasta que mi madre acertó a preguntar “¿la razón por la que te vas a la biblioteca todo el día es para no comer?” Le dije que no. Podría haberle dicho que sí y no le hubiese mentido aunque la razón principal es el estudio.


Ayer jueves, día 5, tenía mi segundo examen. Eran a las 15:45 y le dije a mi madre que no iría a casa a comer porque quería estar pronto en la facultad. Estuve toda la mañana en la biblioteca repasando y a las 2 cogí mi bicicleta y me fui a la facultad. Decidí que tenía que comer algo. Primero pensé que comer tan sólo una manzana pero luego pensé que quizás no rendiría suficiente y quería aprobar por encima de todo, así que decidí que debía comer algo. Fui al supermercado y volví a recorrer todos los pasillos uno a uno fijándome en cada producto, en cuáles podría comerlos sin necesidad de preparación y cuáles estaría dispuesta a comer. Pensé en comprar unos frutos secos pero luego decidí que engordaban mucho y que eso no era una comida. Me detuve en la zona de comida preparada y me fijé en los sándwiches. ¿Por qué tienen que ponerles mayonesa a todos los sándwiches? No lo entiendo. Leí detenidamente los ingredientes de cada uno de ellos. Por un momento pensé que no estaba dispuesta a comer un sándwich con mayonesa pero ¿qué podía comer sino? De haber tenido información calórica habría elegido basándome en ella pero como no la tenía, para variar, elegí el sándwich que tenía el menor porcentaje de mayonesa. Me lo pensé varias veces. Mis niveles de ansiedad comenzaron a aumentar con solo pensar que iba a comerme aquel sándwich. Cogí una manzana, pagué y salí de allí antes de cambiar de opinión.


Me daba vergüenza que me vieran comer en la facultad, en realidad, siempre me ha dado vergüenza comer en público, sé que es absurdo porque todos comemos pero, en cierto modo, me da la impresión de que te hace parecer más débil y vulnerable, ¿qué pasa que no puedes aguantar sin comer nada hasta llegas a casa? Menuda tontería. Comencé a comerme el sándwich por la calle, mientras caminaba. Abrí el plástico del envase, después de volver a pensarlo de nuevo, y desmenucé el primer pedacito de una de las dos mitades con los dedos pulgar e índice de mi mano derecha. Me resultó muy difícil. El primer bocado fue el peor. Me resultó difícil retirar el plástico, me resultó difícil desmenuzar el sándwich y me resultó más difícil aún llevármelo a la boca. Mis gafas de sol ocultaban las lágrimas a punto de salir de mis ojos. Mi nivel de ansiedad se había duplicado por momentos. Sentí deseos de tirar el maldito sándwich pero me había propuesto comerlo y así lo haría. Fui desmenuzando poco a poco y masticando lentamente, ni siquiera recuerdo el sabor porque no reparé en ello; solo recuerdo pensar cuánto me quedaba aún, las ganas de llorar, la ansiedad, la angustia, la vergüenza. Cuando llegué a la facultad aún me quedaba más de la mitad de la primera parte, escondí el sándwich y entré en el aula donde dentro de una hora comenzaría el examen. Elegí un sitio y, como aún no había casi nadie, volví a sacar el sándwich que comí lentamente mientras leía una revista. Sólo me comí una de las mitades que complementé con mi habitual manzana. Tuve ganas de llorar en varias ocasiones pero conseguí evitarlo. No sabía si había hecho bien o no al comer aquel sándwich antes del examen porque había aumentado mi ansiedad, me había desconcentrado y angustiado sobremanera. Por otra parte sabía que era un pequeñísimo paso hacia delante después de los grandísimos pasos atrás de las últimas semanas.


Después de volver a probar la droga y darme cuenta, de nuevo, del por qué de la adicción.


ANA