Doctor, doctor...

09 MARZO 2007


Soy gilipollas. Soy gilipollas.


Hace algo más de dos semanas detecté un leve color rojizo en mi orina que parecía sangre. Me asusté un poco. Durante los días siguientes tuve problemas de insomnio, sudores fríos, dolores de cabeza, escalofríos y tenía ganas de orinar continuamente. Todo ello no me preocupó en absoluto, pensé que se pasaría. Pero lo de la sangre en la orina reconozco que sí me preocupó. Busqué por Internet qué podía ocasionarlo y, entre otras cosas, podía ser un síntoma de cáncer de vejiga. Era poco probable pero me asustó tanto que decidí ir al médico. Ahí empezó el problema.


En los últimos 8 ó 10 años he ido al médico de cabecera en 2 ocasiones por sendos problemillas insignificantes. Soy algo así como una “anti-médicos” aunque la verdad es que no sé muy bien por qué.


Para empezar, no me gustan todos los formalismos y papeleos que hay que superar antes de ir al médico. Nunca he sabido a dónde tengo que ir y para qué hay que ir a un sitio u otro. Primero debes concertar cita a una hora que te dan obligatoriamente y a la que, en la mayoría de las ocasiones, no puedes acudir. Luego, tienes que esperar tu turno, porque te dan una hora que no se corresponde con la hora a la que entrarás. Esperas con un montón de gente alrededor de lo más curiosa que te mira de arriba abajo pensando qué problema extraño te habrá traído al hospital. Entras en la consulta con un señor que no conoces de nada y que te trata como si fuera tu mejor amigo al que le puedes contar cualquier cosa. Un señor que tiene que mirar al ordenador cada vez que dice tu nombre porque no sabe ni con quién está hablando. Cuando te vas, te das cuenta de que ese señor no tiene ni idea de lo que te pasa, al menos, no más que tú. Te receta unos medicamentos que, con suerte, no te harán ningún efecto y te cita de nuevo la semana siguiente para unas pruebas a otra hora endemoniadamente horrible, para la cual deberás desorganizar tu horario completamente y, así, poder acudir a la absurda prueba. Cuando terminas la prueba, en la que nunca sabes muy bien si aprobarás o no, te vuelven a citar la semana siguiente para recoger unos resultados que no entenderás porque están en algún tipo de lenguaje cifrado incomprensible para la mayoría de los mortales. Es inhumano. A todo esto hay que añadir las colas de todos esos hipocondríacos que pululan por el hospital como si no tuvieran nada más que hacer, las miles de puertas y pasillos del hospital que debes atravesar y encontrar como si fuera un auténtico laberinto y la decena de mostradores que debes sortear hasta encontrar el que te corresponde.


En segundo lugar, no me gusta el trato que se da a las personas. Se les priva de su personalidad y su identidad y se les trata como meras historias. No somos más que historiales absurdos en las consultas de los médicos, con mucha suerte, adecuadamente clasificados y con no demasiados errores.


En definitiva, no me gusta cómo funciona la Seguridad Social en España, no estoy de acuerdo y, por tanto, no voy al médico. Entiendo que la sanidad es un bien complejo y, no dudo, que el sistema sanitario español sea bueno y tenga un gran valor pero no estoy conforme con el funcionamiento de la administración.


Después de esta pequeña crítica, continúo con mi historia.


Decidí no decirle a nadie que iría al médico porque no lo creí oportuno. Llamé y me dieron hora para la semana siguiente. Durante los días anteriores estuve pensando qué le diría al médico. Me lo pensé muy bien. Desde hace mucho tiempo he querido hacerme algún tipo de prueba o análisis para saber cómo estoy realmente. Actualmente tengo dolores y problemas de estómago, me cuesta mucho hacer la digestión. He desarrollado intolerancia a muchos alimentos que no puedo comer y muchos otros me sientan mal. Estoy convencida de que mi estómago, mi esófago y todo mi aparato digestivo debe estar echo polvo. Estoy convencida de que debo tener muchas carencias, hierro, potasio, algún tipo de vitaminas, calcio, etc, etc. Y, probablemente, como consecuencia, se sume a todo ello otro tipo de problemas que desconozco.


Pero nunca me he hecho ninguna prueba. La razón principal es el miedo. Me da miedo hacerme una prueba porque me da miedo el resultado. Si tengo algún problema no va a desaparecer por conocerlo, así que nunca he querido saberlo. Supongo que me daba miedo conocer la verdadera respuesta. La segunda razón es mi rechazo a los hospitales, médicos y todo lo relacionado. No voy al médico a no ser que me encuentre realmente mal y nunca estoy tan mal como para ir al médico.


Sin embargo, a parte de desear saber cómo estoy realmente, está mi chico. Él siempre me anima a ir al médico, me dice que no va a pasar nada, que debo ir a hacerme alguna prueba para saber cómo estoy, que es conveniente ir periódicamente para hacerse alguna prueba y, más aún, si hace tanto tiempo que no me hago ninguna. Después de pensarlo durante mucho, mucho tiempo, decidí que, tal vez, no estaría tan mal.


Y, cuando pedí hora para ir al médico de cabecera, creí que, quizás, era el momento de hacerlo porque, sino, ex profeso no lo haría. Mi madre me había dicho hacía algún tiempo, que para hacerse una prueba tiene que solicitarla el médico de cabecera si considera que es oportuno así que supuse que debía decírselo a él.


Si quería hacerme alguna prueba tenía que explicarle a ese señor por qué quería hacérmela. Lo pensé mucho. Se me pasó por la cabeza de todo. No estaba del todo segura de si quería contárselo o no a ese señor. Es algo personal que no tiene por qué saber nadie. La anorexia no es una hepatitis ni un cáncer; es una cuestión de sentimientos y emociones, tiene que ver con la personalidad de cada uno. Es algo muy personal que no tiene por qué estar escrito en ningún sitio.


No sé muy bien por qué ni qué me hizo decidirme a contarlo. Supongo que, en parte, creí que sería otro paso más para reconciliarme conmigo misma, otro paso más para aceptarlo como algo más en mi vida y, por otra parte, porque sentí que se lo debía a mi chico.


Me las apañé para ir a la consulta en la hora asignada. Entré y le conté el problema por el que en realidad había ido. Me mandó unos medicamentos y solicitó un análisis de orina. Luego, le dije que había algo más. Le dije que había tenido problemas de alimentación y quería hacerme una prueba. El señor médico levantó su cabeza del ordenador y me miró. “¿Qué tipo de problemas?”. Le dije que no podía decirle muy bien qué porque nunca había ido al médico así que no podía confirmar con certeza ninguna hipótesis. Le comenté lo de los vómitos y me preguntó si los vómitos eran provocados. Le dije que sí, obviamente. Su cara era un cuadro. Yo sólo quería solicitar una prueba e irme, no quería contarle nada más a ese estúpido señor, no era asunto suyo.


Me preguntó si seguía vomitando. Qué estúpido, ¿acaso creía que iba a contarle todo eso si de verdad siguiese haciéndolo? Contesté que hacía casi dos años que no, aunque no fuese del todo cierto porque en alguna ocasión puntual sí que he vuelto a hacerlo.


Después de varias preguntas más como si tenía la regla, si hacía cinco comidas al día (cinco!!! Por dios… pero qué quiere, ¿cebarme?!!)… me dijo que no podía hacerme ningún tipo de prueba. Me dijo que la anorexia era un problema mental y que no había prueba posible. Me dieron ganas de reír y pegarle un puñetazo al mismo tiempo. A ver señor médico… ¿me va a contar usted a mí lo que es la anorexia? Por favor… un poco de seriedad y de respeto. Se cree que por tener el título de medicina ya sabe cualquier cosa. Pues no señor, la idea que usted tiene sobre la anorexia probablemente ni se acerque a lo que es realmente. Usted no es más que un médico de cabecera que receta pastillas y aspirinas así que dedíquese a lo suyo y no quiera dárselas de médico sabiondo.


Me dijo que lo que yo necesitaba era ir al psicólogo. Le dije que estaba perfectamente y que todo eso ya lo sabía pero que, obviamente, la anorexia, aunque es un problema mental, tiene consecuencias físicas y, por tanto, quería sólo hacerme un análisis para saber cuál era mi estado físico. Me dijo que si tenía algún problema de estómago o de esófago que no había ninguna prueba que hacer y que eso no iba a solucionarlo. Le dije que tenía problemas para hacer la digestión y que tenía dolores de estómago y sólo dijo que eso era cosa de la anorexia que en cuanto comes un poco tienes en seguida sensación de saciedad. A mí me va a contar. Estúpido señor. Le dije que no era eso lo que yo tenía y sólo me dijo que tenía que hacer cinco comidas al día y que lo único que me podía recomendar era ir al psicólogo. Me fui de la consulta y no creo que vuelva.


Soy gilipollas, soy gilipollas. Ahora, en mi historial aparecerá “trastornos de la conducta alimentaria” o alguna cosa parecida. Un borrón en mi historial que no es que no quiera asumir, sino que, después de tantos años ocultándolo a toda costa, me resulta difícil aceptar sacarlo a la luz y que se convierta en algo de dominio público. La próxima vez que acuda a un médico sólo seré un historial de anorexia.

ANA


Mi historia VI


21 FEBRERO 2007

6ª PARTE



Acabó el curso y con él las oportunidades de escaquearme. Las semanas siguientes fueron sencillamente un infierno. Mi madre estaba todo el día vigilándome. Controlaba todo lo que hacía en cada momento. La odié por ello.

Comenzaron a dudar de mí y perdieron toda la confianza que habían depositado en mí durante tantos años. Mi madre me lo reprochó muchas veces. Me dijo que había conseguido que no pudieran confiar en mí de ningún modo.

Recuerdo que muchas noches me hacía ducharme con la puerta del baño abierta para vigilarme. Muchas veces entraba, otras no. No recuerdo si aquellas veces vomitaba o no pero recuerdo estar en la bañera vomitando y sintiendo el miedo, el auténtico miedo de ser descubierta. Si bien, había aprendido a vomitar sin hacer absolutamente nada de ruido. Despúes de tantos meses vomitando, había aprendido a controlar mi estómago. Cuando vomitas tantos cientos y cientos de veces, llega un momento en que eres capaz de controlar tu estómago. Sabes perfectamente cuándo empezar y cuándo terminar. Sabes perfectamente hasta dónde puedes llegar y sabes perfectamente hacerlo sin emitir ninguna clase de sonido. Requiere mucha práctica.

Recuerdo las comidas en casa, mi hermano pequeño debía estar en un campamento de verano o algo así porque no estaba. Comíamos mi hermano mayor, mi madre y yo y recuerdo que durante aquellas comidas, no sé cómo, me levantaba al baño y tiraba parte de la comida por el retrete, escondía servilletas de papel en los bolsillos y cuando nadie miraba escupía la comida en ellas. Un día, mi hermano mayor me pilló haciéndolo. Debió intuir que hacía algo extraño y debía saber lo que estaba haciendo, de modo que disimuló que miraba hacia otro lado para despistarme, yo aproveché para escupir la comida y, entonces, justo, se giró. Se había quedado mirándome de reojo para poder pillarme. Por supuesto, aquel día, se lo contó a mi madre. Hubo bronca, creo. No lo recuerdo.

Aquel verano me fui de vacaciones con mi familia. Fuimos a visitar a mi familia lejana. Primos, tíos, etc. Todos coincidieron en que estaba muy delgada y muy guapa. O eso fue lo que me dijeron porque según me contaron mis padres más tarde, mis tíos les preguntaron si tenía algún problema porque me veían demasiado delgada y parecía que no estaba bien. Mis padres me acusaron de aquello porque se sintieron avergonzados. Recuerdo una comida en particular con toda la familia. Fue en un restaurante italiano junto a la playa. Mis padres me pidieron repetidas veces y muy serios que no montara ninguna escena y que no les pusiera en evidencia.

Es decir, que me tenía que joder y comerme la comida sin rechistar. Fingí, por supuesto, que todo iba bien aunque en el fondo, dentro de mí, me estaba muriendo. Mis padres pidieron por mí, si no recuerdo mal. Un plato de pasta, creo. No comí mucho. Dije que no tenía más hambre. Me levanté y fui al baño a vomitar la comida.

Las comidas esas vacaciones fueron casi todas fuera de casa y después de cada una, me levantaba e iba al baño a vomitar. Imagino que mis padres se extrañarían que tardara tanto, a veces me preguntaban, otras no. Pero nunca supe si sabían por qué iba al baño.

Aquel verano no adelgacé ni un solo kilo. Si bien, conseguí mantenerme en los 46-47 kilos. El día antes de acabar las vacaciones me compré una báscula. Decidí que era hora de dejar de pesarse constantemente en las farmacias y que debía comprarme una báscula para poder pesarme en casa siempre que quisiese.

La llevé conmigo todo el viaje, escondida, por supuesto, y la guardé envuelta en una bolsa de plástico dentro de una caja en el fondo de mi armario. Desde aquel día, empecé a pesarme cada noche, después de vomitar la cena, durante los 4 años siguientes.

Continuará...

ANA

"Quiero ser anoréxica"


09 FEBRERO 2007

Sí, estoy de acuerdo, es una pena. Yo también lo siento y mucho. Esto no es algo de lo que me sienta orgullosa, de hecho, más bien me avergüenza porque deja entrever todas mis debilidades. Porque, prácticamente, te arruina la vida y te priva de ella. Porque te priva de la felicidad. De modo que, no, no estoy orgullosa; y no, no es algo que he elegido. Tal vez, mucha gente crea que esto es algo que se elije pero está equivocada. Las enfermedades no se pueden elegir. Puedes elegir adelgazar, puedes elegir hacer una dieta o puedes elegir ir a correr todas las tardes para perder peso. Todo eso puedes elegirlo.

Desgraciadamente, el querer o no ser delgado ya no se puede elegir porque eso es algo que la sociedad impone. Hoy día, prácticamente todo el mundo quiere ser delgado o, al menos, no ser gordo. No estoy diciendo que una persona gorda no pueda verse o sentirse bien porque estoy convencida de que mucha gente con algunos kilos de más está muy satisfecha y muy a gusto con su aspecto, lo cual envidio muchísimo porque yo con muchos kilos menos no soy capaz de verme ni sentirme bien. Esto justifica la idea de que, en realidad, el problema no está en los kilos sino en la cabeza. Todos queremos sentirnos a gusto con nosotros mismos y con nuestro cuerpo y vernos bien y la sociedad nos dice que eso se consigue con la delgadez.

La sociedad envía mensajes de que la delgadez es atractiva, de que la delgadez es bonita, de que una persona delgada es sexy, de que para triunfar hay que ser delgado, de que la delgadez es digna de admiración, de que la delgadez, en cierto modo, es equivalente de éxito; y, paralelamente, nos envía el mensaje de que lo contrario no lo es, es decir, que ser gordo no es atractivo, ni sexy, de que si eres gordo no vas a triunfar ni vas a tener éxito, que ser gordo no está "de moda". No me refiero únicamente a las pasarelas de moda porque, evidentemente, en las pasarelas solo se ve lo que gusta a la gente. Probablemente, si en la sociedad estuviesen bien vistos las curvas, los michelines o los kilos de más, en las pasarelas de moda de todo el mundo las modelos no serían tan delgadas. Pero está bien vista, la delgadez se ve bien. La publicidad, la televisión, el cine, la prensa, la radio... los medios de comunicación en general y, por supuesto, las personas, nosotros mismos, todos los que formamos la sociedad enviamos esos mensajes. No es únicamente la publicidad la que lo hace. Cuando miramos mal a una persona porque está gorda o cuando admiramos a otra que está delgada también enviamos esos mensajes. ¿Por qué, a primera vista, sólo nos atraen las personas delgadas?

No, no creo que querer ser delgado sea algo que se elige y no, tampoco creo que verse o no verse bien sea algo que se elige. De modo que, no creo que estar enfermo sea algo que se pueda elegir. Porque esto es una enfermedad y no, como muchas chicas defienden, "un estilo de vida". Es una enfermedad seria y muy grave pero cuando empiezas a caer en ella no te das cuenta, no eres consciente y lo conviertes en tu forma de vida aunque realmente no es una forma de vida sino, como ya dije en otro post, una forma de no-vida.

Sí, creo que la sociedad tiene parte de culpa, que no toda, por supuesto. Pero en una sociedad que valora todo lo que tiene que ver con la belleza, con la imagen, con la superación, con el éxito... en una sociedad vana y vacía como ésta es más que obvio que este tipo de enfermedades proliferen. Y estoy convencida de que si la delgadez no estuviera tan bien valorada y tan bien vista, entonces, encontraríamos otro modo de llenar el vacío que sentimos porque no somos suficientemente buenos, porque no estamos a la altura, porque la sociedad nos exige demasiado. Sino fuera la comida sería otra cosa. Nos daríamos golpes contra las paredes, nos haríamos cortes en los brazos, nos volveríamos obsesos sexuales, maniáticos de la limpieza, ludópatas, alcohólicos o drogadictos. La cuestión es tener algo que nos ayude a enfrentarnos a las situaciones que nos devoran cada día.

Hay algo que me llama la atención especialmente. Durante los últimos meses he estado comprobando las direcciones desde las que llegan las visitas a mi blog y muchas de ellas lo hacen desde buscadores de internet. "Cómo ser anoréxica", "qué hace una anoréxica" o "quiero ser anoréxica" son algunas de esas búsquedas. Sencillamente es muy triste. Esas chicas, la mayoría todavía niñas y, desgraciadamente, cada vez más jóvenes, no saben lo que es la anorexia. La anorexia no es un juego. Es una enfermedad. Y ser anoréxica no se puede elegir. Esas chicas confunden anorexia con dieta y, obviamente, no tiene nada que ver. Aunque mucha gente no esté de acuerdo, o no lo entienda, la anorexia no es equivalente de dieta. Una dieta puede ser sana y, muchas veces necesaria, la anorexia es todo menos sano.

Me entristece saber que de verdad haya alguien que quiere, voluntariamente, entrar en esto. Esas personas no saben lo que es. Desgraciadamente, yo puedo hablar de esto porque lo he vivido, porque lo vivo cada día, porque lo sufro. Y no es algo digno de admirar, no es algo digno de envidiar y no es algo digno de desear. Las chicas que dicen querer ser anoréxicas lo que de verdad ansían es ser delgadas, verse bonitas y atractivas, sentirse bien consigo mismas. Lo que no saben es que la anorexia no es eso. La anorexia vista desde fuera puede ser, en cierto modo, y con muchas comillas (muchas) "admirable". Porque la imagen de la anorexia es la delgadez, el éxito, la fuerza de voluntad, la valentía, la ambición y todo lo que queramos añadir. Pero es solo una imagen. Sólo, y únicamente, una imagen. Lo que se esconde detrás, lo que hay debajo de toda esa fachada sólo las personas que lo sufren lo saben.

Debajo de esa imagen se esconde una persona débil, sensible, insegura, con baja autoestima, vulnerable, inmadura y que tiene miedo. Mucho miedo. Que tiene miedo a la vida. Debajo de esa imagen sólo hay dolor, sufrimiento, melancolía, llanto, amargura, sensación de fracaso, odio. Es un infierno. Es la mejor palabra que encuentro para describirlo, un infierno.

Crees que cuando seas delgada podrás ser feliz porque entonces gustarás a los chicos, serás atractiva y, lo más importante, te sentirás bien. Pero entonces, empieza el auténtico calvario y te sientes de todo menos bien.

Sólo puedo decir a todas esas chicas que “quieren ser anoréxicas” que antes se informen de qué es la anorexia porque muchas de ellas no saben ni lo que es. Sin embargo, aunque parezca un tópico, no se sabe lo que es hasta que lo vives en tu propia piel. La idea que yo tenía de la anorexia antes de padecerla era muy diferente de la que tengo ahora y nunca imaginé que fuese algo que pudiese pasarme a mí. Y no, no la defiendo, no me recreo en ella y no me gusta. No es un estilo de vida porque un estilo de vida puede elegirse y esto no se elige. Ser anoréxica no es ser delgada. Sí, es cierto, la delgadez es un síntoma de anorexia, ese como muchos otros. Puede que la anorexia implique delgadez pero la delgadez no tiene por qué implicar anorexia. Quiero decir que… ¿por qué no ser delgada y a la vez feliz? ¿por qué esa obsesión por querer estar enfermas? ¿de qué sirve ser delgada sino puedes disfrutar de tu cuerpo, si no puedes disfrutar de la vida? No lo entiendo. Yo no decidí esto. Para ser delgada y tener un cuerpo bonito sólo hay que hacer una dieta equilibrada, algo de ejercicio y tener un poco de fuerza de voluntad para privarte de algunas cosas. Para ser anoréxica no hay que desear ser delgada, para ser anoréxica hay que desear morir. La anorexia viene determinada por un historial de experiencias muchas veces traumáticas, por una personalidad determinada, por la estructura cognoscitiva de cada uno, por un modo de enfrentarse a la vida, por cuestiones sociales, familiares y psicológicas… La anorexia nace de todos esos factores que aporta el ser humano a priori combinados con una nebulosa de sentimientos incontrolables: soledad, frustración, fracaso, agonía, infravaloración, vacío, dolor, sufrimiento, odio, sobre todo, odio. Y todo ello no es algo que se pueda elegir.

Lo cierto es que a mí la anorexia solo me ha traído sufrimiento. A mis 10, 12 ó 15 años era mucho más feliz de lo que soy ahora. Sí, es cierto, era gorda ¿y qué? Eso no me importaba. Me daba igual. Era feliz. Tal vez quisiese ser delgada y atractiva, como cualquier niña a los 15 años, pero no me quitaba el sueño y con mis casi 65 kilos era mucho más feliz de lo que he sido con 40.

Si pudiese elegir ahora… quiero ser feliz. Es lo que más ansío. No quiero ser delgada quiero ser feliz y si supiera que con 15 kilos más iba a serlo engordaría los kilos que hiciese falta. Pero ahora es tarde. Ahora sé que ni con 15 kilos más ni con 15 menos voy a ser feliz porque la anorexia te priva de la felicidad. Por eso no entiendo que haya alguien que ansíe replicar esto. Sencillamente no lo entiendo.

La anorexia es querer morir. La anorexia es querer morirse. La anorexia no es querer ser delgada, ni atractiva ni nada de eso, la anorexia implica querer dejar de sentir a toda costa. No entiendo que alguien pueda desear eso porque no hay nada más doloroso en este mundo que desear la muerte.

ANA


Mi historia V


23 ENERO 2007

5ª PARTE


Recuerdo una noche en la que tuve una discusión porque no estaba dispuesta a comer nada de lo que había en la mesa. No recuerdo qué había para cenar pero no era eso lo que importaba. Había decidido que no iba a comer. Simplemente alegué "no tengo hambre". Mis padres intentaron hacerme comer algo amablemente. "Venga, come algo, tienes que comer algo". "No, es que no tengo hambre". Después de varios intentos y varios gritos mi padre me envió a mi habitación sin cenar. Me fui llorando y me tumbé en la cama. Al cabo de unos minutos mis padres entraron en mi habitación. Me preguntaron qué me pasaba y si me encontraba bien. Me preguntaron si tenía algún problema. Me dijeron que si tenía algún problema podía contar con ellos, me dijeron que podían llevarme a un psicólogo o incluso, que estaban dispuestos a ir una terapia familiar si hacía falta. Les dije que no tenía ningún problema entre sollozos. Me animaron a tomarme un croissant de esos pequeñitos o un yogur porque tenía que cenar algo, que estaba muy delgada. Volví a negarme. Mi madre se fue desesperada pero mi padre siguió intentando hablar conmigo.

Me preguntó cuánto pesaba. 47 kilos si no recuerdo mal. Me dijo que era muy poco. Me preguntó cuánto quería pesar. Le dije que 45 kilos aunque lo cierto es que quería llegar a los 40. Sus palabras exactas fueron: "Ni hablar, 47 es el límite". Yo estaba tumbada en la cama de lado, acurrucada, con los brazos rodeando mis rodillas. Entonces, recuerdo que mi padre me tocó la espalda en un gesto de cariño y apoyo pero que yo malinterpreté creyendo que únicamente quería tocar mis huesos así que me aparté bruscamente.

Ahora, al recordar aquel día, me vienen a la mente otras imágenes. Recuerdo que aquel día tenía un aspecto peor de lo normal. Un aspecto totalmente enfermizo. Recuerdo que estaba totalmente pálida, con la cara y las manos totalmente blancas. Se marcaban todos y cada uno de los huesos de mis manos. Las uñas se habían vuelto moradas. Mi pelo estaba muy débil y se caía contínuamente, me sobresalían las clavículas, los omoplatos y las costillas. Tenía mucho frío y, por aquel entonces, perdí la menstruación.

Las semanas siguientes mis padres estuvieron especialmente encima de mí pero de un modo muy agradable y cariñoso. Durante esas semanas me recuperé un poco y volví a comer con cierto ánimo. Ahora, esta conducta me resulta extraña y me hace plantearme la posibilidad de que quizás, tan sólo estuviese buscando algo de cariño, algo de atención, algo de apoyo.

Al verme comer de nuevo con ganas y al verme, también, más contenta volvieron a despreocuparse. Creyeron que estaba todo solucionado, sin embargo, el problema real, el problema que estaba en mi cabeza, seguía ahí, inamovible.

De modo que, cuando desviaron su atención volví a las andadas. La vuelta fue especialmente cruda porque mis padres se cansaron rápido. Había agotado su paciencia.

ANA

Mi historia IV

17 ENERO 2007

4ª PARTE


De lo que viene después apenas tengo recuerdos. 4, casi 5 años, de los que apenas tengo recuerdos. A veces siento que he perdido mucho tiempo, que he perdido unos años que podían haber sido maravillosos. Tengo recuerdos vagos, pero más que hechos o situaciones, recuerdo sensaciones. Recuerdo los llantos, el sufrimiento, el dolor, la rabia, las discusiones, los gritos, el malestar, el odio, la insatisfacción, el fracaso, la soledad, las voces, las mentiras, las noches, el frío, el tiempo, las letras, la locura.

Había perdido en algo más de un año unos 5 ó 6 kilos. Bajé de los 62 a los 56 ó 57. Una cifra aún considerable para mi 1.60 de estatura. Pasé de una talla 44 a una 38 ó 40.

Los meses que siguieron a aquel 5 de febrero perdí peso a un ritmo frenético. En tan solo 3 meses perdí casi 10 kilos. Las comidas en casa se convirtieron en una bronca contínua. Al principio, mis padres no se dieron cuenta. Supongo que creyeron que era parte de la adolescencia, el propio desarrollo de una chica que está en la edad de salir con chicos y sentirse atractiva. Empezaron a darse cuenta del verdadero problema por mi cambio de actitud y mis repentinos cambios de humor.

Me las arreglé durante aquellos meses para comer sola entre semanas, sin nadie que pudiese vigilarme. Mis padres siempre confiaron en mí porque nunca había dado problemas, porque siempre fui una niña sensata y responsable. Las cenas eran diferentes. Todos coincidíamos en casa así que no podía escaquearme de modo que, cada noche, después de cenar, me iba a la ducha. Cerraba con pestillo y me metía en la bañera. Me arrodillaba mientras el agua corría entre mis piernas, me inclinaba doblándome sobre el abdomen y metía los dedos en mi garganta. La comida desaparecía a un ritmo mucho más lento de lo que salía de mi cuerpo de modo que muchas veces me encontraba allí en la bañera de rodillas con toda esa comida a mi alrededor.

Continuará...
ANA

Lo conseguí

16 ENERO 2007

Otro día más en mi vida. El día de ayer terminó bien, sin complicaciones y sin arrepentimientos. No comí nada en todo el día hasta la hora de la cena. La cena es inevitable porque no puedo escaquearme. Si no cenase en casa se preocuparían y desconfiarían de mí de nuevo, de modo que tengo que cenar algo y guardar las apariencias. Es inevitable. Cené un poco de sopa, un filete pequeño de pechuga de pollo a la plancha y una manzana. Lo malo de la cena es que cuando llevas muchas horas sin comer nada, cuando abres la veda a tu ayuno tu estómago se da cuenta de que tiene hambre y te pide más; pero poder controlar esa cantidad mínima que ingieres, no sucumbir a su deseo y controlar el hambre que te ahoga te da la satisfacción de poder mantener el control. Hace algunos años no hubiera podido controlarlo y me hubiera atiborrado en la cena para vomitarlo todo después. Ahora, me he obligado a no vomitar después de cada cena y para ello, tengo que controlar cada gramo de comida que ingiero.

Mucha gente no entiende que esté tantas horas sin comer y pueda aguantar en pie con tan poca comida dentro de mi cuerpo. La gente cree que esto es una mera obsesión por adelgazar pero la realidad no es esa. La realidad es que mi verdadero objetivo, más allá del deseo de perder algo de peso, es conseguir la satisfacción que me proporciona meterme cada noche en la cama sabiendo que pude mantener el control. Porque lo que de verdad importa no es es el peso sino el control. Meterte en la cama cada noche sabiendo que no sucumbiste a las tentaciones de la vida, que conseguiste todos los objetivos que te habías planteado, que fue un día perfecto porque conseguiste lo que más ansiabas, sentirte bien contigo misma; por una vez, te sientes bien contigo misma porque conseguiste mantener el control.

Y cada día que empieza es un nuevo reto. Una nueva posibilidad para hacerlo bien, para no sucumbir a las tentaciones, para no comer, para mantener el control. Cada día, como hoy, es una nueva posibilidad para decir "lo conseguí".

ANA

Maldito peso

15 ENERO 2007


Es temprano, hace ya un rato que me levanté y, por alguna extraña razón, aquí estoy. Nunca me había puesto a escribir en mi diario tan temprano, apenas hay mucho que contar.

Aquí estoy con mi café bien cargado para ponerme las pilas y aguantar el día de hoy. Llevo unos días algo extraña, como ausente, no en mi diario, sino en mi vida. Tal vez sea el ver cómo se van acercando los exámenes y con ellos el posible temido fracaso, tal vez sea el llevar un tiempo sin ver a mi chico o tal vez sea, simplemente, el hecho de vivir en un mundo que me se me antoja sumamente difícil. Lo cierto es que me siento extraña, ausente. No tengo las ganas de comerme el mundo que tenía las últimas semanas. Tal vez sea el fin de las navidades y con ellas los kilos de más. No es que haya engordando mucho en estas navidades, de hecho, apenas he engordado estos días, pero sí durante los últimos meses.

No he engordado porque me haya atiborrado ni haya comido en exceso ni mucho menos. He engordado porque durante los últimos meses o, incluso, años, me he dedicado a intentar comer, poco pero algo. Me he dedicado a dejar de vomitar de una vez. Y cuando tu cuerpo se acostumbra a no probar bocado, cuando tu cuerpo se acostumbra a vomitar todo lo que ingiere, cuando tu cuerpo se acostumbra a no tener nada en el estómago, cuando tu cuerpo se acostumbra a hacer ejercicio contínuamente, entonces cuando dejas de hacerlo e intentas ser un poco normal, o lo que la gente entiende por normal, entonces tu cuerpo, inevitablemente, tiende a recuperar todo el peso que se le ha negado durante años.

Si tuviera que decir cuánto como... dirían que no es normal. Lo cierto es que como poco. Todo el mundo dice que como poco. Pero la realidad, lejos de medir la cantidad de comida que ingiero, la realidad es que he engordado. No sabría decir cuántos kilos con exactitud. He engordado durante los últimos 2 años... probablemente alrededor de unos... entre 5 y 8 kilos. Ahora, al verlo aquí escrito me parece una barbaridad pero ha sido algo gradual, poco a poco durante los últimos años. Sin embargo, ahora, durante estos últimos días, después de las navidades, no he dejado de mirarme en el espejo y darme cuenta de que... de que tengo que perder peso. De que, por mucho más feliz que sea ahora que 2 años atrás, no me siento satisfecha con mi cuerpo.

Ayer me dio por mirar las fotografías de hace un par de años. Estaba mucho más delgada que ahora. Tenía muy buen aspecto. Aquellos pantaloncitos estrechos y ajustados me sentaban de maravilla. Aún los tengo colgados en el armario esperando el día que pueda volver a ponérmelos. Ayer, mientras observaba mi figura en las fotografías, me di cuenta de que por aquel entonces no me preocupaba el poder ponerme unos pantalones u otros porque todos me sentaban bien. No me preocupaba ponerme una minifalda o enseñar el ombligo. No me preocupaba embutirme en unas mallas o unos pantalones ajustados que marcasen mis piernas. Ahora, sencillamente, no puedo. No puedo porque no me veo bien. Y no es que esté excesivamente gorda porque no lo estoy, pero no estoy lo suficientemente delgada y no me veo bien.

Ayer mientras miraba las fotografías, me di cuenta de que tenía que volver a adelgazar. De que deseo volver a adelgazar por encima de todo. De que lo deseo de verdad. Y decidí que tenía que pesarme. Si quiero adelgazar el comienzo es pesarme para saber cuánto peso y hasta dónde quiero bajar. Pero me da miedo. Me da pánico volver a subirme a una báscula. Hace varios años que no lo hago porque me da mucho miedo.

Ya terminé mi café, que es todo lo que tomaré hoy hasta esta noche. Ahora vienen las horas de estudio, las clases y el gimnasio. Creo que podré aguantar perfctamente hasta esta noche.

ANA

Libros


LIBROS


Alguien me preguntó hace unos días en un comentario cómo podía conseguir los libros de la lista. Pues bien, sé que hay mucha gente en la misma situación que no sabe dónde encontrarlos así que escribo esto por si os sirve de ayuda.

He leído todos los libros que hay en mi lista. ¿Dónde? ¿Cómo? En la bibliteca. Así de sencillo. Vas a la biblioteca municipal de tu ciudad, te haces socio, lo cual es gratuito, y tienes derecho a llevarte varios libros a casa durante un tiempo. No hay más misterio.

No sé si alguno de estos libros está actualmente a la venta porque los libros cuando no se venden demasiado dejan de editarse y es imposible encontrarlos. Pero para una persona a la que le gusta leer tanto como a mí, para una amante de los libros como yo, hay libros de los que resulta muy difícil desprenderse. Libros que te llegan al alma o que te aportan algo especial, libros que, por alguna razón, debes tener para siempre en tu estantería. El de Marya Hornbacher es uno de ellos. De hecho, llevo buscándolo durante varios años sin éxito.

Y he aquí la buena noticia, así que tomad nota. RBA Coleccionables ha reeditado una colección de libros que sacó hace algunos años titulada Testimonios de Mujer. Sale un libro cada semana y se puede comprar únicamente en papelerías y quisocos (no en librerías). La 9ª entrega es "Yo vencí la Anorexia" de Nieves Álvarez y la 20ª es "Días Perdidos" de Marya Hornbacher.

No sé muy bien por qué entrega va, pero no creo que haya llegado aún a la 10ª. Como podréis imaginar yo ya he reservado el mío porque esta vez no me quedo sin él.

Para los que no hayáis leido ninguno de los libros de mi lista, los tres que recomiendo son:

1. Dias Perdidos, Marya Hornbacher (es el mejor con diferencia; de esos libros que merece la pena tener.)
2. Diario de una anoréxica, Valérie Valère
3. Vencer la anorexia y la bulimia, Marianne Apostolides


ANA

Ausencia

13 ENERO 2007


Siento haber estado ausente practicamente desde Noviembre pero son cosas inevitables, las clases, las responsabilidades, las vacaciones…

Tengo varios textos a escribir en mente porque hay varias cosas de las que quiero tratar en mi diario. Uno de ellos es la bulimia, de la que apenas he hablado porque, en el fondo, me averguenzo. El otro es sobre la cantidad de chicas, seguramente muchas de ellas niñas, que entran en mi blog buscando las claves para ser anoréxicas. Estos son, entre otros, varios temas de los que quiero tratar de aquí en adelante.

Sé que tengo también pendiente Mi historia; pero es que… me resulta difícil porque cuando escribo me da la sensación de que me dejo tantas cosas… de que hay tantas cosas que se quedan por decir… me da la sensación de que nunca terminaré de escribirla.

Y, por último, tengo que escribir sobre mí. Sobre cómo estoy ahora, cómo me encuentro, cómo me siento, por qué. Llevo mucho tiempo intentado llegar a una conclusión sobre cómo estoy ahora porque no termino de encontrar mi hueco. No termino de econtrar mi sitio y no termino de encontrarme a mí. A veces, cuando creo que estoy mejor, que estoy más animada, más contenta, con ganas de salir a comerme el mundo, entonces, de repente, se me cae el mundo a los pies y… y. No entiendo por qué. No entiendo por qué a pesar de estar tan bien tengo la impresión de que no lo estoy. No entiendo por qué, en el fondo de mí, sigue viviendo esa voz, esa pequeña bruja o duende o lo que quiera que sea, que me obliga a odiarme, que me impide comer, que me grita y me empuja a perder peso, a volver a las andadas, a autodestruirme un poco.

Son muchas cosas las que tengo ahora en mente porque siento que estoy pasando de nuevo por un momento difícil o, más que difícil, extraño porque no sé muy bien dónde estoy ni a dónde voy. Porque me siento, otra vez, en el mismo punto en que me econtraba hace ahora 4 años pero sin la fuerza que tenía entonces, sin la fuerza que me daban la delgadez, los huesos, las dietas, los vómitos, los mareos, los tickets de la báscula, las ojeras, el estómago vacío, la anorexia. Porque, por alguna extraña razón, no me siento con fuerza para volver a aquello, porque, lo cierto es que, me da miedo volver a aquello; aunque algo me dice que tengo que volver a aquello porque, en el fondo, me muero por volver a aquello.

Sin embargo, sé que ahora mismo tengo que quitarme todas estas cosas de la cabeza, centrarme en los exámenes, que los tengo ya encima, y dejar para más tarde mis reflexiones y mis escritos. Así pues, estaré de nuevo ausente hasta mediados de febrero que terminen los exámenes y pueda, de nuevo, dedicarme a escribir, a pensar, a intentar comprender los por qués. Así pues, tendré que enfrentarme como pueda a este mes que se avecina, no sé muy bien cómo, intentado que todo lo que hay en mi cabeza pase desarpecibido lo más posible, intentando que esa fuerza, esa voz que hay en mi interior no me absorba del todo, al menos, de momento.

ANA

Propósitos 2007

13 ENERO 2007


Las vaciones de Navidad. Las temidas vaciones de Navidad que, por fin, han terminado. Si soy sincera, este año no han sido tan duras para mí, la verdad, supongo que es porque ahora no estoy tan sumamente obsesionada con la comida pero nunca dejan de ser desagradables. Comida por todas partes, dulces, miradas, críticas, calorías, calorías, calorías. Pero por fin han terminado. Y con ello llegan los nuevos propósitos. ¿El mio? Pues el de todos los años: ser perfecta.

Aprobar todas las asignaturas, ser la mejor del equipo, no discutir con mis padres, llevarme mejor con mis hermanos, adelgazar, hacer más deporte, comer menos, leer más, llamar más a menudo por teléfono a mis abuelos, discutir menos con mi chico, cumplir las reglas, estar a la altura, conseguir todo lo que me proponga… lo mismo que todos los años.

Ser perfecta: la alumna perfecta, la novia perfecta, la chica perfecta, la deportisita perfecta, la hija perfecta, la hermana perfecta, la nieta perfecta, la amiga perfecta, la persona perfecta.

ANA