7ª Sesión


04 FEBRERO 2008


01 de Febrero.- Triste, lacrimosa, cabizbaja. Observo mi reflejo en la ventana del autobús. No me reconozco. La vida se detiene ante mí mientras veo cómo el mundo gira a mi alrededor sin apenas titubear. Aún no ha salido el sol y el mundo ya se mueve, no se detiene., no te da ni un respiro. Las luces de los coches ciegan mis ojos que apenas pueden semiabrirse en la penumbra matinal.


Apenas empieza a vislumbrarse un sol temeroso, un cielo cada vez más azul, menos profundo, menos vacío. Se despide aquí la inmensidad de la noche con su sempiterna soledad, con su inquietante silencio. Y me despido de mi reflejo, triste, vacío, frío, lejano, oscuro, tempestuoso.


Llego a mi destino. Hospital Royo Villanova. Puedo ver el edificio a lo lejos con una enorme cruz que lo abandera, enmarcado por un precioso amanecer, líneas doradas y naranjas lo protegen bajo un inmenso cielo azul que se empieza a desvanecer.


Ya llegué. Ya llegué a mi destino. Ya estoy aquí de nuevo. Unidad de TCA. Tengo mi primera cita con la dietista. Espero mi turno con paciencia. Salgo a fumar un pitillo en un intento de evadir la mente. No sé muy bien qué hago aquí. ¿Para qué se supone que sirve la dietista? ¿Me pondrá una dieta? Y si es así… ¿por qué estoy si sé que no la voy a seguir? Aún así, algo me dice que debo estar aquí. Aunque sepa que no vaya a seguir a pies juntillas la dieta o las indicaciones de la dietista, sé que escuchar las pautas sobre las comidas, las raciones adecuadas de lo que debería comer y lo que no puede ayudarme a entender y a comprender y, sobre todo, a mentalizarme poco a poco y de una vez, a que lo que hago ahora, por mucho que me lo parezca no es normal. Así que, sí, sé que hago bien estando aquí.


Los minutos pasan lentos. Por fin llega mi turno. Entro en la consulta. Lo primero es responder a un cuestionario sobre mis hábitos alimenticios y mi vida diaria. Cuánto deporte hago, qué tipo de vida llevo, cómo, dónde y con quién son mis comidas, etc. Luego pasamos a analizar poco a poco el tipo de comidas que hago. No tuvimos demasiado tiempo para entrar en detalle en todos los grupos alimenticios de modo que iremos analizándolos en las próximas sesiones. En esta primera sesión nos centramos en los lácteos y, como era de esperar, el diagnóstico fue insuficiente. Me pongo muy poca leche en el café, tomo poco queso y pocos yogures de modo que debería incrementar la dosis diaria. Parece fácil pero no lo es. Sé que es importante. La dietista me habló de la importancia de asimilar elevadas dosis de calcio a mi edad porque el calcio únicamente se asimila en la juventud, de modo, que el aporte de calcio que asimile ahora para tener un esqueleto óseo fuerte y resistente será con el que cuente el resto de mi vida. Además, la importancia es mayor por el hecho de ser mujer, ya que se necesitan grandes aportes para la etapa del embarazo y de la menopausia.


Sí, todo eso es muy interesante… pero no es tan fácil. A continuación me subí a la báscula: 47,000 kilos. 47 kilos!!! He engordado varios kilos y me veo mucho más gorda. No soy capaz si quiera de plantearme añadir nuevo alimentos en mi dieta, ¿cómo voy a hacerlo si he engordado? No puedo hacerlo. Necesito adelgazar. A veces tengo dudas. Sé que voy por el buen camino, que estoy haciendo avances pero por otra parte me siento estancada porque he perdido la seguridad y la convicción que tenía hace unos meses y que me daba la fuerza de seguir aún a pesar del peso, de los kilos o de la comida. Ahora no soy capaz de pensar en seguir adelante. No hago más que plantearme una y otra vez si quiero seguir con esto. Sé que voy a hacerlo porque no estoy en situación para planteármelo en este momento o, al menos, para tomar ninguna decisión a ese respecto pero no puedo evitar tener dudas. No puedo evitar desear adelgazar, desear tirar la toalla muchas veces, verme horrible y gorda o querer volver a dejar de comer o reducir mis comidas.


Es tan difícil comer… no debería serlo, pero es tan difícil.


Mañana tengo sesión con el psiquiatra, después de no sé cuántos meses ya y el jueves cita con el nutricionista, me darán los resultados de los análisis de hormonas. Ánimo a todos.


ANA


¿Cómo no justificarle?


01 FEBRERO 2008


Sus palabras me dolieron. ¿Cómo no iban a dolerme? ¿Cómo no puede doler que tu propio padre “pase”? Claro que dolió. Pero he vuelto a justificarle. ¿Cómo no justificarle? Puede que haya cientos de razones en contra pero sólo una me basta para hacerlo: es mi padre.


Cuando las palabras hieren todo tú te sientes dañado, dolido, fracasado, rechazado y sientes la necesidad de desahogarte, de expresar ese dolor. Supongo que exageré todos aquellos sentimientos que me invadían en aquel instante aún sabiendo que no era justa en la mayor parte de mis palabras. No fui justa con mi padre, en las palabras, en el trato, en el juicio.


No es justo para él, no se lo merece. No puedo pedirle más. Supongo que me enfadé con él porque necesitaba enfadarme con alguien y en aquel momento él fue la excusa perfecta. Estaba ahí y aproveché para atacarle. Pero no fui justa. Le estaba exigiendo demasiado en vez de exigirme a mí misma. Es más fácil desviar las exigencias y las expectativas a los demás, desviar las culpas y el mal humor que hacerlo contra uno mismo.


Supongo que si lo hice con mi padre es porque en realidad era la persona que estaba más cerca de mí en ese momento, así que no fui justa con él. No se merecía esas palabras. En cierto modo creo que no fue más que otro intento por arrastrar a alguien conmigo en este camino que he emprendido y que se me antoja sumamente duro para recorrerlo sola. Sé que tengo que hacerlo sola, que nadie puede acompañarme y, tal vez, no fue más que el miedo lo que me hizo agarrarme de nuevo a algo para no avanzar; agarrarme de nuevo a alguien a quien cargar mis culpas, mis debilidades. Agarrarme a alguien intentando evadir la realidad de que de soy yo la única que puede salvarse.


Quería que mi padre me salvara. Mi profesor, mi novio, mi psicólogo, mi padre… me he ido agarrando a cada una de las personas que han ido involucrándose en mi vida intentado hacerme creer que eran ellos los que debían salvarme para evitar tener que hacerlo yo misma, para poder ir cargando mis culpas sobre sus espaldas.


No fui justa. Sé que nadie más que yo puede salvarme pero una parte de mí se niega a aceptarlo. Una parte de mí sigue creyendo y esperando que alguien vendrá a rescatarme. Sé que no es fácil para un padre aceptar que su hija está enferma. Sé que, también él, bajo esa máscara de hombre fuerte e invulnerable, sufre y siente y sé que le importo. Lo sé, aunque a veces sea más fácil pensar que a nadie le importas para no tener que complacer a nadie, no es más que una excusa. También él es humano y tiene sus debilidades. Unos dejamos de comer para dejar de sentir, otros prefieren obviar y olvidar para no tener que hacerlo. Diferentes conductas ante una misma emoción, el dolor. No puedo pedirle que se enfrente a esto, que lo acepte, que lo asuma, que lo entienda… cuando el modo que tiene de afrontar sus conflictos emocionales es aportándolos de su vida. No puedo pedirle que lo afronte porque yo tampoco he aprendido a hacerlo.


El viernes pasado tuve sesión con el psicólogo. Mis padres me acompañaron a la consulta. Fue una sesión un poco extraña pero estuvieron allí. Tal vez porque insistí demasiado en que quería que estuviesen. Hubiera preferido que hubiesen aceptado la invitación del psicólogo voluntariamente en vez de acceder a mis plegarias pero finalmente estuvieron y eso confirmó, de algún modo, que tengo su apoyo.


ANA

"Quien bien te quiere te hará llorar"


22 ENERO 2008

Durante mucho tiempo he tratado de defender su postura, sus opiniones, su forma de pensar, de comportarse, incluso; aún sin compartirla. Durante mucho tiempo he defendido sus palabras y sus argumentaciones tratando de entender su posicionamiento más allá de toda duda razonable.


Supongo que quería hacer de mi padre el padre perfecto. Quería que fuese un padre perfecto, un padre que no ha sido. Me entristece saber, pensar e, incluso, creer que no ha sido el padre que siempre quise o creía que era, o más bien que deseé que fuese empeñándome en hacerlo que así pareciese; esbozando una figura irreal, falsa, abstracta, errónea, incongruente con la realidad, intentando convencerme de que estaba equivocada, de que tenía sus razones, de que había una explicación, un por qué; de que, en el fondo, debajo de esa máscara de hombre fuerte, invulnerable e incorruptible se escondía un buen padre. A pesar de las evidencias, de los sinsentidos, de las obviedades, me empeñé en justificarle, en razonar cualquier excusa posible que pudiese absolverle de sus pecados de padre impoluto.


Llega un momento en la vida en que una parte de tu mente se desprende, esa parte de ti mismo que no es más que la te mantiene apegado a tu infancia, esa parte que te impide crecer, madurar e independizarte. Esa parte que te obliga a seguir creyendo en los cuentos de hadas. Esa parte crédula e inocente que añoramos cuando crecemos de la que todos debemos desprendernos para aceptar la realidad de una vida cruel en la que los sueños no se hacen realidad.


Esperamos demasiado. Esperamos demasiado de la vida y de nosotros mismos. Esperamos demasiado de la gente que nos rodea y de la felicidad. Esperamos una felicidad inalcanzable, inexistente. Soñamos con convertirnos en personas, hombres y mujeres, admirables, inalcanzables, exitosos y basamos nuestra felicidad y nuestras vidas en cosas banales e insustanciales que dejan un vacío tras de sí.


Esperaba demasiado. Esperaba demasiado de la vida y de mí misma. Esperaba demasiado de la felicidad y de todos cuantos me rodeaban. ¿En qué se traduce eso? En el fracaso, en la sensación de fracaso. Te sientes fracasado porque has puesto las expectativas demasiado altas.


Esperaba que mi padre fuese perfecto y después de 23 años de convivencia he comprendido que debo dejar de justificarle y aprender a aceptar que no es perfecto. ¿Cómo vivir sabiendo que mi padre no lo es? ¿Cómo alcanzar la perfección que ansío si el mundo que conozco, si todos los pilares que lo sustentan se derrumban ante mí?


“No quiero ir a la terapia familiar,” –fue su única respuesta– “no va conmigo.” ¿Cómo justificar esa postura? ¿Cómo entenderla? ¿Cómo defenderla? No puedo hacerlo. Estoy cansada de cargar con tal responsabilidad, estoy cansada de ser la que cede, la que calla, la que traga, la que se comporta, estoy cansada de seguir la corriente.


¿Cómo no justificarle? ¿Cómo asumir que tu padre “pasa”? ¿Cómo aceptar que a tu propio padre no le interesa lo que te sucede? ¿Cómo afrontar el hecho de que a tu padre no le interese lo más mínimo si fuiste al tratamiento, si fuiste a la última sesión, si has vuelto a adelgazar, si te has saltado una comida, si no tienes hambre…? ¿Cómo aceptar que a tu padre no le quita el sueño que su propia hija esté enferma? ¿Cómo entender que un padre no se preocupe por una hija? ¿Cómo asumir que no soy lo suficientemente importante para mi padre?


Mucha gente me ha dicho en diversas ocasiones la suerte que tengo por tener esta familia. A veces no basta con mirar desde fuera, hay que mirar muy dentro para ver la realidad, el exterior no es más que un modo de ocultar la verdad. Algunas personas se creen más desafortunadas por no conocer a su padre o por haberle perdido… pero, a veces, es preferible no conocer a una persona a que haga de tu vida un infierno, otras veces, simplemente, es doloroso sin más porque ya se sabe, “quien bien te quiere te hará llorar”.


ANA


6ª Sesión


16 ENERO 2008


Hoy hace exactamente una semana que acudí a mi primer control del año. Llegué unos minutos tarde debido a la nueva huelga de autobuses. Esperé unos instantes hasta que Pilar me hizo llamar. Entré en la sala y me senté. Le entregué mi registro alimentario tras las consabidas felicitaciones de año nuevo y analizamos las comidas. Bastante bien, un aprobado alto. Me adapté con facilidad a las comidas de navidad sin poner apenas pegas a los alimentos navideños, sin hacer excesivos abusos de dulces para calmar mi ansiedad ni diferenciar mi alimentación del resto.


Le comenté que había vomitado en dos ocasiones. Me preguntó si se debía a las comidas de navidad tales como Nochebuena o Fin de Año. No. “¿En qué circunstancias sucedieron?” La primera vez fue un día que discutí con mi tía. Me sentí mal. No supe encajar la discusión, no sabía cómo tomármelo, nunca había discutido con ella y me sentí tan mal que quise eliminar ese sentimiento de angustia en mi interior. Comí a escondidas y vomité la comida en el baño. La segunda ocasión fue al volver a casa después de las vacaciones. “Los cambios y las adaptaciones” añadió ella. “Sí”.


Me tomó la tensión. Volvió a bajarme de nuevo: 9/6. Me pesó: 47 kilos. “Has engordado un kilo.” Me dijo. Le dije que ahora me agobiaba más el peso. Que antes no me preocupaba tanto y no me importaba subir un par de kilos pero que ahora me preocupaba más y tenía miedo de engordar. Le dije que me había pesado antes de Navidad y estaba más delgada y que estos kilos no los llevaba muy bien, que me daba pánico engordar. Me preguntó si me pesaba a menudo. Le dije que lo hacía una vez por semana. Que había perdido la costumbre hacía algunos años, que dejé de hacerlo repentinamente y estuve 3 años sin subirme a una báscula pero que desde que llegué al hospital y empezaron a pesarme comencé a recuperar la costumbre y lo hacía una vez por semana. Me dijo que debía dejar de pesarme. Que no lo hiciera, que sólo serviría para obsesionarme más con el peso y que ya me pesarían ellos en el hospital, que no lo hiciese.


Sé que hice bien en decirlo pero una parte de mí se arrepintió de hacerlo. Necesito pesarme, lo necesito, no puedo imaginarme no pesándome. No puedo. Necesito saber que como y no engordo pero tampoco quiero ver que bajan los números de la báscula porque me da miedo aunque una parte de mí se sienta bien.


Asentí con la cabeza confirmando que dejaría de hacerlo aunque muy dentro de mí sabía que no sería así. ¿Qué daño puede hacerme pesarme una vez a la semana? Cuando empecé a pesarme tan solo lo hice para comprobar que todo iba bien, que seguía el tratamiento como me decían, que lo estaba haciendo bien, que no estaba adelgazando, era mi forma de medir mis resultados, no perdía peso pero tampoco engordaba, lo que me motivaba a seguir con los objetivos y las comidas.


Hoy volví a pesarme como cada miércoles. El pánico se apoderó de mí. 44,500. No lo entiendo. No puedo entenderlo. Estoy comiendo. Tal vez sean los exámenes, los nervios, pues nunca había estado tan nerviosa en un período de exámenes antes. Ayer tuve mi primer examen y estuve durante las 2 horas y 30 minutos que duró moviendo las piernas sin parar en mi silla. No entiendo cómo he podido bajar tanto de peso. No lo entiendo, estoy comiendo, lo estoy haciendo. No me salto ninguna comida, no he vuelto a vomitar, incluso he añadido pasas y nueces a mi dieta. No lo entiendo.


El miércoles que viene tengo el siguiente control de peso y me da pánico sólo de pensarlo. Me da miedo la sola idea de que me digan que tienen que ingresarme. ¿Cómo justificar una pérdida de peso de más de 2 kilos en una semana? No me lo explico.


Mis amigas me dicen que estoy mucho más delgada y lo más triste es que yo ni siquiera me veo así. Yo me veo igual. Algo delgada, tal vez, pero no excesivamente. Mi madre empieza a desconfiar de mí. Hace unos días me preguntó si no seguiría subiendo diariamente por las escaleras hasta el 8º piso en que vivimos como hacía antaño. Le dije que no, lo cual es totalmente cierto, pues ni siquiera me siento con fuerzas para ello actualmente, pero dudó si creerme realmente porque no se explicaba cómo podía estar tan delgada.


La sesión con el psicólogo la semana pasada fue bastante esclarecedora. Le comenté que mi abuela me había confesado haber sufrido problemas alimenticios en su juventud y que, aunque mi madre no lo había confesado abiertamente, estaba casi segura de que también ella había tenido algún escarceo con las dietas y las calorías en su juventud de mujer soltera e independiente. No es de extrañar si reparamos en las conductas y los comentarios de ambas hacia las comidas, hacia las mujeres, hacia el peso, las cantidades en el plato, las calorías, la cultura de la delgadez y el cuerpo… es obvio.


El psicólogo me preguntó qué me cambiaba saber eso. Mi respuesta fue rotunda. “Me justifica. Tal vez no sea una justificación a nivel psicológico o médico pero sí lo es a nivel personal.” Él aseguro que sí era una justificación a nivel psicológico. Me sirve como justificación. Con esto no quiero decir que me expíe de todas mis culpas, sino que no soy yo la única culpable. No quiero tampoco culpar a nadie porque no creo que se pueda culpar a nadie por hacer algo inintencionadamente, sólo necesitaba encontrar una justificación, un consuelo. Y lo he encontrado. Y me alivia.


Hablamos sobre el papel de mi madre, sobre la relación en casa con la comida y la dificultad para mejorar en un ambiente como ese. Hablamos sobre lo que significaba mi madre para mí, cómo la veía yo y en qué me gustaría parecerme a ella y en qué no. Intenté describirme un poco sin éxito. En este proceso he ido perdiéndome a mí misma. Ha llegado un momento en que ya no sé quién soy y mucho menos cómo soy. La anorexia se ha comido una parte de mí y a veces me hace confundirme entre mi yo real y mi yo enfermo. Puedo distinguir perfectamente un antes y un después en mi vida. Existe un punto de inflexión claramente marcado en mi vida por la enfermedad en el que puedo verme como dos personas completamente diferentes, sin nada que ver la una con la otra. Dos vidas diferentes y encajar ambas en una misma persona resulta complejo.


El psicólogo afirmó que esto suele suceder cuando existe una confusión entre el “yo ideal” y el “yo real” y es necesario trabajar en este campo para saber distinguir exactamente entre lo que quieres y quien eres.


Hablamos de nuevo sobre el centro de día. Le dije que a parte de las dificultades y las complicaciones para llegar hasta allí cada día, la realidad era que me daba miedo ingresar allí. Me daba miedo porque en casa mi madre era mucho más benévola conmigo y sabía que allí nadie lo sería. Hay muchos alimentos que no como aún. Me preguntó cuáles. Dulces, bollos, chocolate, helado, patatas fritas, salchichas, huevos fritos, aceite, mantequilla, natas, guisos, potajes, pan blanco, mayonesa y todo tipo de salsas, cordero… y muchos otros que me cuestan mucho, los fritos, la carne, sobre todo el cerdo, huevos… “Sí, claro, muchos de estos alimentos los ponemos aquí.” Dijo. Ya me lo imaginaba, por eso me da miedo ingresar en la unidad de día. No quiero ni imaginarme delante de uno de esos platos. Tal vez más adelante… pero necesito hacer algunos avances en casa, ir añadiendo poco a poco algunos alimentos.


No sé muy bien por qué pero le conté al psicólogo mi ritual del desayuno. 1 café con leche desnatada y una tostada de pan de molde integral sin mantequilla, ni aceite, ni mermelada, nada, cortada en 5 tiras. Siempre 5. Ni 4 ni 6. 5. No lo entendió bien y tuve que volver a explicárselo. Le dije que lo hacía todas las mañanas desde hacía muchos años y dijo que se tenía que acabar. Que se había convertido en una obsesión y que como toda obsesión no era buena. Sé que tendría que salir aluna vez pero es mi ritual de cada mañana. Mi tostada en 5 tiras y quieren quitármela…


De momento me han dado un tiempo. Le dije que ahora estoy de exámenes de modo que me han dado un respiro, me han dicho que me relaje, que procure ir a la biblioteca para no estar en casa y tener la comida cerca y no pensar en ella para calmar mi ansiedad, y me va muy bien por cierto!!, y que más adelante trabajaremos en estas cosas.


Los exámenes terminan el 6 de febrero así que no me veréis mucho por aquí de momento. El 23 tengo el nuevo control de peso y sesión con el psicólogo. Gracias por vuestro apoyo. Ánimo a todos.


ANA


Año nuevo, ¿vida nueva?


07 ENERO 2008


Aquí estoy de nuevo. Tenía ganas de volver a casa, sentarme frente a mi mesa y comenzar a escribir. Echaba de menos escribir. Me he pasado con frecuencia por el blog para leer vuestros comentarios durante las navidades. Me gusta leer vuestros comentarios, saber que alguien me apoya, me lee, me entiende… Cuando leo vuestras palabras de apoyo y agradecimiento una sonrisa ilumina mi rostro, a veces siento que lo que hago tiene sentido, no solo para mí, para mi familia, sino para más gente ahí fuera, como ejemplo para otras personas que pueden ver que es posible salir adelante, sacar fuerzas de donde parece no haberlas y enfrentarse a la vida para seguir adelante cada día y caminar.


Pero a veces otros comentarios me entristecen. Comentarios de chicas que ven en mí un ejemplo y un apoyo para dejar de comer, que se refugian en mis palabras y en mi historia, en mis sentimientos y emociones para no enfrentarse a los suyos propios, para huir de sus propias vidas en un intento de adentrarse en esta horrible enfermedad, queriendo dejar de comer, creyendo que eso les hará ser felices. Eso me entristece. Algunas lágrimas se desprenden de mi retina y no acierto a comprender si lo que hago tiene sentido, si mi labor, si mis escritos, si el compartir mis sentimientos con otras personas en mi situación es beneficioso o no para el resto.


Mi intención no era buscar el apoyo de nadie, ni siquiera aplausos o elogios. Mi única intención era dar a conocer la verdadera realidad y crudeza de esta enfermedad, desmentir los comentarios frívolos con que se generaliza esta enfermedad, desmentir las absurdas creencias postradas bajo esta máscara maquillada, sacar a la luz la verdad oculta, el dolor real, el sufrimiento, el desconocimiento común del que nadie se percata.


Las navidades se acaban. Con ellas las comilonas dignas de los antiguos faraones, las reuniones eternas alrededor de la mesa, los dulces, los bombones y el turrón. También los regalos y las visitas familiares. Pero comienza la rutina, lo seguro, lo conocido, la estabilidad, los horarios… otra vez de nuevo. Otro año más.


Y con la rutina la dieta. ¿Habré engordado? Un kilo. Tal vez un kilo. Ha aumentado mi miedo a engordar, eso sí es cierto. No quiero engordar, ahora sí tengo miedo. Pesaba 44,900 antes de navidad y sé que es poco. Antes no me hubiera importado pesar un par de kilos más pero ahora me da pánico subir de los 45. No quiero engordar y sólo estoy esperando que empiece la rutina para comenzar mi dieta normal y establecer mi peso. Menuda locura. Lo sé. Lo sé. No debería pesar tan poco, sé que debo engordar pero no puedo hacerlo, no quiero hacerlo, me siento bien con mis 45 kilos y no quiero engordar.


Un nuevo año y con él… ¿nuevo propósitos? El único propósito de nuevo año durante los últimos 7 años de mi vida, o incluso más, ha sido adelgazar y hacer dieta. Este año ni siquiera me lo he propuesto. No puedo proponerme adelgazar porque sé que no debo hacerlo, pero tampoco quiero proponerme engordar porque no quiero hacerlo. La dieta… ese es otro cantar. La dieta sí es un propósito. Quiero trabajar en mi dieta. En una dieta más saludable, incluir algunos alimentos, más variedad, estructurar las comidas, eliminar los picoteos fuera de las comidas… trabajar en una dieta más equilibrada. Aunque siempre cabe hacerse una pregunta… ¿qué es lo realmente equilibrado?


Pasado mañana, día 9 tengo la primera cita en la unidad de TCA con el psicólogo y con la enfermera. Primer control del año. Nuevos objetivos para un nuevo año.


Os deseo que este nuevo año os traiga sobre todo mucha felicidad, nada de dietas milagrosas, ni deseos infrahumanos, nada de esclavizar a vuestros cuerpos ni encadenaros en el infierno sino encontrar la felicidad en vosotros mismos, la verdadera felicidad, la felicidad plena.


ANA


5ª Sesión


15 DICIEMBRE 2007


Volví el martes por la mañana a la unidad de TCA. Me adelantaron la cita un par de días porque tienen la agenda completamente saturada. No sabía muy bien para qué iba. En teoría, me habían citado para explicarme cómo funcionaba el hospital de día de la Unidad de Trastornos de Alimentación.


Llegué puntual a mi cita y esperé unos minutos mientras la enfermera y el psicólogo aclaraban algunos asuntos sobre mi historial al otro lado de la puerta. El psicólogo me hizo pasar a su consulta.


- “¿Cómo estás?”

- “Bien.” -Respondí fríamente. Fue la mejor respuesta que encontré para tan hipócrita pregunta. ¿Cómo iba a estar?- “Supongo que bien.” -Añadí.-


A continuación él dijo algo no que logro recordar a lo que yo respondí que no sabía qué se suponía que debía decir, que necesitaba un guión, unas pautas, una serie de preguntas, que no sabía de qué hablar.


Se quedó callado mirándome esperando que fuese yo la que continuase hablando, la que fuese a resolver el complejo algoritmo. Entonces, se percató de que no iba a decir nada más, de que, al igual que él, esperaba que añadiese algo, que hiciese alguna pregunta, que redirigiese la conversación. Salió del trance que le envolvía y bajó la vista hacia las hojas de papel de mi historial sobre su mesa intentando encontrar algo de lo que hablar.


Enseguida comprendí que no podía esperar que fuese él el que decidiera de qué había que hablar, que fuese él el que acertase la incógnita a resolver. Recordé las últimas conversaciones con mi novio. Habíamos habado de la rutina. De lo difícil que me resultaba comer, no tanto por el hecho de la comida en sí sino por el absurdo hecho de tener que saltarme una rutina que llevaba siguiendo milimétricamente desde hacía más de 7 años. Mi novio me preguntó si le había hablado de todo eso a alguien, al psiquiatra, al psicólogo, a la enfermera… no, no lo había hecho. No había surgido en ninguna conversación. Es curioso. Después de varios meses en la Unidad, nadie me ha preguntado aún por mi rutina. Resulta curioso pues si alguien se molesta en informarse un poco sobre los TCA se dará cuenta en seguida de que estos trastornos giran en torno a la rutina, en torno a las reglas, a las pautas, a las normas. Pero nadie me había preguntado aún por esas normas.


Inicié la conversación.


- “Hay algo de lo que no le he hablado al Dr. Jiménez Mazo (mi psiquiatra) y que he estado hablando últimamente con mi pareja. Supongo que no me había detenido a pensarlo hasta que lo hablé con él o tal vez, simplemente, no surgió en ninguna conversación. Se trata de la rutina. El Dr. Jiménez Mazo me preguntó si había notado algún cambio en mí y le dije que no, pero en realidad sí que lo he notado, pequeños cambios, sobre todo en mi estado de ánimo, pero también hacia la comida, aunque en menor medida. Le dije que no porque no me había percatado de ellos, pero sí que ha habido pequeños cambios. Lo que más me cuesta no es comer o la comida en sí sino saltarme la rutina que llevo cumpliendo desde hace más de 7 años. Me he acostumbrado a no comer entre semana y es algo que no me planteo. Como el que va a clase cada mañana o se da una ducha, no lo piensa, solo lo hace y eliminar ese acto es muy difícil. Eso es lo realmente difícil para mi, no es el hecho de comer. Es cierto que hay alimentos que me resultan más difíciles que otros pero las cenas o los desayunos no suponen un problema tan grande para mí. Sí las comidas principales y sobre todo entre semana porque las he eliminado prácticamente y me siento mal cuando como entre semana. Me he acostumbrado a no comer nada en todo el día desde el desayuno hasta la cena y a tener el estómago completamente vacío hasta la noche, tan sólo me permito un café o una manzana a media mañana.”


Hablamos sobre el hospital de día y las posibilidades. Sé que tengo una oportunidad a la que muchas chicas no pueden acceder pero vivo a más de una hora de la unidad y eso trastornaría mi vida. Obviamente prefieren trastocar lo menos posible la vida de los pacientes.


- “Estoy intentando comer. Mi madre llega tarde del trabajo y generalmente yo ya he comido sola, lo cual implica que no como. Pero desde hace dos semanas hemos llegado a un acuerdo. Ahora la espero cada día a que llegue del trabajo para comer juntas y aunque me cueste, eso me hace obligarme a comer. A veces mi madre no puede venir a comer a casa, entonces, le pido a mi hermano que coma conmigo, otras veces, hago un esfuerzo por comer sola porque cuando llevas en la cabeza el chip de que vas a comer te resulta más fácil hacerlo.”


Hablamos sobre la estructura familiar, los hábitos alimenticios y la evolución de mi situación. Observó mi registro alimentario. Deficiente en algunos alimentos. Notable en el número de comidas diarias. Vió que había hecho un esfuerzo. Hablamos largo y tendido sobre los miedos y la comida. Sobre el miedo a engordar, sobre la preocupación por el peso, los miedos irracionales y las preocupaciones excesivas hasta la obsesión.


A continuación, me acompañó a la enfermería donde le comentó a Pilar, la enfermera, mi situación. Me dieron una nueva oportunidad. Estoy haciendo un esfuerzo por comer con mi madre cada día. Le enseñó mi registro alimentario, tengo deficiencias pero no me he saltado ninguna comida. Me dan otra oportunidad. No tengo que ingresar, de momento, en la Unidad. Queda solo 1 semana para Navidad, así que tampoco tiene mucho sentido. Me dan una oportunidad. Quieren probar qué tal va esta situación. Saben que estoy haciendo un esfuerzo. Quieren que continúe con esta nueva conducta y estabilice esta rutina diaria de comer con mi madre y que la mantenga para poder, más adelante, trabajar en la dieta. Quieren que adquiera una nueva rutina de comer cada día acompañada y sentándome a la mesa y hacer de esta situación algo diario, normal y agradable.


Me dieron una nueva oportunidad pero me advirtieron que después de Navidad evaluarían de nuevo la situación y que si no funcionaba tendrían que ingresarme. Me tomaron la tensión: 10/5. Increíble!! He subido. Me pesaron. He perdido casi medio kilo en 10 días. No puedo perder más peso. “Sigues perdiendo peso” me dijo Pilar.


Llevo dos semanas comiendo a medio día, supongo que lo de ingresarme me dio pánico. Pero es difícil. A veces desearía decirle a mi madre que ya he comido para no tener que comer. Sé que no puedo. Sé que no debo. Pero desearía hacerlo porque me cuesta tanto… y necesito un descanso. A veces llego a casa sabiendo que tengo que comer y solo quiero llorar porque no quiero tener que comer. Solo quiero poder decir, “no, yo ya he comido” y encerrarme en mi habitación a escribir en mi sempiterna soledad. Comer es difícil y la gente no lo entiende. Mi hermano pequeño me dice constantemente “si no comes te vas al hospital.” Le entiendo, y sé que lo dice porque me quiere pero no entiende que me resulte tan difícil. Es como un drogadicto que quiere recuperarse de su adicción a las drogas pero su cuerpo le pide un chute. Mi cuerpo me pide un chute, mi cuerpo me pide un ayuno porque, en definitiva, el ayuno es mi adicción.


Es muy difícil. Quiero comer y no quiero comer. Quiero comer pero me cuesta. Quisiera comer sin esfuerzo, sin lágrimas, sin dolor. Y después de todo el esfuerzo voy a la farmacia, me quito las botas, me peso y he vuelto a adelgazar: 45,500 kilos. 45 kilos y medio. Cada vez peso menos, a pesar del esfuerzo. Quiero llorar. Estoy comiendo, no quiero comer pero hago el esfuerzo porque sé que no debo adelgazar más, no quiero adelgazar más, me da miedo adelgazar más. Estoy perdiendo peso y por primera vez estoy comiendo. Eso me asusta. Me asusta mucho. No quiero comer pero no quiero adelgazar. Me siento bien y mal a la vez. Estoy comiendo, me duele comer pero me estoy esforzando y lo estoy consiguiendo. Estoy adelgazando y me duele porque me estoy esforzando por no hacerlo, por no perder más peso. La talla 34 se escurre en mis caderas. Los cinturones ya no se ciñen a mi cintura, he perdido las curvas, las costillas me sobresalen, mi palidez me delata, mis huesos se marcan bajo el algodón de las camisetas y las formas de mi cuerpo se desvanecen bajo amplios abrigos que cubren mi cuerpo aniñado.


Pero estoy comiendo y estoy haciendo un enorme esfuerzo para llevarme cada bocado de comida a la boca. Sé que parece absurdo hacerse semejante pregunta pero resulta tan difícil que a veces me es imposible preguntarme si realmente merece la pena.


Gracias por todas vuestras palabras. Llegan las Navidades, para bien y para mal. Os deseo unas bonitas fiestas. No dejéis que la comida os arruine estos bonitos días con la gente que más os quiere.

ANA


4ª Sesión


04 DICIEMBRE 2007


El cielo se desploma ante mí. Los pilares se derrumban. No aguanto ya el peso que cargo sobre la espalda. Me he caído y no sé si podré volverme a levantar. Mis piernas se niegan a sostenerme, mis pies se niegan a caminar.


Lunes 3 de diciembre. 8.30 am.


Llego a la consulta del psiquiatra, llamo a la puerta algo amedrentada. No sé qué tengo que decir. ¿Qué se supone que debo decir? ¿Qué espera que le diga? ¿Qué desea oír? Espero que sea él quien haga las preguntas. Abre la puerta algo sorprendido.


- “Creo que tenía consulta con usted” le digo.

- “A las 9.30 ¿no?” añade él. “Espera.”


Saca una hoja y me pregunta mi nombre.


- “Estás citada a las 11.50. Te has adelantado un poco.”


Me dice que intentará verme a las 9 para que no tenga que esperar tanto. Salgo a la calle y fumo un cigarro al intempestivo frío matinal. Vuelvo a entrar en el hospital. Subo las escaleras lenta y apesadumbradamente. Los pasillos están completamente vacíos. Me dejo deslizar por las baldosas limpias y pulcras con la mirada fija en la puerta de la consulta, esperando que el picaporte gire sigilosamente hacia mi destino.


Por fin se abre la puerta. El doctor asoma su mirada penetrante a través de la rendija de la puerta y me hace pasar. Entro, me quito el abrigo y me siento. Respiro. Él se sienta detrás de su mesa tranquilamente. Desconecta su móvil y comienza a buscar mi historial entre el montón de carpetas que inundan su mesa.


243699. Ese es el mío. Esa soy yo. Un número. Un caso más. Otro cualquiera. Abre mi carpeta y saca todas las hojas que hay en su interior.


- “¿Cómo estás? Me pregunta.

- “Anímicamente muy bien. Me siento mucho más animada, mucho más contenta, más a gusto y dicharachera.”

- “¿Y en cuanto a las comidas? ¿Has notado algún cambio?”

- “No. Ningún cambio. Todo igual. No he notado ningún cambio.”

- “¿Cuánto pesas? ¿Te has pesado recientemente?”

- “46. Me pesaron hace una semana aquí en el hospital”

- “¿Y cuánto pesabas cuando llegaste?”

- “48 kilos.”

- “Llevas aquí más de un mes y has perdido 2 kilos. El tratamiento no te ha hecho ningún efecto.”

- “Sí pero yo pensaba que cuando una persona tiene voluntad era suficiente.”

- “Pero no has hecho ningún progreso.”


Me lee por el encima el historial.


- “…empezaste a adelgazar a los 16 años, perdiste 12 kilos en 1 año. Los 2 años siguientes perdiste 8 kilos. Luego conociste a tu novio y dejaste de vomitar aunque reconoces que no mantenías una dieta equilibrada. Este año muere tu abuelo y vuelves a recaer otra vez. No has reaccionado ante al tratamiento. Tu situación es esta. Yo no puedo hacer más. Creo que en tu caso lo único que podemos plantear es ingresarte en el Hospital de Día.”

- “¿Hospital de Día? ¿Qué es eso? ¿En qué consiste?”

- “Tendrías que venir de lunes a viernes de 8.30 a 14.30 y haces aquí el desayuno y la comida.”

- “Pero esto no es obligatorio, ¿no? Quiero decir… que puedo pensarlo, ¿no?”

- “Sí, claro, nadie va a llamar a la policía para que te traigan aquí a la fuerza. También la consulta es voluntaria y estás aquí porque quieres recuperarte, ¿no?”

- “Sí, pero es que tengo cosas que hacer, tendría que valorarlo porque aunque esto sea importante tengo mis clases y mis horarios, tengo más responsabilidades.”

- “Sí, claro, tienes que valorar las prioridades pero la prioridad es ésta. Cuando te rompes una pierna no puedes decir, no espera que ahora no me viene bien que tengo que ir a clase, voy al médico otro día.”

- “Pero es que mis padres no sé cómo van a reaccionar porque no creo que a ellos les parezca bien que deje de lado el resto de mis responsabilidades por esto, es que ellos no les dan tanta importancia como debería tener y no creo que les guste mucho la idea.”

- “¿Sus padres son médicos?”

- “No”

- “Entonces. Usted tiene una enfermedad muy grave; muy grave. Lógicamente puede hacer lo que quiera pero si lo sigue posponiendo lo que va a hacer es que su cuerpo y su salud se va a ir deteriorando.”


Me fui de la consulta con los ojos llenos de lágrimas. ¿Ingresarme? ¿Cómo que ingresarme? No, no, no puede ser. No estoy tan mal. No estoy tan mal, ¿no? ¿Una enfermedad muy grave? Sí, ya sabía que podía serlo, pero que lo fuera ya… ya… no… no me lo puedo creer. Por primera vez entiendo lo que muchas chicas dicen de que cuando te quieres dar cuenta es demasiado tarde, no hay vuelta atrás. No quiero estar enferma. Sólo quería probar un poquito, un poquito de dieta, un poquito de delgadez, un poquito solo, no quería enfermar realmente, no quería llegar a este punto.


¿Por qué no me habré dado cuenta antes? ¿Por qué es tan difícil? Ayer me hice la promesa, tal vez absurda, de que iba a comer. Tal vez no es más que un modo de engañarme. De decir, joder, no quiero enfermar, no quiero que me ingresen, no quiero morirme, quiero recuperarme, quiero poder hacer una vida normal, voy a comer para demostrar a todos que no me hace falta, para demostrarme a mí misma que puedo hacerlo. Pero no estoy segura de si no es más que una mentira, un engaño para salir del paso y que no me ingresen aún a sabiendas que debería hacerlo, de que sería lo mejor.


Sea como sea, ayer, por primera vez en mucho años, en muchos, muchos años, comí un lunes. Me senté delante de un plato de guisantes con jamón y dos tostadas de pan integral y comí. Comí muy lentamente a bocaditos pequeños. Comí sola. Me comí todo el plato con las lágrimas en los ojos. No vomité. Pero tuve ganas de llorar durante la comida, mientras preparaba la comida, después de la comida, por la tarde, por la noche, durante la cena, antes de acostarme, en la ducha, en la cama, esta mañana al despertar, ahora al pensar en lo que comeré cuando llegue hoy de clase porque hoy por primera vez en muchos, muchos años voy a comer un martes.


ANA


Semana productiva


28 NOVIEMBRE 2007


Hoy hace exactamente una semana y un día que fui a ver a M. Le debía algo. Le debía la “Carta a mis padres” que he editado a nivel personal entre mis contactos más íntimos. Ella me instó a escribirla y merecía leerla. Me lo agradeció más que nadie de un modo plausible. Nunca habrá palabras suficientes para agradecer lo que su entrega ha significado para mí.


Como de costumbre, los minutos con M se tornaron horas de agradable conversación, de maravillosos consejos. Sólo con mirarme a los ojos es capaz de saber lo que pienso o cómo me siento. Sabe que entiendo a la perfección lo que me pasa y por qué estoy aquí y sabe, también, que mi increíble capacidad para entender y expresar todo lo que me sucede y cada uno de los por qués es mi herramienta de lucha para salir de todo esto.


Sabe que puedo hacerlo. Confía en mí. Cree en mí y me anima. Saber que hay alguien que cree en ti, a veces, es el empujón necesario para comenzar a creer en ti misma.


El miércoles volví a pesarme. 46,5 kilos. He vuelto a adelgazar. No sé por qué. No estoy haciendo ningún esfuerzo por adelgazar, no lo estoy intentado. Me cuesta creer que haya estado tantos años intentado adelgazar sin éxito por todos los medios. Intentándolo de todas las maneras posibles, hasta la saciedad, hasta la obsesión, hasta el caos. Laxantes, pastillas, purgas continuas, días y días en ayunas, sesiones de ejercicio hasta horas intempestivas de la madrugada, noches y noches sin dormir alimentándome a base de cafeína… sin perder un solo gramo. Y, ahora, que tan sólo quiero mantener mi peso, no puedo evitar adelgazar. ¿Por qué es tan difícil?


Es cierto que me da miedo engordar. Me da pánico. No me da miedo engordar un par de kilos. Por extraño que resulte, sobre todo para mí, por primera vez en mi vida no me da miedo engordar un par de kilos, me da pánico empezar a engordar unos pocos gramos y no poder parar. Me da miedo no poder parar y volverme cada vez más y más gorda hasta el infinito. Sí, ya sé que no es posible, pero me da miedo. Y también me da miedo perder peso. No quiero perder más peso. No quiero adelgazar más. Estoy muy delgada. Tal vez no demasiado pero por primera vez empiezo a ser consciente de que, tal vez, sí que esté delgada. Por primera vez empiezo a ser consciente de mi delgadez. Resulta difícil creer que haya estado mucho más delgada que ahora y que entonces no fuese consciente de mi delgadez; más aún, resulta difícil creer que, aún a pesar del aspecto enfermizo y demacrado que debía tener entonces, siguiese viéndome gorda.


Ahora, por fin, empiezo a darme cuenta de la gravedad de esta enfermedad.


El viernes volví al hospital. Unidad de TCA. Me quito las botas y el cinturón que sujeta los vaqueros de la talla 36 que ya no se sujetan en mis caderas. Me subo en la báscula. 46 kilos. “Has perdido 2 kilos” me dice Pilar, la enferma. “Lo sé”, digo cabizbaja. 2 kilos en 1 mes. “No se trata de que pierdas peso” añade ella, “se trata de que engordes un poco, no queremos que pierdas más peso”. Estoy en el límite. IMC: 17,9. Delgadez extrema. No puedo adelgazar más. No quiero adelgazar más.


Sé que tengo que comer pero es que no quiero comer. No puedo comer. “¿Acaso no estoy comiendo?” me pregunto. Claro que estoy comiendo. Pero como poco. No tengo hambre. No me apetece comer. No puedo comer. Sé que tengo que hacer un esfuerzo. Y lo hago, un esfuerzo pequeñito cada día pero a veces me supera. No es la comida lo que me puede, es la rutina, el orden, las reglas, el cumplimento, el deber, el éxito o el fracaso.


Sé que hay algo en mi interior más allá de la comida que me impide comer con normalidad, que me impide entender la comida como una necesidad de mi cuerpo, como una necesidad vital y normal, como algo esencial. Hay algo en mi cabeza que me impide entender la verdadera concepción de las cosas. Resulta irónico cuando yo siempre me he empeñado en entenderlas, por llegar al quid de la cuestión.


Primera sesión con el psicólogo. Nada de divanes ni sofás, ni siquiera una mísera maceta. Nada que me hiciese recordar esas fabulosas consultas de película que te instan a volver una y otra vez, exceptuando una pequeña ventana con vistas al jardín. Él, lo cual de antemano no me convenció dada mi incredulidad ante la ínfima posibilidad que un hombre tiene de entender el intrincado y complejo mundo de la mente femenina, hizo una pequeña presentación tras la cual me explicó en qué consistía el proceso del tratamiento.


Se trata de un tratamiento multidisciplinar, es decir, que él, junto con la enfermera y el psiquiatra, además de un nutricionista, en caso de que hiciese falta, forman un equipo que trabaja conjuntamente en mi caso y donde cada uno de ellos seguirá la evolución desde su especialidad como complemento de las otras disciplinas del tratamiento. Además de mi asistencia a éste, que es por supuesto voluntaria, se espera una participación activa de mí. Esto es, mediante diversas tareas que se me vayan proponiendo, por ejemplo, rellenar el registro alimentario con las x comidas que hago a diario o la nueva tarea que me ha mandado el psicólogo, escribir y analizar la situación en que se suceden los vómitos. Cómo suceden, por qué, dónde estoy, con quién o si estoy sola, qué estoy haciendo, qué siento o pienso en ese momento, antes, durante e inmediatamente después, qué consecuencias tiene, cómo me afecta, por qué lo hago, cuál es el desencadenante o el motivo si lo hay, qué sucedió inmediatamente antes, qué alternativas al atracón y/o al vómito puedo proponer en ese instante concreto para distraerme que de verdad pudieran ser efectivas en mi caso y situación sin tener mayores consecuencias…


Hablamos largo y tendido, aunque en algunos momentos hubiese querido levantarme de mi silla, cogerle de los hombros y zarandearle un par de veces para que espabilase un poco. Se quedaba callado observándome esperando a que dijese algo como si fuese a revelarle todos mis secretos en un solo instante. Y no, señor, esto no funciona así. Si estoy en su consulta es porque estoy dispuesta a hablar, es porque no tengo nada que esconder, es porque no le tengo miedo y porque no tengo tapujos. Pero eso no quiere decir que vaya a soltarlo todo de repente. Tengo la cabeza en mi sitio. No estoy loca. No voy a su consulta a confesarme ni a desahogarme porque ya lo hice, tal vez lo hubiera hecho hace muchos años pero la caja de Pandora ya está abierta y ahora las palabras no salen de golpe, salen a cuenta gotas, a mi ritmo.


Usted pregunta y yo contesto. Si no pregunta, no hay respuesta. Ya no hay nada que me carcoma la cabeza continuamente que necesite confesarle al primer loquero de turno. Ya está todo dicho y aclarado. Lo único que usted puede hacer es preguntar. Usted pregunta y yo respondo. No tengo problema en contestar a cualquiera de sus preguntas.


Hice un pequeño resumen de lo que había sido mi vida hasta llegar aquí y le di una de mis elaboradas teorías por las cuales había dejado de comer: dejar de sentir.


Al parecer le gustó el tema. El control de los sentimientos es un factor principal en el desarrollo de los TCA, de modo que iniciamos una conversación de más de media hora acerca de los sentimientos y las emociones. ¿Qué ocurre cuando quieres dejas de sentir o crees que esos sentimientos te influyen demasiado? El verdadero problema no son los sentimientos en sí, sino que la sociedad nos envía el mensaje de que los sentimientos y las emociones no son buenos, nos hace creer que tenemos que estar constantemente alegres y contentos. La sociedad nos dice que no podemos estar tristes, que no podemos dejar que los sentimientos nos controlen, que los sentimientos nos hacen débiles y vulnerables, que tenemos que luchar contra ellos, que tenemos que eliminarlos. No es más que otro mensaje erróneo de la sociedad superficial que nos empuja a consumir una “felicidad” falsa y banal.


Pero los sentimientos forman parte de cada uno de nosotros, son una parte de la vida y no se pueden eliminar, dejar de sentir equivale a dejar de vivir. No es factible. Lo que tenemos que aprender no es a eliminar o a controlar los sentimientos sino a resolver los conflictos emocionales, a enfrentarnos a esos conflictos emocionales. El que te sientas triste o desconsolado no implica que tengas que quedarte en casa sin salir ni ver a nadie, tienes que enfrentarte a ese miedo, a ese sentimiento y salir, tienes que hacer frente a tus emociones y aprender a dejar a un lado los sentimientos para que no afecten a tu vida diaria, tienes que seguir viviendo al margen de tus emociones y aprender que los sentimientos no son más que una parte dentro de ti que NO PUEDES CONTROLAR pero que sigue habiendo otra parte de ti mismo que sí puedes gobernar, tu vida.


Aprendiendo a sentir.

ANA


Por primera vez


18 NOVIEMBRE 2007


El lunes tenía que llamar a mi psiquiatra para comentarle qué tal me iba con el tratamiento farmacológico. No estaba. Tenía una conferencia y no estaba en el hospital. Llamé de nuevo el miércoles por la mañana. No sabía muy qué decir, ni siquiera sabía que se suponía que tenía que decir. Me preguntó qué tal me iba y solo pude titubear un desconcertante “no lo sé. Igual, supongo.” No había notado ningún cambio desde que empecé el nuevo tratamiento con los antiepilépticos, la verdad. Ni siquiera sabía por que los estaba tomando ni para qué se suponía que debían servir.


Sigo con mis ayunos de vez en cuando y mis estrictas dietas. Tal vez he notado que ha disminuido mi nivel de ansiedad y que, desde hace algunos días, he perdido un poco el apetito. Me preguntó la dosis que tomaba de cada medicamento y me elevó la de una de ellos porque, al parecer, estaba un poco baja.


El jueves por la mañana fui a pesarme a la farmacia. 47 kilos. He adelgazado un kilo. Una sensación de confusión se apoderó de mí. Por una parte, me alegré por no haber engordado, me alegré, incluso, por haber adelgazado. Pero, al mismo tiempo, me sentí mal. Horrible. Sentí una terrible angustia en mi interior por haber adelgazado. No quiero adelgazar. No quiero engordar pero tampoco quiero adelgazar. Me da miedo adelgazar. Me da pánico volver a adelgazar. Me alejé de la farmacia algo confusa porque por primera vez, no me había propuesto adelgazar y aún así, lo había hecho, porque, por primera vez, me sentía mal por haber adelgazado.


Después de tantos y tantos años sintiendo una increíble sensación de euforia y satisfacción cada vez que veía descender la aguja de la báscula, por primera vez en mi vida, aquello no me hacía sentir bien.


Por una parte aquello me alegró. El saber que iba por buen camino. El saber que me estaba dando cuenta de lo que quería, de que no quería eso otra vez, de que no quería seguir ese camino de nuevo. El darme cuenta, por fin, de aquello no debía ser así. De que el peso no es lo que debe hacernos sentir mejor o peor, de que no es más que una mentira, un modo de engañar a nuestra cabeza, llenar un vacío interior de inquietud e insatisfacción con algo que podemos manejar a nuestro “antojo”.


Pero por otro lado, aquello me asustó. El hecho de adelgazar otra vez, de perder peso, de que, por poco que fuese, una parte de mí se había sentido bien por el mero hecho de adelgazar. Me asustó porque sentí que estaba lejos de recuperarme, que estaba lejos de llegar al final y, más allá de todo eso, me asustó porque comprendí lo realmente difícil que m iba a resultar.


Para colmo he perdido el apetito, el poco que tenía. En seguida me encuentro llena y no me apetece comer. No es cuestión de que me sienta mal o no quiera comer algo porque vaya a engordar sino porque… no me apetece. No puedo. Ayer, por primera vez apenas pude acabar la ensalada. Una ensalada. Con lo que me gusta la ensalada. Y apenas pude acabarla. No podía más. Mi cuerpo decía basta. No tengo hambre. No me apetece comer. Es como si al desaparecer la ansiedad hubiese perdido el apetito, las ganas de comer cuando llevas varios días alimentándote a base de fruta.


Como ya sabéis, estoy sumergida en el proyecto de mi vida que es mi libro. Pero para ello, necesito saber y conocer antes de hablar, mi experiencia no es suficiente para hablar de los trastornos de la alimentación; de modo que me dedico a leer, investigar, informarme… Ayer leí sobre las bases neurobiológicas para el desarrollo de los trastornos de la alimentación. Es muy curioso.


Resulta que el hipotálamo tiene dos partes. Una de ellas contiene el “centro de saciedad” y la otra controla el “centro del apetito”. Pues bien, las teorías y las pruebas demuestran que existen fármacos que estimulan los neurotransmisores que actúan sobre cada una de estas partes del hipotálamo, de modo que si, por ejemplo, una persona toma fluoxetina porque tiene disfunción en los neurotransmisores que actúan sobre el centro de saciedad, entonces ésta estimulará estos neurotransmisores para que envíen el mensaje correcto a la parte del hipotálamo que controla la saciedad y se sentirá saciado antes y dejará de comer. Este es uno de los fármacos que se usan para el tratamiento de la bulimia.


En mi caso, estoy tomando fluoxetina, así que es posible que la falta de apetito sea por esta cuestión. Tal vez no. De todas formas, la única conclusión a la que puedo llegar es que éste es un proceso largo y muy complejo en el que influyen muchos factores, lo que complica mucho más el tratamiento.


El viernes tengo el próximo control de peso y de dieta. Veremos cuánto peso entonces y qué me dicen en la unidad. De cualquier forma, yo me encuentro más animada y contenta que nunca, lo cual para mí es todo un logro y hace que me sienta estupendamente, sin necesidad de recurrir al peso o a la comida, más que como una cuestión de mi vida diaria y mis conductas aprehendidas.


ANA