Cúmulo de sensaciones


07 ABRIL 2008


Siempre me ha resultado difícil encajar las emociones. Por eso siempre quise dejar de sentir; dolor, rabia, tristeza, soledad… pero también alegría o satisfacción porque no sé cómo afrontar las emociones sea cual su índole. Me parece más sencillo no sentir nada porque no tienes nada de qué preocuparte. Las sensaciones buenas siempre van parejas de cosas negativas, miedo a que se acaben, a que se pierdan en el infinito, miedo a no estar a la altura, miedo a perder la sonrisa porque después siempre viene una lágrima. No sé enfrentarme ni encajar mis emociones ese es mi verdadero problema y a veces me resulta difícil manifestar cómo me
siento en realidad porque aunque esté feliz y contenta desearía no estarlo, no porque no desee ser feliz sino por miedo a perder esa felicidad, por miedo a no saber mantenerla, a no estar a la altura de las circunstancias.


Intento ocultar mi felicidad o mi alegría porque siento que una parte de mí jamás conseguirá ser feliz, como si estuviera condenada a vivir en la más absoluta tristeza y melancolía. Sé que consigo cosas, proyectos, ambiciones que empiezan a hacerse realidad, que comienzo a vislumbrar con una disimulada sonrisa pero me cuesta confiar y creer que conseguiré todos mis propósitos porque a veces me pongo objetivos inalcanzables, porque no me conformo con lo que tengo, porque siempre quiero más.


Éste, mi blog, era uno de esos proyectos que tenía en mente. Un modo de, no solo dar a conocer mis dotes como escritora sino, ofrecer una imagen real y correcta de los trastornos de la alimentación, de todo lo que se oculta detrás de un trastorno de estas características, más allá de la mera imagen. Nunca pensé que las visitas podrían superar siquiera las 10.000 y ya llevo más de 32.000. Es todo un honor, más aún sabiendo que he ayudado o, al menos, he hecho reflexionar a varias personas. Las visitas de mi blog y los comentarios avalan que hago un buen trabajo con mis escritos, o al menos eso quiero pensar, pero el verdadero reconocimiento ha sido el que mi blog haya sido seleccionado para ser presentado en un poster junto a otros dos blogs en un congreso de Salud Mental. Éste ha sido el resultado. Muchas gracias a Dora por todo su apoyo y su trabajo.



Mi siguiente proyecto en este ámbito, como bien sabréis muchos de vosotros, es mi libro. Lo tengo todo un poco parado porque no tengo demasiado tiempo y llevo algunos meses un poco ofuscada. Enciendo el ordenador, abro el documento en el que tengo las cientos de hojas que se supone que formarán mi libro, lee y releo pero no sé por dónde continuar. No es fácil contar una historia como ésta. No es fácil hablar de según qué cosas o qué detalles. No es sencillo retroceder en los recuerdos y remover la mierda. Pero quiero hacerlo, me siento con la obligación de hacerlo, siento que me debo algo, que se lo debo a mucha gente y sé que hasta que no acabe mi libro no habré terminado del todo con esta etapa de mi vida.


- “¿Es que no estás contenta?” Me pregunta todo el mundo.

- “Claro que lo estoy.” Respondo.

- “Pues no lo parece.”


Las cosas empiezan a salir como quería y eso hace que me sienta satisfecha de mí misma porque siento que soy capaz de conseguir lo que me propongo. Lo conseguí.


Llevaba mucho tiempo trabajando en aquel relato. Muchos de vosotros recordaréis un post al que llamé “Para El[i]sa”. Un post que dediqué a una chica cuya historia me conmovió. Aquel fue el comienzo de mi relato, mi inspiración para escribirlo. Y le dediqué mucho tiempo. A partir de aquellas líneas escribí una historia sobre aquella chica que, pasados los años, se convertía en mí. Un relato de 10 hojas sobre sentimientos, sensaciones y emociones, sobre anorexia y soledad que titulé “Para El[i]sa” y entregué bajo el seudónimo de Confesiones de Ana al XII Concurso de Relatos Breves de mi facultad. El viernes recibí una llamada: “Tu relato ha ganado el segundo premio.” Lo conseguí.


Pero lo mejor aún estaba por llegar. ¡Cuántos años llevaba soñando con esto! Siempre soñé que llegaría este momento pero nunca supe a ciencia cierta si algún día se haría realidad. Ahora, está más cerca que nunca.


Saqué una estupenda nota en el examen oral de nivel de inglés que me permitiría tramitar la solicitud para la Beca Erasmus, que finalmente me han concedido. Por fin terminó el proceso de solicitud y de confirmación de las plazas y tras mucho pensarlo y barajar opciones y países, escogí la plaza de la Universidad de Southampton, a unos 100 Km de Londres. Cada vez parece estar más cerca el momento en que me vaya durante todo un año de casa para estudiar en el extranjero.


Por supuesto que he pensado en todo. Al principio, había quien pensaba que no era el mejor momento para irme de casa pero después de reflexionar y analizar la situación hemos llegado a la conclusión de que esta experiencia no sólo será realmente enriquecedora a nivel profesional y académico sino también a nivel personal porque me ayudará a desarrollarme y madurar muchísimo. Claro que existe un riesgo en cuanto a la comida al estar allí sola pero algún día tendré que enfrentarme a ello yo sola, sin que haya nadie detrás vigilándome y, además, yo sostengo por encima de todo, la idea de que cuando te sientes a gusto, contento, feliz, satisfecho y, sobre todo, ilusionado con la vida y con los proyectos que se te presentan, no necesitas recurrir a conductas estrafalarias con las comidas porque los sentimientos de angustia, insatisfacción, desasosiego o fracaso que las desatan se desvanecen.


Hacía muchos años que no me sentía tan ilusionada con algo y, a la vez, tan segura de mí misma. Estoy convencida de que éste puede ser un gran paso para mi tratamiento, para descubrir que la vida puede ofrecerme mucho más de que lo que yo espero de ella, para decantarme, definitivamente, por la balanza de la vida.


ANA


Welcome home


01 ABRIL 2008


No puede pasar de hoy me dije. No puede pasar ni un día más. Sí, lo sé, desde el 10 de Marzo ha pasado mucho tiempo y como podéis imaginar desde entonces han pasado muchas cosas, algunas de ellas más intensas que otras, por supuesto.


Siento haber estado ausente tanto tiempo. En primer lugar, estuve trabajando de nuevo a jornada completa del 10 al 15 de marzo para sacarme un dinerillo extra. El 16 de marzo me fui a Barcelona a ver el concierto de Alicia Keys con mi chico, era mi regalo de navidad. Fue increíble. Volví a Zaragoza al día siguiente para hacer un examen de inglés y una analítica de hormonas y el 18 me fui a pasar la Semana Santa con mi abuela. Volví el 22 de marzo para irme de nuevo al día siguiente a Mallorca con mi chico de vacaciones hasta el 29. Como veis no he estado en casa y no he podido pararme a escribir unas solas líneas.


El tratamiento sigue adelante aunque lo cierto es que lo he dejado un poco al margen. No quiero decir que me haya olvidado o que pase de él, sólo que he dejado de centrarme tanto en ello, he dejado de darle tanta importancia para centrarme en otros aspectos de mi vida. Algunas personas creen que hago mal no preocupándome tanto como antes aunque lo cierto es que yo, por una parte, creo que es positivo porque estoy dejando de darle tanta importancia al trastorno, estoy intentando no pensar continuamente en mi enfermedad; creo que es el mejor modo de llevar el tratamiento, al menos el más fácil.


Tal vez me equivoque o me esté engañando de nuevo, no lo sé porque por otra parte llevo algún tiempo algo indiferente. Salgo de las sesiones igual que entré y no sé si realmente me aportan algo o no.


Sé que he hecho avances en mi dieta y en el tratamiento pero siento que la evolución psicológica, mis sentimientos, mis emociones… no evolucionan a la par que la dieta y ello hace que me sienta mal. Mi obsesión por el peso ha aumentado hasta términos insospechados. Sé que no debería pesarme y aún así sigo haciéndolo. No puedo evitarlo. Me he planteado si realmente deseo continuar con el tratamiento y no es que no desee hacerlo, todo el mundo me pregunta si no me quiero recuperar y mi respuesta es que sí, claro que quiero, pero me da miedo. Esto es lo único que conozco. Me da pánico engordar, me da pánico comer, perder el control, sentirme mal, fracasada, un cero a la izquierda. Y a veces siento que el tratamiento no me ayuda a solucionar esa parte. Claro que quiero recuperarme pero es lo de siempre, lo que quiero no es comer o dejar de comer, sólo es sentirme bien.


Desde la última vez que escribí tuve sesión con mi psiquiatra, con el psicólogo y, esta misma mañana, con la dietista. Después de cada sesión solía acudir a mi ordenador para escribir y reflexionar sobre cómo había ido todo pero la indiferencia que me absorbe durante los últimos meses no me ha permitido si quiera reparar en ello. El psiquiatra me bajó la dosis de prozac porque llevaba algunas semanas controlando los vómitos pero me quedé sin medicación y fue un descontrol absoluto. Durante la semana que estuve sin medicación, hace ya casi 3 semanas vomité casi a diario porque no pude controlarlo y, cuando volví a tomar la medicación los vómitos apenas podía controlarlos.


Me subí la dosis de la medicación voluntariamente sin contar con nadie. Tenía que llamar a mi psiquiatra para contarle cómo me había ido pero me daba tanta vergüenza contarle aquello que no le llamé. Más tarde, se lo confesé a mi psicólogo que, en un principio, no creyó que me hubiese quedado sin medicación y lo vio más bien como una excusa para justificar los vómitos. No entendía que mi médico de cabecera no me diera cita hasta una semana después, pero así fue, por lo que estuve más de una semana sin tomar mis pastillas.


Sé que caí demasiado bajo al volver a recurrir a los vómitos. Sé que di un enorme paso atrás. Al principio pensé, o quise pensar, que era cosa de la falta de medicación pero lo cierto es que al volver a recurrir a los vómitos casi a diario, más tarde me costó controlarlos de nuevo y ahora sigo intentándolo.


Estas últimas semanas han sido estupendas porque cuando estoy fuera de casa apenas me preocupo por la comida, no sé por qué, pero me relajo más, le doy menos importancia, tal vez porque me siento mejor y me cuesta menos comer fuera de mi rutina habitual aunque ahora que he vuelto a casa siento que he engordado un par de kilos. Estoy deseando bajar a la farmacia a pesarme y sé que lo haré, aunque no debiera, pero de momento no puedo porque me da miedo pensar qué pondrá la báscula. Estaba deseando volver a mi rutina, a mis horas de gimnasio, a mi control de horarios y dietas… y tristemente estaba deseando volver porque sabía que volvería a ponerme a dieta para bajar estos kilos que he ganado y poder subirme de nuevo a la báscula.


Esta mañana me pesó la dietista: 47,500 kilos. 47 kilos… Tengo que adelgazar fue lo primero que pensé, no puedo evitar verme gorda y sobre todo, no puedo evitar sentir pánico al pensar que me estoy descontrolando, que se me escapa de las manos. Pensaba que dejar de obsesionarme con el trastorno sería positivo pero tal vez me esté engañando porque desde que dejé de darle importancia no he avanzado. Siento que me he estancado. He hecho pequeños progresos que para mí son un mundo. Llevo casi un mes poniendo mermelada Light a mi tostada de pan de molde integral cada mañana para desayunar y dejé de cortarla en 5 rigurosas tiras. Nadie puede imaginarse el esfuerzo que ha supuesto para mí eliminar ese ritual. Estuve varios meses antes tanteando la posibilidad, intentando cada mañana no cortar la tostada en 5 tiras, imaginándome poniendo mermelada en la tostada… y supuso un gran esfuerzo para mí asumir ese cambio. Pero lo hice. Sin embargo, sé que también he dado pasos atrás. Quiero pensar que estos pequeños pasos atrás son parte del proceso que más adelante me ayudarán a dar un impulso mayor para caminar.


Aunque hay algo que me preocupa sobremanera. Pensé que nunca lo haría, va en contra de mis principios y así lo creía yo cuando decidí aceptar el tratamiento. Decidí que no mentiría en nada. Que iría con la verdad por delante porque no tenía nada que esconder, que mentir no serviría de nada porque si vas a mentir, ¿de qué sirve el tratamiento? Si mientes es porque no estás convencido de querer ingresar en el tratamiento y yo lo estaba. Pero he mentido en varias ocasiones, no me refiero a mi madre al haberle dicho que he comido esto o aquello otro (contaba con eso, por supuesto), sino al psicólogo, a la enfermera y, esta misma mañana, a la dietista. La primera vez que lo hice simplemente fue un modo de salir del paso. Me dije que no lo volvería hacer, pero que había cometido un pequeño error que no quería reconocer. Pero poco a poco, fueron más veces. Y esta mañana, la dietista me preguntó: “¿qué comiste ayer?” Le dije que había comido una ensalada de pasta, dos biscotes de pan, una manzana y un yogur. Sólo tomé una manzana y un yogur. Lo peor de todo es que estaba orgullosa de haber comido sólo eso y me sentía bien. Me había hecho sentir bien. Aguanté todo el día con mi tostada, mi café con leche, la manzana y el yogur, y destaqué sobradamente en las 2 clases de aerobic.


Echaba de menos esa sensación. La echaba de menos. Sé que es arriesgado jugar con esto porque es adictivo pero… ¿por qué me hace sentir tan bien?

ANA


Buscando respuestas


10 MARZO 2008


Hola chicas/os, este post es para vosotras/os por varias razones. En primer lugar, por seguir ahí, animándome, apoyándome, leyéndome y, sobre todo, comprendiéndome. En segundo lugar, por vuestros comentarios, por muchos de ellos que me hacen reflexionar, que me han hecho derramar una lágrima, querer retroceder y desear seguir adelante con más fuerza. Por muchos de ellos que me han ayudado a darme cuenta de que no puedo tirar la toalla, de que no puedo desistir en esta lucha, de que tengo que mantenerme siempre alerta, de que no puedo relajarme, de que no puedo seguir engañándome, de que, a pesar de de todo lo estoy haciendo bien, de que tengo que seguir progresando y no estancarme, de que no puedo conformarme con lo que he conseguido hasta ahora y de que merece la pena. Me han hecho reflexionar y darme cuenta de algunos errores que no había sido, o no había querido ser, capaz de ver.


En tercer, y último lugar, porque también yo, al igual que muchos de vosotros siento mías vuestras palabras y me veo reflejada en vuestras historias. Como bien podéis imaginar me resulta inabarcable responder a todos y cada uno de los comentarios, si bien ya me gustaría, aunque tampoco sabría qué decir, aparte de unas sinceras palabras de agradecimiento.

Pues bien, estas palabras podrían ir dirigidas a todos vosotros que entendéis a la perfección cada uno de esos sentimientos que nos ahogan y nos hacen retroceder pero, en especial, a los que con vuestros comentarios aportáis vuestro granito de arena en ésta, mi andadura por el mundo.



Alicia: Gracias Alicia. Durante mucho tiempo he creído de verdad ser valiente por todo lo que estaba haciendo pero ha llegado un momento en que me estoy dando cuenta de que en realidad no es valentía sino la más pura de las cobardías porque no soy capaz de enfrentarme a la vida y a mis emociones sin mi trastorno, porque me da miedo desprenderme del todo, ¿acaso eso se puede llamar valentía? Sé que he dado el primer paso pero tengo que seguir avanzando y no quedarme estancada, a veces me conformo y me doy por satisfecha por haber dado ese paso pero sé que la valentía está en seguir caminando y no en dejar de caminar cuando algo te aterra.


Anónimo: No me ofendes porque tengo muy claras mis ideas. No, por supuesto que no me parece normal pagarlo conmigo misma y con mi cuerpo auto castigándome y reprimiendo las necesidades de mi organismo pero, desgraciadamente, es el único modo que he encontrado de enfrentarme al mundo y eso es lo que más le cuesta entender a la gente ajena a todo esto. Soy consciente de que no es sistema válido de enfrentarse al mundo pero es el único que conozco y a veces es difícil arriesgar ante lo desconocido. En el fondo buscar una respuesta es lo que llevo haciendo durante los últimos 13 años de mi vida y no es que quiera rebelarme contra el mundo, sólo es un modo de expresar mi angustia y mi indignación. Es un modo de expresar mi inconformismo, probablemente no solo con el mundo sino conmigo misma.


Lee-belulah: gracias por el consejo, sé que es un maravilloso consejo pero lamentablemente no está a mi alcance y… sinceramente tengo otras prioridades en mi vida. No quiero sólo centrarme en esto, a veces creo que si dejas un poco de lado estas preocupaciones, el olvidar y el despreocuparte, también te ayuda a dejar de obsesionarte tanto con el tema de la comida, de modo que prefiero seguir con mi terapia y no meterme en más líos. Gracias de todas formas.


Anna: sé muy bien que el mundo del ballet es un mundo muy exigente y muy duro y sé que cuando te dedicas a ello, aunque no profesionalmente, al menos de momento, lo haces porque te gusta, porque lo deseas, y te sacrificas al máximo por tener éxito pero tienes que comprender que, ante todo, por encima de todo, estás tú, está tu salud, está tu cuerpo, está tu felicidad. No dejes que nadie te recrimine si debes o no adelgazar, sé más fuerte, demuéstrales que a pesar de no cumplir las exigencias del cuerpo delgadísimo que se impone en el mundo del ballet, tú tienes un carácter mucho más fuerte que te hace ser una bailarina diferente y especial. Demuestra que vales a pesar de no tener el cuerpo que ellos te exigen que tengas, ese no es cuerpo sano, no es el cuerpo de una persona feliz, es un cuerpo triste y demacrado que sufre y que no puede estar a la altura de unas exigencias físicas tan altas.


Clara: sé que no a todo el mundo le resulta igualmente fácil expresarse y transmitirles a los demás lo que sienten o cómo se sienten. No es tan fácil como parece, a veces no encuentras las palabras o simplemente no sabes describir las emociones o las sensaciones que te embriagan pero lo más importante, por mucho que te cueste expresarte, es que pierdas el miedo a comunicarte. La comunicación es el arma más fuerte que tenemos, úsala. Dile a tus padres, a tu endocrina, a tus amigos, cómo te sientes, explícales por qué te cuesta tanto comer, verás cómo si ellos entienden la verdadera razón serán más benévolos contigo y no se trata de benevolencia, sino de llegar a pequeños acuerdos para que te ayuden a que el tratamiento te resulte más fácil. Ellos también forman parte del tratamiento pero tú tienes un papel importante, el de expresar, el de comunicar, es imposible que ellos sepan cómo te sientes si tú no se lo explicas. A veces es más fácil por escrito, escríbeles una carta, cuéntales cómo te sientes o qué piensas al respecto. Desahogarte y compartir tus sentimientos y tus emociones con tu familia es muy enriquecedor para la terapia pero también para ti misma.


Alba: Gracias por el consejo. Sé que es un buen consejo, tú lo sabes mejor que nadie pero también tú, al igual que yo, sabes lo difícil que es dejar de hacer algo que se te escapa de las manos, algo que sientes que no puedes controlar, algo que sientes que es más fuerte que tú. Sé que tengo que ser yo la que lo controle ahora antes de que sea él el que me controle a mí, lo sé, y quiero intentarlo, me lo digo constantemente aunque la verdad es que no me lo tomo muy en serio porque aún no me he parado a verlo como un verdadero problema. Sé que tengo que dejar de hacerlo y que tengo que dejarlo cuanto antes porque cada vez va a más y no puedo controlarlo y sé que tengo que hacer algo. A veces es necesario que las personas que están peor que tú te den un toque y te avisen y te digan “eh… oye… vas por mal camino, yo ya fui por ahí y sé que es el camino equivocado, tú estás a tiempo de retroceder.” Gracias.


Morti: cada uno busca su camino como puede, no todos partimos del mismo sitio, ni tenemos el mismo destino ni llevamos el mismo equipaje pero todos tenemos un motivo. Sea cual sea que es nuestro empuje, nuestra fuerza, nuestra razón, lo que nos lleva, lo que nos dirige, lo que nos orienta, sea lo que sea, siempre hay un motivo para seguir uno u otro camino.


Sad princess: no estás sola, hay mucha más gente de la que crees que se preocupa por ti y que está a tu lado pero no quieres verlo. Tal vez ellos tienen una forma de preocuparse por ti o demostrarte el cariño que no te gusta o que no comprendes pero eso no quiere decir que no lo sientan. Lo sé porque también yo sentía que no le importaba a nadie, cuando pasa el tiempo te das cuenta de lo absurdo de tu creencia y comprendes que entonces no supiste verlo. Esas chicas proana a las que llamas amigas no son realmente tus amigas, ¿de verdad se preocupan por ti? No, solo buscan en ti un apoyo para conseguir su objetivo pero no les importas realmente, les da igual que enfermes o que te estés destruyendo o buscando la ruina, eso no les importa. Más vale que te replantees seriamente tu concepto sobre la amistad, ¿acaso van a estar a tu lado cuando de verdad las necesites?


Natalia: claro que he pensado que puede que me esté engañando. A veces me digo me engaño diciéndome que no me estoy engañando y otras soy consciente de que no es más que una mentira en la que vivo para sentirme un poco mejor. Soy consciente de que vivo engañándome constantemente, puede que haya aprendido a comportarme así como de enfrentarme al mundo, te engañas, crees lo que te gusta y eres un poquito más feliz. Es otra tapadera más, otro engaño, otra forma absurda de enfrentarse al dolor y soy consciente de que lo hago, eso es lo más triste, ser consciente de ello y no saber cómo poner remedio, a veces ni siquiera sé si quiero ponerlo. ¿Por qué vivir en un mundo que no te gusta pudiendo crearte un mundo de mentira a tu antojo?


Mandrágora: me gusta recibir comentario, lo cierto es que es muy gratificante ver que la gente te lee, te apoya y te comprende pero me abruma el hecho de no poder responder a todos. Gracias por tu comentario. Al igual que yo, sabrás que no hay nada que pueda decirte que alivie tu dolor. Lo único que me ayuda a veces y me da la fuerza para querer cambiar las cosas es pensar en el futuro y creer y anhelar un futuro distinto y posible en que las cosas no sean igual que ahora. Creer que puede llegar ese día es lo que me empuja a hacer un pequeño esfuerzo cada día para ver ese sueño hecho realidad.


Elizabeth Princess: No, no siempre hacemos lo mejor; eso es indiscutible. Pero debemos saber distinguir entre lo correcto y lo que no lo es, entre lo que nos beneficia y lo que no y poner de nuestra parte para corregir ahora lo que no está bien, por mucho que nos cueste. Es más fácil decir que no podemos o que es más fuerte que nosotros pero antes de rendirnos tenemos que intentarlo.


Anamorfosis: que las personas que hay a tu alrededor se enteren de tu enfermedad no tiene por qué ser perjudicial. Al contrario, eso puede ayudarte a salir adelante. Ahora puedes y debes contar con ellos. Es algo positivo porque no estás sola en esta andadura y debes apoyarte en ellos porque así será mucho más fácil. Aunque puede parecer al principio un impedimento para tus objetivos o tus metas, lo cierto es que ellos desean lo mejor para ti, ahora forman parte de este proceso y debes contar con ellos. Cuando dejar brotar de tu interior todo lo que sientes, el dolor al igual que la alegría y dejas que la gente de tu alrededor la comparta contigo, estás haciendo que este proceso sea más sencillo porque esos sentimientos y emociones dejan de crecer dentro de ti y dejan de ahogarte hasta la saciedad.


Eli: Gracias. Pensar que el día de mañana puede ser diferente y un día mejor es algo positivo porque nos ayuda a querer superarnos cada día pero hay tener cuidado porque también puede ser un arma de doble filo. No podemos dejar llevarnos solo por el mañana se arreglaran las cosas sino centrarnos en arreglarlas lo antes posible. ¿Por qué esperar a mañana si puedes hacerlo hoy?


Paula: Para empezar debes entender que esto no es algo que se elige y hasta que no lo entiendas no comprenderás los motivos ni los por qués. No se trata de rebelarme contra el mundo ni querer cambiar la sociedad porque obviamente soy consciente de que ni es posible ni yo lo voy a lograr. Se trata de expresar el inconformismo. No estoy conforme. No quiero cambiar nada, solo quiero demostrar que estoy en contra de los valores que predominan en la sociedad. Pero obviamente, hay muchas más cosas junto con eso, además existe un problema de inseguridad y poca autoestima que se alimenta de la anorexia en un intento por proporcionarte la seguridad y la confianza que te falta. Son muchas cosas. Es difícil de explicar porque cada caso es diferente y claro que la anorexia se alimenta también de los estereotipos de la moda porque al fin y al cabo eso de, algún modo, influye también pero solo en algunos casos y como detonante para la gran proliferación masiva de casos en los últimos años. Por último, decirte que se trata también en muchas ocasiones de vivir auto castigándote porque crees que no mereces nada mejor o porque es la única manera que conoces de vivir e intentas prolongar tu vida para poder proporcionarte un mayor dolor, si acabes con tu vida instantáneamente no tendría sentido nada de lo que anhelas por medio de la anorexia. La anorexia, desgraciadamente, proporciona sentimientos de satisfacción de euforia, de control, de poder, de seguridad, de éxito… y es un deseo por alargar esa sensación.


Quisiera poder seguir respondiendo a todos los comentarios pero ya llevo toda una semana escribiendo este post y resulta difícil abarcar todos los comentarios que me llegan por mucho que quiera dirigirme a cada uno de vosotros, de modo que me he limitado a responder a los comentarios de mi última entrada. Pero me gustaría, por último, nombrar a varias personas que con sus comentarios han llegado a mí de una forma muy especial y me han hecho pensar y reflexionar: Ile, Mia, BCN, Lapunto y algunos otros que me dejaré probablemente. Gracias de todo corazón por estar presentes.


ANA


Self injury


25 FEBRERO 2008

¿Por qué dejamos de comer? ¿Por las modas? ¿Por los estereotipos? ¿Por los ideales de convertirnos en una superwoman o los absurdos cánones de belleza? No. Estoy cansada de explicarle a todo el mundo que no se trata de eso. Que no se trata de alcanzar una imagen sino de luchar contra una imposición. Pero la gente no alcanza a entender que el modo de luchar sea autodestruyéndose a uno mismo.

Cuando te sientes impotente y te das cuenta de que eres incapaz de luchar contra el mundo y las imposiciones que acarrea pertenecer a una sociedad como la actual comprendes que de nada sirve emprender una cruzada. Y te encierras en ti mismo y emprendes una batalla interna: tú solo contra el mundo.

Dejar de comer no es más que un modo de expresar ese dolor, esa batalla que se está lidiando en tu interior. Y volvemos al mismo punto de siempre. La incapacidad de enfrentarse a las emociones. Cabeza y corazón se contradicen; el sentimiento contra la razón. Y la necesidad de una reconciliación entre ambas partes que somos incapaces de lograr.

Y no vamos a lograrlo por dejar de comer, por supuesto que no. Pero dejar de comer supone una herramienta eficaz y, tal vez absurda, para manejar las emociones que la sociedad se ha empeñado en tachar. Nos hemos convencido de que deben ser la cabeza y la razón las que ganen la batalla, nos hemos convencido de que los sentimientos y las emociones han perdido valor y significado, que no merecen la pena, que nos hacen frágiles, fracasados y vulnerables y que debemos controlarlos. ¿Cómo acabar con algo tan humano y tan lleno de vida como las emociones? ¿Por qué nos empeñamos en querer descalificar y desprestigiar todo lo que tiene que ver con los valores y los sentimientos humanos?

Cuando las emociones te abruman, cuando el dolor, la soledad, el vacío, la tristeza… se ciernen sobre ti, una sola idea surca tu mente: dejar de sentir. Dejar de sentir por encima de todo.

Hacerse daño no es lo más triste ni tenebroso. Lo realmente escabroso es querer dejar de sentir porque ello conlleva de algún modo anhelar un cierto grado de muerte. El exterior no importa, es lo de dentro. Los cortes, los arañazos, los golpes, las quemaduras, las contusiones, los mordiscos, las cicatrices, las calvas, los vómitos, los huesos… no son más que un lenguaje, un modo de expresar el dolor, un modo de expresar el sufrimiento que somos incapaces de expresar de otro modo. Un sufrimiento tan grande y tan abrumador que requiere una forma impactante y dolorosa de expresión. Es un modo de sacar ese dolor de dentro, de expulsar el dolor interno, de llenar el vacío.

Nunca pensé que llevase a cabo prácticas de auto lesión, si bien, he de reconocer que el ritual en el que se ha ido convirtiendo mi vida, que no es otro que matarme de hambre, no es más que un modo de auto lesión o auto mutilación en sí mismo.

Sin embargo, desde hace algunas semanas he empezado a desarrollar una conducta anómala y extravagante que no deja de llamar mi atención. No sé cómo empezó todo. Desde bien pequeña he tenido la mala costumbre de morderme las uñas y quitarme las costras de pequeñas heridas y arañazos. Nunca pensé que fuera algo perjudicial, ni siquiera me había parado a pensarlo, era algo que hacía inconscientemente. Pero desde las últimas semanas esta conducta se ha convertido en una especie de obsesión hasta el punto de llegar a hacerme diversas heridas en la cabeza que no puedo parar de rascar y tocar hasta quitar las costras una y otra vez. Es doloroso. Oculto las heridas bajo un amplio flequillo que cae sobre mis ojos, pero si observas de acerca entre los mechones de pelo se pueden ver y tocar cada una de las heridas que me hago a diario en la cabeza.

Empecé sin darme cuenta a tocarme una pequeña herida que tenía en el principio del flequillo. Poco a poco comencé a hacerme heridas voluntariamente y ahora no puedo parar hasta quitarme cada una de las costras que intentan hacer cicatrizar las heridas de mi cabeza.

No pensaba que fuese algo peligroso hasta que me di cuenta de que era otra conducta de riesgo. Nunca creí que pudiese llevar a cabo prácticas auto lesivas pero aquí estoy destrozándome la cabeza a diario y sin poder evitar el dolor que me produce cada una de las heridas que impido cicatrizar continuamente.

Nunca entendí qué podía llevar a una persona a provocarse semejante dolor, nunca entendí que alguien pudiese cortarse voluntariamente, morderse o golpearse. Ahora comprendo que todas esas señales son otra forma de lenguaje. Ahora entiendo mejor que nunca que ese dolor que te auto provocas voluntariamente es semejante al dolor del hambre en tu estómago. No es más que otro modo diferente de expresar el dolor, de expresar tu inconformidad con el mundo.


ANA

Creer que es posible


15 FEBRERO 2008

05 de febrero.- La sesión con el psiquiatra fue bastante corta, me bajó la dosis de los antidepresivos y los antiepilépticos porque vio que había hecho un esfuerzo por comer todos los días con mi madre (y lo sigo haciendo). Le comenté mis problemas de sueño. Durante la última semana me quedaba dormida cada tarde delante de los libros mientras estudiaba o leía y a pesar de que me levantaba para despejarme, en cuanto me sentaba volvía a dormirme. Dormía unas 3 ó 4 horas cada tarde, a veces mientras veía la tele o merendaba. A veces hablando con mi hermano o con mi madre, a veces con la galleta en la boca. Era incapaz de de no quedarme dormida. Aquello me asustaba porque nunca antes me había sucedido. Me tomé la tensión pensando que tal vez la tenía demasiado baja, pero a diferencia de otras veces la tenía mejor. La farmacéutica me recomendó ir al médico ya que podía ser un principio de narcolepsia. Por las noches dormía prácticamente del tirón pero lo hacía con sudores fríos, me costaba dormir, no paraba de dar vueltas en la cama, tenía escalofríos y pesadillas continuas. No dormía muy bien, me levantaba cansada y con sueño y por las tardes se notaba el cansancio en mi cuerpo.

El psiquiatra me dijo que podía ser falta de alimentación porque no tenía nutrientes suficientes pero aquello no me convenció porque estoy comiendo como hacía años que no lo hacía y durmiendo muchas más horas de lo que siempre he acostumbrado a dormir. Me dio unas pastillas por si no podía dormir pero no las he tomado. Mi problema no era que no pudiese dormir si no que me quedaba dormida por las tardes en cualquier sitio y por las noches no dormía bien. Ahora, ya no me quedo dormida por las tardes porque suelo estar más activa y dedicarme a hacer cosas que me mantengan en pie pero sigo sin dormir muy bien. Sigo con los escalofríos cada noche, con los sudores fríos y las pesadillas y sueños extraños que me impiden dormir tranquila.

07 de febrero.- Acudí a la primera cita con mi endocrino. Fueron tan sólo 10 minutos en los que se presentó y me hizo varias preguntas. A continuación me dijo que mis resultados de los análisis estaban bastante bien y que tenía todo normal excepto el ácido fólico que lo tenía muy bajo de modo que me mandó un suplemento de ácido fólico, unas pequeñas pastillas que tengo que tomar cada mañana. Empiezo a tener complejo de rata de laboratorio.

Me subió a la báscula y me pesó: 46 kilos. Me dijo que no estaba demasiado mal. Entonces le dije que era curioso cómo cada especialista tenía una visión subjetiva y diferente de mi situación. A ojos de mi psiquiatra estoy muy enferma y muy grave y casi pendiente de ingreso, a ojos del endocrino no estaba mal. Él añadió que no estaba bien del todo pero que tampoco estaba para ingresar ni mucho menos, que estaba un poco por debajo de mi IMC y que me faltaba algún kilo pero que no era para preocuparse. Entonces… ¿por qué no me dejan todos en paz?

15 de febrero.- He estado toda la semana trabajando como comercial para una empresa. Ha sido bastante caótico porque no he tenido tiempo para nada más. Levantarme a las 7, ir a trabajar y volver a las 8 de la tarde. La comida ha sido un poco “rara”. No me he saltado ninguna de las comidas pero no he comido demasiado durante estos días. Me llevaba un tupper todos los días con ensalada, arroz o pollo, un par de tostadas de pan integral y una manzana para aguantar el día. Ha sido bastante duro porque no he parado durante toda la semana de acá para allá, trabajando un montón y hablando con muchísima gente, de modo que estoy segura de que debo haber perdido algún kilo. En cierto modo me preocupa porque sé que no debo perder peso pero también saber que he adelgazado me da cierta satisfacción, no puedo evitarlo. Estoy deseando subirme a la báscula para ver cuánto peso.

Lo mejor de esta semana es que esta experiencia, además de ayudarme a gana un dinerillo extra, que nunca viene mal, me ha servido para relacionarme con muchísima gente y abrirme a los demás. Además, me ha ayudado a conocerme un poquito más y tener más seguridad en mí misma para creer que puedo conseguir lo que me proponga.

Ahora toca la vuelta a la normalidad. La vuelta a la rutina. Empezar de nuevo. Es curioso porque es algo que siempre deseaba que llegase y ahora me da un poco de miedo porque no sé cómo voy a enfrentarme a esto sin mis antiguas reglas y mis antiguas normas. Tengo que crear una nueva rutina sin recurrir a mis antiguas herramientas de control y eso me aterra.

Pero quiero intentarlo.

Gracias por seguir ahí. Ánimo.

ANA

7ª Sesión


04 FEBRERO 2008


01 de Febrero.- Triste, lacrimosa, cabizbaja. Observo mi reflejo en la ventana del autobús. No me reconozco. La vida se detiene ante mí mientras veo cómo el mundo gira a mi alrededor sin apenas titubear. Aún no ha salido el sol y el mundo ya se mueve, no se detiene., no te da ni un respiro. Las luces de los coches ciegan mis ojos que apenas pueden semiabrirse en la penumbra matinal.


Apenas empieza a vislumbrarse un sol temeroso, un cielo cada vez más azul, menos profundo, menos vacío. Se despide aquí la inmensidad de la noche con su sempiterna soledad, con su inquietante silencio. Y me despido de mi reflejo, triste, vacío, frío, lejano, oscuro, tempestuoso.


Llego a mi destino. Hospital Royo Villanova. Puedo ver el edificio a lo lejos con una enorme cruz que lo abandera, enmarcado por un precioso amanecer, líneas doradas y naranjas lo protegen bajo un inmenso cielo azul que se empieza a desvanecer.


Ya llegué. Ya llegué a mi destino. Ya estoy aquí de nuevo. Unidad de TCA. Tengo mi primera cita con la dietista. Espero mi turno con paciencia. Salgo a fumar un pitillo en un intento de evadir la mente. No sé muy bien qué hago aquí. ¿Para qué se supone que sirve la dietista? ¿Me pondrá una dieta? Y si es así… ¿por qué estoy si sé que no la voy a seguir? Aún así, algo me dice que debo estar aquí. Aunque sepa que no vaya a seguir a pies juntillas la dieta o las indicaciones de la dietista, sé que escuchar las pautas sobre las comidas, las raciones adecuadas de lo que debería comer y lo que no puede ayudarme a entender y a comprender y, sobre todo, a mentalizarme poco a poco y de una vez, a que lo que hago ahora, por mucho que me lo parezca no es normal. Así que, sí, sé que hago bien estando aquí.


Los minutos pasan lentos. Por fin llega mi turno. Entro en la consulta. Lo primero es responder a un cuestionario sobre mis hábitos alimenticios y mi vida diaria. Cuánto deporte hago, qué tipo de vida llevo, cómo, dónde y con quién son mis comidas, etc. Luego pasamos a analizar poco a poco el tipo de comidas que hago. No tuvimos demasiado tiempo para entrar en detalle en todos los grupos alimenticios de modo que iremos analizándolos en las próximas sesiones. En esta primera sesión nos centramos en los lácteos y, como era de esperar, el diagnóstico fue insuficiente. Me pongo muy poca leche en el café, tomo poco queso y pocos yogures de modo que debería incrementar la dosis diaria. Parece fácil pero no lo es. Sé que es importante. La dietista me habló de la importancia de asimilar elevadas dosis de calcio a mi edad porque el calcio únicamente se asimila en la juventud, de modo, que el aporte de calcio que asimile ahora para tener un esqueleto óseo fuerte y resistente será con el que cuente el resto de mi vida. Además, la importancia es mayor por el hecho de ser mujer, ya que se necesitan grandes aportes para la etapa del embarazo y de la menopausia.


Sí, todo eso es muy interesante… pero no es tan fácil. A continuación me subí a la báscula: 47,000 kilos. 47 kilos!!! He engordado varios kilos y me veo mucho más gorda. No soy capaz si quiera de plantearme añadir nuevo alimentos en mi dieta, ¿cómo voy a hacerlo si he engordado? No puedo hacerlo. Necesito adelgazar. A veces tengo dudas. Sé que voy por el buen camino, que estoy haciendo avances pero por otra parte me siento estancada porque he perdido la seguridad y la convicción que tenía hace unos meses y que me daba la fuerza de seguir aún a pesar del peso, de los kilos o de la comida. Ahora no soy capaz de pensar en seguir adelante. No hago más que plantearme una y otra vez si quiero seguir con esto. Sé que voy a hacerlo porque no estoy en situación para planteármelo en este momento o, al menos, para tomar ninguna decisión a ese respecto pero no puedo evitar tener dudas. No puedo evitar desear adelgazar, desear tirar la toalla muchas veces, verme horrible y gorda o querer volver a dejar de comer o reducir mis comidas.


Es tan difícil comer… no debería serlo, pero es tan difícil.


Mañana tengo sesión con el psiquiatra, después de no sé cuántos meses ya y el jueves cita con el nutricionista, me darán los resultados de los análisis de hormonas. Ánimo a todos.


ANA


¿Cómo no justificarle?


01 FEBRERO 2008


Sus palabras me dolieron. ¿Cómo no iban a dolerme? ¿Cómo no puede doler que tu propio padre “pase”? Claro que dolió. Pero he vuelto a justificarle. ¿Cómo no justificarle? Puede que haya cientos de razones en contra pero sólo una me basta para hacerlo: es mi padre.


Cuando las palabras hieren todo tú te sientes dañado, dolido, fracasado, rechazado y sientes la necesidad de desahogarte, de expresar ese dolor. Supongo que exageré todos aquellos sentimientos que me invadían en aquel instante aún sabiendo que no era justa en la mayor parte de mis palabras. No fui justa con mi padre, en las palabras, en el trato, en el juicio.


No es justo para él, no se lo merece. No puedo pedirle más. Supongo que me enfadé con él porque necesitaba enfadarme con alguien y en aquel momento él fue la excusa perfecta. Estaba ahí y aproveché para atacarle. Pero no fui justa. Le estaba exigiendo demasiado en vez de exigirme a mí misma. Es más fácil desviar las exigencias y las expectativas a los demás, desviar las culpas y el mal humor que hacerlo contra uno mismo.


Supongo que si lo hice con mi padre es porque en realidad era la persona que estaba más cerca de mí en ese momento, así que no fui justa con él. No se merecía esas palabras. En cierto modo creo que no fue más que otro intento por arrastrar a alguien conmigo en este camino que he emprendido y que se me antoja sumamente duro para recorrerlo sola. Sé que tengo que hacerlo sola, que nadie puede acompañarme y, tal vez, no fue más que el miedo lo que me hizo agarrarme de nuevo a algo para no avanzar; agarrarme de nuevo a alguien a quien cargar mis culpas, mis debilidades. Agarrarme a alguien intentando evadir la realidad de que de soy yo la única que puede salvarse.


Quería que mi padre me salvara. Mi profesor, mi novio, mi psicólogo, mi padre… me he ido agarrando a cada una de las personas que han ido involucrándose en mi vida intentado hacerme creer que eran ellos los que debían salvarme para evitar tener que hacerlo yo misma, para poder ir cargando mis culpas sobre sus espaldas.


No fui justa. Sé que nadie más que yo puede salvarme pero una parte de mí se niega a aceptarlo. Una parte de mí sigue creyendo y esperando que alguien vendrá a rescatarme. Sé que no es fácil para un padre aceptar que su hija está enferma. Sé que, también él, bajo esa máscara de hombre fuerte e invulnerable, sufre y siente y sé que le importo. Lo sé, aunque a veces sea más fácil pensar que a nadie le importas para no tener que complacer a nadie, no es más que una excusa. También él es humano y tiene sus debilidades. Unos dejamos de comer para dejar de sentir, otros prefieren obviar y olvidar para no tener que hacerlo. Diferentes conductas ante una misma emoción, el dolor. No puedo pedirle que se enfrente a esto, que lo acepte, que lo asuma, que lo entienda… cuando el modo que tiene de afrontar sus conflictos emocionales es aportándolos de su vida. No puedo pedirle que lo afronte porque yo tampoco he aprendido a hacerlo.


El viernes pasado tuve sesión con el psicólogo. Mis padres me acompañaron a la consulta. Fue una sesión un poco extraña pero estuvieron allí. Tal vez porque insistí demasiado en que quería que estuviesen. Hubiera preferido que hubiesen aceptado la invitación del psicólogo voluntariamente en vez de acceder a mis plegarias pero finalmente estuvieron y eso confirmó, de algún modo, que tengo su apoyo.


ANA

"Quien bien te quiere te hará llorar"


22 ENERO 2008

Durante mucho tiempo he tratado de defender su postura, sus opiniones, su forma de pensar, de comportarse, incluso; aún sin compartirla. Durante mucho tiempo he defendido sus palabras y sus argumentaciones tratando de entender su posicionamiento más allá de toda duda razonable.


Supongo que quería hacer de mi padre el padre perfecto. Quería que fuese un padre perfecto, un padre que no ha sido. Me entristece saber, pensar e, incluso, creer que no ha sido el padre que siempre quise o creía que era, o más bien que deseé que fuese empeñándome en hacerlo que así pareciese; esbozando una figura irreal, falsa, abstracta, errónea, incongruente con la realidad, intentando convencerme de que estaba equivocada, de que tenía sus razones, de que había una explicación, un por qué; de que, en el fondo, debajo de esa máscara de hombre fuerte, invulnerable e incorruptible se escondía un buen padre. A pesar de las evidencias, de los sinsentidos, de las obviedades, me empeñé en justificarle, en razonar cualquier excusa posible que pudiese absolverle de sus pecados de padre impoluto.


Llega un momento en la vida en que una parte de tu mente se desprende, esa parte de ti mismo que no es más que la te mantiene apegado a tu infancia, esa parte que te impide crecer, madurar e independizarte. Esa parte que te obliga a seguir creyendo en los cuentos de hadas. Esa parte crédula e inocente que añoramos cuando crecemos de la que todos debemos desprendernos para aceptar la realidad de una vida cruel en la que los sueños no se hacen realidad.


Esperamos demasiado. Esperamos demasiado de la vida y de nosotros mismos. Esperamos demasiado de la gente que nos rodea y de la felicidad. Esperamos una felicidad inalcanzable, inexistente. Soñamos con convertirnos en personas, hombres y mujeres, admirables, inalcanzables, exitosos y basamos nuestra felicidad y nuestras vidas en cosas banales e insustanciales que dejan un vacío tras de sí.


Esperaba demasiado. Esperaba demasiado de la vida y de mí misma. Esperaba demasiado de la felicidad y de todos cuantos me rodeaban. ¿En qué se traduce eso? En el fracaso, en la sensación de fracaso. Te sientes fracasado porque has puesto las expectativas demasiado altas.


Esperaba que mi padre fuese perfecto y después de 23 años de convivencia he comprendido que debo dejar de justificarle y aprender a aceptar que no es perfecto. ¿Cómo vivir sabiendo que mi padre no lo es? ¿Cómo alcanzar la perfección que ansío si el mundo que conozco, si todos los pilares que lo sustentan se derrumban ante mí?


“No quiero ir a la terapia familiar,” –fue su única respuesta– “no va conmigo.” ¿Cómo justificar esa postura? ¿Cómo entenderla? ¿Cómo defenderla? No puedo hacerlo. Estoy cansada de cargar con tal responsabilidad, estoy cansada de ser la que cede, la que calla, la que traga, la que se comporta, estoy cansada de seguir la corriente.


¿Cómo no justificarle? ¿Cómo asumir que tu padre “pasa”? ¿Cómo aceptar que a tu propio padre no le interesa lo que te sucede? ¿Cómo afrontar el hecho de que a tu padre no le interese lo más mínimo si fuiste al tratamiento, si fuiste a la última sesión, si has vuelto a adelgazar, si te has saltado una comida, si no tienes hambre…? ¿Cómo aceptar que a tu padre no le quita el sueño que su propia hija esté enferma? ¿Cómo entender que un padre no se preocupe por una hija? ¿Cómo asumir que no soy lo suficientemente importante para mi padre?


Mucha gente me ha dicho en diversas ocasiones la suerte que tengo por tener esta familia. A veces no basta con mirar desde fuera, hay que mirar muy dentro para ver la realidad, el exterior no es más que un modo de ocultar la verdad. Algunas personas se creen más desafortunadas por no conocer a su padre o por haberle perdido… pero, a veces, es preferible no conocer a una persona a que haga de tu vida un infierno, otras veces, simplemente, es doloroso sin más porque ya se sabe, “quien bien te quiere te hará llorar”.


ANA


6ª Sesión


16 ENERO 2008


Hoy hace exactamente una semana que acudí a mi primer control del año. Llegué unos minutos tarde debido a la nueva huelga de autobuses. Esperé unos instantes hasta que Pilar me hizo llamar. Entré en la sala y me senté. Le entregué mi registro alimentario tras las consabidas felicitaciones de año nuevo y analizamos las comidas. Bastante bien, un aprobado alto. Me adapté con facilidad a las comidas de navidad sin poner apenas pegas a los alimentos navideños, sin hacer excesivos abusos de dulces para calmar mi ansiedad ni diferenciar mi alimentación del resto.


Le comenté que había vomitado en dos ocasiones. Me preguntó si se debía a las comidas de navidad tales como Nochebuena o Fin de Año. No. “¿En qué circunstancias sucedieron?” La primera vez fue un día que discutí con mi tía. Me sentí mal. No supe encajar la discusión, no sabía cómo tomármelo, nunca había discutido con ella y me sentí tan mal que quise eliminar ese sentimiento de angustia en mi interior. Comí a escondidas y vomité la comida en el baño. La segunda ocasión fue al volver a casa después de las vacaciones. “Los cambios y las adaptaciones” añadió ella. “Sí”.


Me tomó la tensión. Volvió a bajarme de nuevo: 9/6. Me pesó: 47 kilos. “Has engordado un kilo.” Me dijo. Le dije que ahora me agobiaba más el peso. Que antes no me preocupaba tanto y no me importaba subir un par de kilos pero que ahora me preocupaba más y tenía miedo de engordar. Le dije que me había pesado antes de Navidad y estaba más delgada y que estos kilos no los llevaba muy bien, que me daba pánico engordar. Me preguntó si me pesaba a menudo. Le dije que lo hacía una vez por semana. Que había perdido la costumbre hacía algunos años, que dejé de hacerlo repentinamente y estuve 3 años sin subirme a una báscula pero que desde que llegué al hospital y empezaron a pesarme comencé a recuperar la costumbre y lo hacía una vez por semana. Me dijo que debía dejar de pesarme. Que no lo hiciera, que sólo serviría para obsesionarme más con el peso y que ya me pesarían ellos en el hospital, que no lo hiciese.


Sé que hice bien en decirlo pero una parte de mí se arrepintió de hacerlo. Necesito pesarme, lo necesito, no puedo imaginarme no pesándome. No puedo. Necesito saber que como y no engordo pero tampoco quiero ver que bajan los números de la báscula porque me da miedo aunque una parte de mí se sienta bien.


Asentí con la cabeza confirmando que dejaría de hacerlo aunque muy dentro de mí sabía que no sería así. ¿Qué daño puede hacerme pesarme una vez a la semana? Cuando empecé a pesarme tan solo lo hice para comprobar que todo iba bien, que seguía el tratamiento como me decían, que lo estaba haciendo bien, que no estaba adelgazando, era mi forma de medir mis resultados, no perdía peso pero tampoco engordaba, lo que me motivaba a seguir con los objetivos y las comidas.


Hoy volví a pesarme como cada miércoles. El pánico se apoderó de mí. 44,500. No lo entiendo. No puedo entenderlo. Estoy comiendo. Tal vez sean los exámenes, los nervios, pues nunca había estado tan nerviosa en un período de exámenes antes. Ayer tuve mi primer examen y estuve durante las 2 horas y 30 minutos que duró moviendo las piernas sin parar en mi silla. No entiendo cómo he podido bajar tanto de peso. No lo entiendo, estoy comiendo, lo estoy haciendo. No me salto ninguna comida, no he vuelto a vomitar, incluso he añadido pasas y nueces a mi dieta. No lo entiendo.


El miércoles que viene tengo el siguiente control de peso y me da pánico sólo de pensarlo. Me da miedo la sola idea de que me digan que tienen que ingresarme. ¿Cómo justificar una pérdida de peso de más de 2 kilos en una semana? No me lo explico.


Mis amigas me dicen que estoy mucho más delgada y lo más triste es que yo ni siquiera me veo así. Yo me veo igual. Algo delgada, tal vez, pero no excesivamente. Mi madre empieza a desconfiar de mí. Hace unos días me preguntó si no seguiría subiendo diariamente por las escaleras hasta el 8º piso en que vivimos como hacía antaño. Le dije que no, lo cual es totalmente cierto, pues ni siquiera me siento con fuerzas para ello actualmente, pero dudó si creerme realmente porque no se explicaba cómo podía estar tan delgada.


La sesión con el psicólogo la semana pasada fue bastante esclarecedora. Le comenté que mi abuela me había confesado haber sufrido problemas alimenticios en su juventud y que, aunque mi madre no lo había confesado abiertamente, estaba casi segura de que también ella había tenido algún escarceo con las dietas y las calorías en su juventud de mujer soltera e independiente. No es de extrañar si reparamos en las conductas y los comentarios de ambas hacia las comidas, hacia las mujeres, hacia el peso, las cantidades en el plato, las calorías, la cultura de la delgadez y el cuerpo… es obvio.


El psicólogo me preguntó qué me cambiaba saber eso. Mi respuesta fue rotunda. “Me justifica. Tal vez no sea una justificación a nivel psicológico o médico pero sí lo es a nivel personal.” Él aseguro que sí era una justificación a nivel psicológico. Me sirve como justificación. Con esto no quiero decir que me expíe de todas mis culpas, sino que no soy yo la única culpable. No quiero tampoco culpar a nadie porque no creo que se pueda culpar a nadie por hacer algo inintencionadamente, sólo necesitaba encontrar una justificación, un consuelo. Y lo he encontrado. Y me alivia.


Hablamos sobre el papel de mi madre, sobre la relación en casa con la comida y la dificultad para mejorar en un ambiente como ese. Hablamos sobre lo que significaba mi madre para mí, cómo la veía yo y en qué me gustaría parecerme a ella y en qué no. Intenté describirme un poco sin éxito. En este proceso he ido perdiéndome a mí misma. Ha llegado un momento en que ya no sé quién soy y mucho menos cómo soy. La anorexia se ha comido una parte de mí y a veces me hace confundirme entre mi yo real y mi yo enfermo. Puedo distinguir perfectamente un antes y un después en mi vida. Existe un punto de inflexión claramente marcado en mi vida por la enfermedad en el que puedo verme como dos personas completamente diferentes, sin nada que ver la una con la otra. Dos vidas diferentes y encajar ambas en una misma persona resulta complejo.


El psicólogo afirmó que esto suele suceder cuando existe una confusión entre el “yo ideal” y el “yo real” y es necesario trabajar en este campo para saber distinguir exactamente entre lo que quieres y quien eres.


Hablamos de nuevo sobre el centro de día. Le dije que a parte de las dificultades y las complicaciones para llegar hasta allí cada día, la realidad era que me daba miedo ingresar allí. Me daba miedo porque en casa mi madre era mucho más benévola conmigo y sabía que allí nadie lo sería. Hay muchos alimentos que no como aún. Me preguntó cuáles. Dulces, bollos, chocolate, helado, patatas fritas, salchichas, huevos fritos, aceite, mantequilla, natas, guisos, potajes, pan blanco, mayonesa y todo tipo de salsas, cordero… y muchos otros que me cuestan mucho, los fritos, la carne, sobre todo el cerdo, huevos… “Sí, claro, muchos de estos alimentos los ponemos aquí.” Dijo. Ya me lo imaginaba, por eso me da miedo ingresar en la unidad de día. No quiero ni imaginarme delante de uno de esos platos. Tal vez más adelante… pero necesito hacer algunos avances en casa, ir añadiendo poco a poco algunos alimentos.


No sé muy bien por qué pero le conté al psicólogo mi ritual del desayuno. 1 café con leche desnatada y una tostada de pan de molde integral sin mantequilla, ni aceite, ni mermelada, nada, cortada en 5 tiras. Siempre 5. Ni 4 ni 6. 5. No lo entendió bien y tuve que volver a explicárselo. Le dije que lo hacía todas las mañanas desde hacía muchos años y dijo que se tenía que acabar. Que se había convertido en una obsesión y que como toda obsesión no era buena. Sé que tendría que salir aluna vez pero es mi ritual de cada mañana. Mi tostada en 5 tiras y quieren quitármela…


De momento me han dado un tiempo. Le dije que ahora estoy de exámenes de modo que me han dado un respiro, me han dicho que me relaje, que procure ir a la biblioteca para no estar en casa y tener la comida cerca y no pensar en ella para calmar mi ansiedad, y me va muy bien por cierto!!, y que más adelante trabajaremos en estas cosas.


Los exámenes terminan el 6 de febrero así que no me veréis mucho por aquí de momento. El 23 tengo el nuevo control de peso y sesión con el psicólogo. Gracias por vuestro apoyo. Ánimo a todos.


ANA


Año nuevo, ¿vida nueva?


07 ENERO 2008


Aquí estoy de nuevo. Tenía ganas de volver a casa, sentarme frente a mi mesa y comenzar a escribir. Echaba de menos escribir. Me he pasado con frecuencia por el blog para leer vuestros comentarios durante las navidades. Me gusta leer vuestros comentarios, saber que alguien me apoya, me lee, me entiende… Cuando leo vuestras palabras de apoyo y agradecimiento una sonrisa ilumina mi rostro, a veces siento que lo que hago tiene sentido, no solo para mí, para mi familia, sino para más gente ahí fuera, como ejemplo para otras personas que pueden ver que es posible salir adelante, sacar fuerzas de donde parece no haberlas y enfrentarse a la vida para seguir adelante cada día y caminar.


Pero a veces otros comentarios me entristecen. Comentarios de chicas que ven en mí un ejemplo y un apoyo para dejar de comer, que se refugian en mis palabras y en mi historia, en mis sentimientos y emociones para no enfrentarse a los suyos propios, para huir de sus propias vidas en un intento de adentrarse en esta horrible enfermedad, queriendo dejar de comer, creyendo que eso les hará ser felices. Eso me entristece. Algunas lágrimas se desprenden de mi retina y no acierto a comprender si lo que hago tiene sentido, si mi labor, si mis escritos, si el compartir mis sentimientos con otras personas en mi situación es beneficioso o no para el resto.


Mi intención no era buscar el apoyo de nadie, ni siquiera aplausos o elogios. Mi única intención era dar a conocer la verdadera realidad y crudeza de esta enfermedad, desmentir los comentarios frívolos con que se generaliza esta enfermedad, desmentir las absurdas creencias postradas bajo esta máscara maquillada, sacar a la luz la verdad oculta, el dolor real, el sufrimiento, el desconocimiento común del que nadie se percata.


Las navidades se acaban. Con ellas las comilonas dignas de los antiguos faraones, las reuniones eternas alrededor de la mesa, los dulces, los bombones y el turrón. También los regalos y las visitas familiares. Pero comienza la rutina, lo seguro, lo conocido, la estabilidad, los horarios… otra vez de nuevo. Otro año más.


Y con la rutina la dieta. ¿Habré engordado? Un kilo. Tal vez un kilo. Ha aumentado mi miedo a engordar, eso sí es cierto. No quiero engordar, ahora sí tengo miedo. Pesaba 44,900 antes de navidad y sé que es poco. Antes no me hubiera importado pesar un par de kilos más pero ahora me da pánico subir de los 45. No quiero engordar y sólo estoy esperando que empiece la rutina para comenzar mi dieta normal y establecer mi peso. Menuda locura. Lo sé. Lo sé. No debería pesar tan poco, sé que debo engordar pero no puedo hacerlo, no quiero hacerlo, me siento bien con mis 45 kilos y no quiero engordar.


Un nuevo año y con él… ¿nuevo propósitos? El único propósito de nuevo año durante los últimos 7 años de mi vida, o incluso más, ha sido adelgazar y hacer dieta. Este año ni siquiera me lo he propuesto. No puedo proponerme adelgazar porque sé que no debo hacerlo, pero tampoco quiero proponerme engordar porque no quiero hacerlo. La dieta… ese es otro cantar. La dieta sí es un propósito. Quiero trabajar en mi dieta. En una dieta más saludable, incluir algunos alimentos, más variedad, estructurar las comidas, eliminar los picoteos fuera de las comidas… trabajar en una dieta más equilibrada. Aunque siempre cabe hacerse una pregunta… ¿qué es lo realmente equilibrado?


Pasado mañana, día 9 tengo la primera cita en la unidad de TCA con el psicólogo y con la enfermera. Primer control del año. Nuevos objetivos para un nuevo año.


Os deseo que este nuevo año os traiga sobre todo mucha felicidad, nada de dietas milagrosas, ni deseos infrahumanos, nada de esclavizar a vuestros cuerpos ni encadenaros en el infierno sino encontrar la felicidad en vosotros mismos, la verdadera felicidad, la felicidad plena.


ANA