Noviembre dulce


12 NOVIEMBRE 2007


Noviembre…


Qué largo es Noviembre. El mes de las largas noches y las tardes frías. Los árboles despiden el año del mejor modo en que lo saben hacer, dando una fiesta de luz y color. Las hojas doradas de los árboles caen al son del viento mientras las ramas bailan al compás.


Un soplo de aire frío entra por mi ventana. Respiro. Aire fresco. Aire nuevo. Aire cargado de esperanzas. Un nuevo año cargado de ilusiones que se acerca pretencioso. Un pájaro surca el inmenso cielo azul en pos de la libertad, la libertad que tanto ansío.


Noviembre oscuro y gris. Noviembre triste y frío que despide el año. Noviembre retrospectivo. Noviembre dulce que transcurre en el silencio de las vidas anónimas de los peatones que caminan cada día ocultando su rostro entre el calor de sus bufandas.


Noviembre solitario y melancólico. Mes de las tardes llenas de libros junto a la chimenea imaginaria, mes de los cafés cargados y calientes hasta altas horas de la mañana, mes de las horas interminables de música ambiental y sonidos imperturbables, mes de las tardes infinitas frente al teclado del ordenador, mes de las palabras inagotables y los pensamientos ilimitados día tras día.


Noviembre frío y ventoso. Noviembre dulce. Noviembre tranquilo. Mes de paz y de calma. Mes de nostalgia. Mes de recuerdos. Mes de divagaciones. Mes de olores que se funden en la tierra húmeda bajo un manto de hojas amarillas que crujen bajo las pisadas de los transeúntes impasibles.


Mes de miradas frías y penetrantes que perturban tu alma. Mes de miradas al pasado, mes de recuerdos, mes de vestigios de sueños inalcanzables que nunca llegan. Mes de ilusiones y esperanzas. Noviembre. Dulce y amargo noviembre.


El electro salió perfectamente. Tengo un corazón a prueba de balas. Estoy segura de que se debe a todo el deporte que hago, sin el cual mi vida no sería la misma. El deporte, siempre que no se haga como una obsesión y con el único objetivo de perder peso, es la mejor terapia psicológica y física ya que, no solo ejercita los músculos, el corazón, el metabolismo y el organismo en sí, sino, también, el sistema locomotor y neurológico y aporta grandes beneficios para el desarrollo personal.

ANA


1ª Sesión


05 NOVIEMBRE 2007


El 01 de Noviembre era el 25 aniversario de mis padres, pero como tanto mis hermanos como yo habíamos planeado irnos unos días de vacaciones, pensamos conmemorar sus Bodas de Plata en una pequeña íntima celebración familiar el martes 30 de octubre. Fuimos a cenar a un restaurante italiano en el que tan sólo pedí una ensalada. Después de la cena, vinieron los regalos. Les hice tres señala libros que diseñé personalmente con diferentes fotos de la boda y de nosotros de pequeños, y no tan pequeños. Les enmarqué varios de los ejemplares de recuerdo y les regalé un ramo de margaritas que fue el ramo de novia de mi madre. Por último, les regalé lo más importante: “Carta a mis Padres”. Les escribí una carta que imprimí y encuaderné a modo de publicación y de la que edité unos 10 ejemplares para repartir entre familiares y amigos íntimos. Una carta dirigida a mis padres, principalmente, en la que me sinceré por completo, en la que les pedí disculpas, en la que les di explicaciones y en la que les di las gracias. Una carta en la que les transcribí el prólogo de mi libro contando el por qué del mismo, cómo nació el libro y por qué. Una carta de confesiones, una carta de retazos, de sentimientos, de sensaciones, de recuerdos, de divagaciones, de preguntas y respuestas. Así mismo, añadí, un fragmento que, tal vez, muchos de vosotros hayáis leído; aquella carta que escribí a mi madre de ocultis por el día de la madre. Pensé que, tal vez, era un buen momento para entregársela.


Mañana del 31 de Octubre. Tengo que estar a las 8:30 al otro lado de la ciudad para mi primer control de peso y dieta. Me levanto a las 7:00 de la mañana. Me visto, desayuno mi habitual café con leche desnatada y mi tostada de pan de molde integral cortada en 5 tiras, me lavo los dientes, me peino, hago mi cama, arreglo mi habitación, cojo el bolso y salgo por la puerta. Esta vez he tenido suerte y mi padre me lleva al hospital en coche. Después de un increíble atasco que atraviesa la ciudad llego puntual a la unidad de trastornos alimenticios del Hospital Royo Villanova.


Pilar, la enfermera, me entrega una hoja donde tengo que rellenar algunas preguntas del tipo: “¿Con quién comes habitualmente? ¿Cuántas comidas realizas al día? ¿A qué horas? ¿Tienes algún ritual a la hora de las comidas? ¿Qué alimentos comes habitualmente? ¿Qué alimentos no comes nunca? ¿Qué alimentos procuras no tomar? ¿Cuánto pesas? ¿Cuál ha sido tu peso mínimo? ¿y tu peso máximo? ¿Cuándo fue tu última menstruación? ¿Tienes atracones? ¿Con qué frecuencia? ¿Te provocas el vómito? ¿Con qué frecuencia? ¿Haces deporte? ¿Cuántas veces tomas los siguientes alimentos al día, semana o mes?”


Después de debatir y titubear en algunas de mis respuestas, entrego mi cuestionario perfectamente rellenado y entro en la sala contigua donde me siento frente a la mesa de la enfermera que saca un montón de hojas y comienza con la sesión informativa. Observa algunas de mis respuestas y enfatiza en la importancia de una dieta equilibrada.


En primer lugar, me explica el desarrollo de un TCA. Sabe que entiendo a la perfección por qué estoy aquí. Sabe que he leído mucho, que estoy informada, que entiendo, que comprendo, que estoy por la labor, que estoy de su parte, que quiero intentarlo. Sabe que no me explica nada nuevo pero tiene que explicármelo. Aún así, algo de lo que me dice llama mi atención. Me muestra un esquema sobre el desarrollo de los trastornos alimentarios. Los factores influyentes, la presión sociocultural, el contexto familiar, la baja autoestima, el perfeccionismo, la ineficacia para afrontar los conflictos, los acontecimientos externos incontrolables… todo ellos se reflejan en una insatisfacción corporal que llevan a la dieta. La DIETA. El detonante. Nunca pensé que la dieta fuese el detonante. La enfermera me explica cómo muchas personas pasan por la misma situación y sufren los mismos factores sin que en ellas se desarrollen un TCA, esto es porque no existe tal detonante. La dieta. Ese es el detonante. La dieta es lo que hace que se desarrolle un trastorno de la alimentación. Y, por tanto, para subsanarlo, para superarlo, hay que incidir en la dieta. Hay que reestablecer la dieta, hay que equilibrar la dieta para eliminar el trastorno.


Continúa con la sesión informativa. Pirámide de la alimentación. Primer nivel: Patatas, arroz, pan, pasta, harinas y cereales (4-6 raciones al día). Segundo nivel: Verduras, hortalizas y frutas (4-8 raciones al día). Tercer nivel: Leche, queso, queso fresco, yogur, cuajada (2-4 raciones al día). Otros quesos y aceite de oliva (3-5 raciones al día). Cuarto nivel: Pescados, carnes magras, aves, huevos, legumbres, frutos secos (2-3 raciones a la semana). Quinto nivel: Embutidos, carnes, grasas, ahumados (ocasional). Sexto nivel: Dulces, caramelos, pasteles, snacks dulces o salados, refrescos, salazones (ocasional). Séptimo nivel: Mantequilla, margarina, bollería, mayonesa (ocasional).


A continuación, me explica el patrón de comida regular. 3 comidas diarias y 2 tentempiés planificados, es decir, 5 comidas al día. Y he aquí mi pregunta, “¿cómo es posible pasar de saltarse comidas y hacer ayunos a, de repente, hacer 5 comidas diarias?”. La experta responde, “no se trata de que de un día para otro hagas 5 comidas de repente, sino de que te vayas acostumbrando a ir dividiendo las comidas en 5 al día para que se te haga más fácil. Sé que al principio será difícil, pero se trata de ir reeducando a tu organismo así como a tu cabeza. Ir acostumbrándote de nuevo a alimentar a tu cuerpo. Es más fácil si llevas unas pautas, si lo haces de una forma equilibrada, si llevas un control. Si haces tan sólo 3 comidas diarias, cuando te sientes a la mesa tendrás más hambre y querrás ingerir más cantidad de comida o por otro lado, te sentirás llena en seguida y no querrás comer más. Se trata de dividir las comidas, para que alimentes a tu cuerpo del modo adecuado y le administres lo que realmente necesita del modo que lo necesita. Aunque resulte difícil al principio, poco a poco te irás adaptando y adaptando a tu cuerpo. Es un proceso lento y tienes que tener paciencia. Los resultados no aparecen de un día para otro, pero se trata de que poco a poco, con la terapia, las sesiones, los controles, etc… vayamos consiguiendo reeducar tu cuerpo y tu organismo.”


Siguiente hoja: Planificación de 5 comidas al día con ejemplos y consejos en los que aparecen en qué y cómo deben consistir cada una de las 5 comidas diarias y los beneficios que te aporta cada uno de esos comportamientos o alimentos.


Razones para eliminar algunos comportamientos: eliminar vómitos, laxantes, diuréticos, productos dietéticos sustitutivos, ejercicios físico desmesurado. Sé que muchas de estas cosas no son mi caso, al menos en este momento de mi vida, pero la información nunca está de más.


A continuación, me entrega unas hojas con información sobre una dieta equilibrada y la importancia de ésta, donde aparecen los nutrientes que aportan cada uno de los diferentes alimentos o en qué alimento encontrarlos y para qué o por qué es necesario cada uno de ellos.


Las personas anoréxicas creemos tener nociones más que suficientes sobre la alimentación y la dieta. Nada más lejos de la verdad. Lo cierto es que apenas sabemos nada sobre la dieta. Durante esta sesión informativa, que considero de vital importancia y que, a mi juicio, debería ser de obligada educación en las aulas escolares, he aprendido la verdadera importancia no de la alimentación del organismo sino del equilibrio de la dieta. Por ejemplo, las espinacas y las acelgas son los dos únicos alimentos que contienen el ácido fólico necesario para el funcionamiento y desarrollo correcto de los neurotransmisores de nuestro cerebro. Del mismo modo, la fruta contiene una gran cantidad de vitamina c, cuyos antioxidantes son los que permiten absorber el hierro que proporciona la carne. Es decir, de nada sirve comer uno u otro alimento si no se equilibra la dieta. Aquí es donde prevalece la importancia de ésta. A veces resulta como un juego. Como un puzzle en el que encajar todas las piezas para que todo funcione.


Pilar me habló detenidamente de las graves consecuencias de los TCA que conocía de sobra. Las personas con Anorexia o Bulimia no nos paramos a pensar en los efectos secundarios que produce nuestra enfermedad. Solamente pensamos en el ahora. Solamente pensamos en que adelgazaremos unos kilos, en que estaremos mucho más monas, en que podremos meternos una talla menos de pantalón, en que bajará la aguja de la báscula… pero no pensamos en que estamos destrozando nuestro esófago, nuestro aparato digestivo, nuestro estómago, nuestro aparato cardiovascular, nuestro aparato neurofisiológico… Cuando te provocas el vómito corres un riesgo de asfixia que puede provocarte la muerte y, al mismo tiempo, corres el riego de que la bajada de los electrolitos te produzca una parada cardiaca y, por tanto, la muerte. Las personas anoréxicas, por su parte, corren el riesgo de sufrir arritmias cardiacas y problemas en el aparato cardiovascular, ya que al no alimentar a su organismo su corazón se empequeñece y esto causa que tenga un latido irregular (Esta tarde tengo mi primer electrocardiograma para conocer mi ritmo cardiaco).


Otras consecuencias de los vómitos son las posibles úlceras estomacales o esofágicas, así como, irritaciones en el esófago. Un problema muy común entre bulímicas y anoréxicas purgativas es el reflujo gastro-esofágico. Como consecuencia de los vómitos recurrentes, el esfínter esofágico inferior, la compuerta que separa el esófago del estómago, deja de funcionar correctamente y, por tanto, el contenido gástrico sube desde el estómago hacia el esófago pudiendo ocasionar una esofagitis, inflamación del esófago. Esto se debe a que la mucosa del estómago es mucho más resistente que la del esófago, ya que ésta no está preparada para soportar los ácidos que realizan la digestión en el interior del estómago. El síntoma más frecuente del reflujo gastro-esofágico es la pirosis, la sensación de ardor o quemazón en la boca del estómago a causa del defectuoso funcionamiento del esfínter esofágico inferior.


La enfermera me entregó una nueva hoja informativa sobre el reflujo gatro-esofágico ante mi sospecha a padecer dicho problema estomacal en la que se describían algunas recomendaciones saludables sobre comportamientos y alimentos. Luego, me dio unas hojas con pautas para salir de la bulimia, sin estar muy segura de que ese fuera mi caso ya que le repetí en diversas ocasiones que no tenía atracones, y una hoja sobre la dieta restrictiva y las conductas de riesgo que conlleva.


Le hablé sobre mi posible intolerancia a la lactosa. Me dijo que era muy normal y que debía reducir mi consumo de leche y de quesos y sustituirlos por quesos frescos y yogures descremados. Ya lo estaba haciendo desde hace años pero hizo hincapié en la importancia de los lácteos para adquirir la cantidad necesaria de calcio y más aún cuando desaparece la menstruación ya que puede provocar osteoporosis en el sistema óseo.


Después de la charla informativa, me subí a la báscula, me midió y me pesó. 1,60 cm. 48 kilos. Calculó mi IMC: 18,75 y me tomó la tensión: 9/6. Anotó todos los datos en las tablas que llevaban mi nombre en la fecha del 31 de octubre. IMC un poco bajo. “Tienes que ganar algo de peso.” Aquello me asustó. No quiero engordar. No quiero engordar. Me da pánico. No quiero engordar. Me dijo que tal vez sólo serían un par de kilos. Aún así me da miedo. Ojalá no fuese así. Sé que no estoy gorda pero no puedo evitar verme así. Sólo quiero aprender a comer. Que me enseñen a hacer una dieta equilibrada, que me enseñen a no tenerle miedo a la comida, que me enseñen a no necesitar no comer para sentirme bien, sólo quiero aprender a hacer una dieta equilibrada que me permita quedarme así. 48 kilos está bien. Ella añade: “sólo será lo suficiente para que estés sana”. No estoy por debajo del IMC 18, de modo que no estoy excesivamente delgada, solo algo delgada, ¿por qué no puedo quedarme así? ¿acaso no hay personas de complexión delgada?


“¿Qué quiere decir tensión 9/6?” le preguntó. “Tensión un poco baja” añade. “¿Te mareas con frecuencia?”. “Cuando me levanto rápidamente o hago movimientos bruscos.” Respondo. “Es normal. También tenemos que trabajar en ello.”


Para terminar la sesión me da dos tablas que debo rellenar a diario con las comidas que hago al día, incluyendo cada cosa que como, en cada uno de los 5 momentos del día así como los extras o los posibles atracones o vómitos para analizar en la próxima sesión mi dieta y mi alimentación, si necesito añadir o eliminar algún tipo de alimento, si hago una dieta demasiado restrictiva o comprobar determinados comportamientos de riesgo o las posibles razones de estos.


Próxima sesión: 21 de noviembre.


Esa misma tarde me fui a ver a mi chico, esta vez con mi hermano pequeño, que se apuntó al viaje. 4 días de dieta equilibrada con entre 3 y 4 comidas diarias. Ahora empieza lo difícil. Ahora me toca a mí.



Sé que tengo mucha suerte de tener un lugar al que acudir. Me ha costado mucho dar el paso. Muchos años, mucho sufrimiento y mucho esfuerzo, pero tengo suerte y tengo un lugar al que acudir, tengo apoyo y ayuda. Tengo un centro gratuito adaptado a mis necesidades al que muchas de vosotras no tenéis acceso. Muchos centros de España y de otros lugares del mundo carecen de este tipo de Unidades y de servicios, de modo que tengo suerte de tener esta oportunidad. Si estás en esta misma situación, aprovéchala, no pierdes nada por intentarlo. Si no es así, si no tienes esta posibilidad, lo único que puedo ofrecerte es toda la información que me brindan. Si deseas más información, si deseas saber cómo, si deseas conocer alguna respuesta, si deseas ayuda, si deseas hablar, desahogarte, si deseas salir de esto y no sabes cómo, si deseas intentarlo, si quieres, puedes ponerte en contacto conmigo: princesa__ana@hotmail.com


Cuando leí la respuesta de Anafilactita sentí deseos de responder de nuevo. De hecho, lo hice. Garabateé un montón de pensamientos en un trozo de papel para una nueva entrada que pensaba titular “Para Anafilactita II”. Luego comprendí que no era eso lo que quería hacer. Que no quería entrar en ese juego. Que éste, mi blog, es un diario personal en el que otros pueden participar y opinar pero no el que debato con gente con la que no estoy de acuerdo, de modo que, Anafilactita, si estás interesada en comunicarte conmigo, hazlo a través del correo. No quiero entrar al trapo en mi diario, éste es mi pequeño lugar sagrado, donde me expreso, donde me desahogo, donde me evado, donde me libero. No necesito justificarme. Gracias.


ANA


Para Anafilactica


25 OCTUBRE 2007


Para empezar, creo que te equivocas conmigo. En primer lugar, el que te de haya decepcionado no es que me no preocupe o no me importe pero le doy la importancia que se merece porque no hago esto por los demás sino por mí misma y no tengo que contentar a nadie más que a mí. Si de verdad crees que te he decepcionado es que tal vez esperabas demasiado de mí o tenías demasiadas expectativas puestas en mí.


Como ya le decía a mi chico ayer, me preocupa que la gente de mi alrededor quiera ver cambios repentinos, instantáneos, de la noche a la mañana. Pero eso no es posible. Sencillamente no funciona así. Si fuera tan fácil, la anorexia no sería una enfermedad tan difícil de superar. Cuando decidí que quería recuperarme, decidí que no quería morir, que no quería seguir este camino, que no quería sufrir más, que quería ser feliz. Pero querer recuperarse, asumir que estás enferma, aceptarlo, reconocerlo, con todas las consecuencias que ello implica, no significa aceptar de un día para otro que quieres comer, no significa que vas a dejar de sentir todos esos sentimientos en tu interior. Ojalá fuera tan fácil. Ojalá pudiese elegir cambiar lo que siento o cómo me siento cuando como o cuando no lo hago, pero desgraciadamente no puedo hacerlo. No sé hacerlo. Por eso he decidido que quiero recuperarme, para cambiar eso.


Que no coma y me sienta bien no quiere decir que no quiera recuperarme. Pero que sea consciente de que no debería ser así quiere decir que quiero intentarlo.


No creo que puedas opinar si tan sólo has leído el primer párrafo de mi escrito y si así es, lo siento. Si de verdad crees que tan solo me importo yo y solo yo entonces es evidente que no me conoces porque estoy haciendo un gran esfuerzo, y no sabes cuánto, para salir de esto. Y aunque lo haga principalmente por mí misma , no lo hago únicamente por mí. Porque hay mucha gente que me importa.


Creo que he dejado bien claro en diversas ocasiones que no pretendía ayudar a nadie con este blog, si bien, con el tiempo, muchas de vosotras, que me habéis leído y apoyado, que me habéis entendido y comprendido, que os habéis sentido identificadas conmigo, habéis visto en mí un ejemplo a seguir de fuerza y coraje, de lucha y esperanza. El hecho de poder ayudar, simplemente con el ejemplo, a muchas de las chicas que padecen lo mismo que yo, que sienten, que sufren, que callan, que mienten… el hecho de poder ayudarlas simplemente con lo que escribo, con mi historia, me hace querer continuar cada día. Sin embargo, ya he dicho varias veces que no es fácil. Que lo estoy intentado pero que es difícil. Que yo me caiga o retroceda, que me estanque o tenga miedo a avanzar no significa que no quiera seguir porque estoy convencida de ello y me siento orgullosa.


Me entristece que creas que no son más que “patochadas”, eso me hace entrever que no comprendes la dificultad que implica salir de esto. Querer ser feliz no implica repentinamente sentirte bien cuando comes, si así fuera no sería tan difícil. Cuando decidí que quería recuperarme, confirmé que quería ser feliz, que quería intentarlo, pero no acepté que quisiese comer. Hay muchas otras cosas en las que debo trabajar antes si quiero poder volver a comer sin sentir todos esos sentimientos que, según tú, no son más que una historia. “Otra historia para enganchar a más gente”. Siento que creas eso. Pero si de verdad crees que no te beneficio en absoluto, tal vez, no deberías leerme. Eso es decisión tuya. Este no es lugar de apoyo ni de recuperación. Es un diario personal de una chica que quiere recuperarse de una anorexia. Un diario personal y como su nombre indica, un diario en el que escribo lo que realmente siento o cómo me siento, para bien o mal, eso es lo que lo hace diferente. No escribo lo que la gente quiere oír o leer. Escribo lo que de verdad siento o cómo me siento. Escribo la realidad de mi vida, con sus más y sus menos. Con sus avances y retrocesos. Con sus recaídas y sus progresos.


Ojalá todo fuese tan fácil. Decides que quieres recuperarte, comes y eres feliz. Ojalá fuese así de fácil. Pero tú, al igual que yo, sabes que no lo es. Y yo lo estoy intentando. Que lo intente no quiere decir que vaya a dejar de sentir todas esas cosas que llevo sintiendo en mi interior todos estos años de repente, es un proceso lento en el que he de aprender a ir eliminándolas, una a una, poco a poco.


También a mí me decepciono cuando no como, cuando me siento bien por no haber comido. Pero aunque aún no sea capaz de comer a diario, he dado el paso de sincerarme. De reconocer que no he comido, de reconocer que me siento bien por no haber comido y, sobre todo, de ser consciente, de que no debería ser así. Hace años habría puesto la mano en el fuego por defender que era así como tenía que ser. Ahora sé que estaba equivocada pero reconocer que estás equivocado no quiere decir que sea fácil rectificar.


Yo lo estoy intentando. Y también me decepciono muchas veces. Pero me decepciono sobre todo cuando las personas que me rodean ponen las expectativas demasiado altas en mi recuperación Cuando las personas que me rodean creen que aceptar que quieres recuperarte significa aceptar repentinamente que quieres comer. Cuando las personas que me rodean se desesperan cuando no me acabo el plato. Cuando las personas que me rodean esperan que todo suceda demasiado rápido, de la noche a la mañana, de un día para otro sin apenas haberme dado tiempo para comenzar mi recuperación.


Es un proceso lento. Y las expectativas deben ser acordes. Yo me siento orgullosa del paso que he dado. Sé que no ha hecho más que empezar. Y sé que viene lo más difícil. Sé que será duro, que habrá días que no comeré y días en que sí que lo haré. Sé que será muy lento y muy difícil pero quiero intentarlo, estoy convencida de ello. Siento haberte decepcionado, tal vez pusiste las expectativas demasiado altas, tal vez, ni siquiera me diste una oportunidad. Tú más que nadie deberías saber que no es tan fácil.


A todos los que seguís creyendo en mí y en que voy por el camino correcto, a pesar de los retrocesos, daros las gracias por vuestro apoyo.


Estuve en la 1ª sesión con el psiquiatra de turno, al que conté mi historia por enésima vez. Sigo con los antidepresivos, me quitaron los ansiolíticos y me añadieron unos antiepilépticos. Me han pedido un electrocardiograma y me han dado cita para el endocrino. Tengo que volver la semana que viene a hacer un control de peso y de dieta. Estoy en el camino…


ANA


Antagonismo II

23 OCTUBRE 2007


Es triste pero hoy me siento bien. Sé que muchas de vosotras comprendéis a la perfección ese sentimiento. Tanto la tristeza como la satisfacción. Es el día a día. El antagonismo continuo, día a tras día.


Hoy me siento bien porque ayer lo conseguí. Aguanté todo el día prácticamente en ayunas. Un café bien cargado para el desayuno, una manzana pequeña y una Coca Cola Light para el almuerzo y otro café a media tarde para luego aguantar toda una hora en el gimnasio sudando y dando brincos hasta quedar extasiada. Llegué a casa a las 22:00, después de un largo día del que me sentía muy satisfecha, simple y llanamente, por haber resistido sin tener que alimentar a mi organismo, por no haber flaqueado, por no haber sucumbido a la tentación y, más aún, por no haber sentido siquiera tentación alguna.


A la cena no puedo escaquearme. Es el único rato, agradable o no, que pasamos todos juntos en familia. El único momento que compartimos en todo el día. Me siento cuando todos han empezado ya sin mí. Como un poco de ensalada de tomate con atún y un pequeño trozo de tortilla de espinacas. Por último, la parte sagrada de cada comida, la fruta: una naranja.


Estaba molida. Tanto que apenas me tenía en pie. Es triste pero esa sensación de no poder más y, sin embargo, de haber aguantado hasta el final, ese sentimiento de ser capaz de luchar contra las fuerzas de la naturaleza, contra los clichés, contra las suposiciones, contra la algarabía, contra la tentación, la gula, el ansia, la vulnerabilidad… esa sensación de haber sido capaz, pese a las circunstancias, ese hecho, simplemente ese hecho es lo que me hace sentir bien. No es la comida en sí lo que me hace sentir así. No es el hecho de no comer o de saltarme la comida, no es el hecho de sentir ese vacío permanente en el estómago, no es esa sensación de mareo constante. Es la sensación de ser capaz, de mantener el control por encima de todo, de ser capaz de luchar contra lo razonable, contra lo establecido, contra las normas. Es la sensación que te produce el sentir que eres sobrenatural, que puedes conseguirlo, que eres capaz de saltarte los límites. De eso se trata, mucho más allá de la comida. Es el deseo de explorar los supuestos límites que debe seguir la naturaleza, es el hecho de ir contra la naturaleza y sentir que eres capaz de vencer esa batalla.


Esa absurda batalla, al fin y al cabo. Me resulta desconcertante pensar que estoy en un proceso de recuperación al tiempo que sigo con esas ideas y sentimientos en mi cabeza. Sé que todo eso no va a desaparecer de la noche a la mañana. Sé que tiene que ser un proceso paulatino y lento y no me niego a querer seguirlo pero, en este momento no me siento preparada para enfrentarme a eso. No es la comida lo que me quita el sueño, es ese sentimiento. Esas sensaciones.


No me importa que me obliguen a comer a pesar de que no me apetezca, incluso estoy dispuesta a hacer ese esfuerzo, si de eso se trata, lo que no quiero es que me quiten ese sentimiento. Esas sensaciones. Y mientras todo ello no desaparezca en mi cabeza, la comida seguirá ausente en mi vida.


La mayoría de la gente no entiende en qué consiste todo eso. A qué se refieren esas sensaciones, esos sentimientos. Es difícil entender por qué o cómo la comida o la no comida, en este caso, puede hacerte sentir así. Es difícil entender que necesites ese control, sobrepasar esos límites, lidiar esa batalla contra las normas sociales, y contra la sociedad en sí misma, para sentirte capaz, valorado, suficiente, satisfecho, bien.


Lo más triste de todo es que ni siquiera ese gran esfuerzo sirve para hacerte más feliz. Ni siquiera te hace estar más alegre. Simplemente renueva tus fuerzas para enfrentarte a un nuevo día, a un cuestionable mañana. Es una lucha diaria, continua y antagónica contra ti mismo que no te permite siquiera disfrutar de esa sensación. Cuerpo y mente se enfrentan en una caótica relación. Te sientes bien pero te sientes mal. Tu cuerpo te dice una cosa y te mente te dice lo contrario. ¿Qué hacer? ¿A quién seguir? Puedes sentirte bien contigo mismo mientras cargas con el peso de saber que haces lo incorrecto sobre tus espaldas o puedes sentirte una auténtica mierda contigo mismo aún sabiendo que haces lo correcto. Un dilema. Una cuestión. Un algoritmo sin solución. Ojalá las decisiones fueran más fáciles. Ojalá el antagonismo no fuese tan antagónico. Ojalá el dolor no doliese tanto.


De momento, yo tengo una respuesta para esa pregunta y cada día voy cargando más y más el peso que llevo sobre las espaldas pero ojalá algún día pueda vaciar todo ese
peso que llevo sobre mi cuerpo.



Me quedé dormida porque anoche estaba molida. No tuve tiempo para desayunar (qué pena). Estoy en la facultad y no voy a comer a casa, lo que supone que no voy a comer. Llegaré tarde a casa, de nuevo. De modo… que no tomaré nada hasta la hora de la cena. ¿Por qué tiene esto que hacerme sentir tan bien?
Mañana tengo médico. Mañana a primera hora. Unidad de adultos de TCA del Hospital Royo Villanova. 1ª sesión. Al fin y al cabo, quiero recuperarme… ¿no?


ANA


Dolor, confesiones y mentiras


18 OCTUBRE 2007


Ya estoy otra vez de vuelta. Estas vacaciones han sido realmente fantásticas. Imagínense 10 días perdidos por el monte con su chico alejados del mundanal ruido. Lo he pasado tan bien y he estado tan a gusto que hasta he comido como un cosaco; tanto que apenas me reconozco.


Lo más duro y lo más difícil de comer no es la comida en sí porque, al fin y al cabo, piensas que unos días son unos días, de modo que te das a la buena vida, te permites tomarte unos días de descanso en esta dieta continua que es nuestra vida. Te levantas la veda y te convences de que te has ganado unos días de descanso en todos los aspectos. Lo peor de comer es que cuando vuelves a tu vida diaria, a tu casa, a tu rutina… te resulta más difícil aún comer porque en el fondo echas de menos la comida. Y eso es lo realmente difícil. Asumir que necesitas comer, que deseas comer, que no puedes vivir sin la comida cuando lo que desearías es completamente lo contrario.


La comida se convierte más que nunca en un acto social, en el centro de reuniones, en un tema de diálogo continuo y aunque llega un momento en el que eres capaz de inmiscuirte en dicha conversación como uno más, lo cierto es que aborreces la comida por ser un evento social de tal dimensión y deseas huir más que nunca de tal insulsa y banal dinámica diaria.


El lunes por la tarde volví a ARBADA, pero en esta ocasión lo hice con mi madre. Ninguna de las dos sabía muy bien qué hacíamos allí, pero allí estábamos. Llegué tranquila y muy segura de mí misma, repasando mentalmente lo que diría para introducir la conversación, aunque algo más aturdida que de costumbre, tal vez por la presencia de mi madre, que estaba más cerca que nunca de encarar el verdadero problema. Aturdida porque no sabía si la presencia de mi madre lograría cohibirme o me impediría hablar con total libertad y sinceridad.


Introduje la conversación tal como había planeado, esperando que mi madre rompiera el silencio. Allí estábamos, una junta otra frente a M que nos miraba atentamente tratando de entender los por qués. Mi madre se fue soltando poco a poco y explicando un sin número de cosas de las que yo ni siquiera era consciente. Tantas cosas que apenas podía imaginar. Mi madre habló con total claridad explicando cómo también ella había vivido mi enfermedad, cómo toda mi familia ha padecido la enfermedad conmigo, haciéndome comprender que, a pesar de mi ingenuidad, todos me apoyaban muy de cerca.


Todas las confesiones sinceras de mi madre supusieron tal sorpresa para mí que apenas podía atisbar. Tantas cosas sin saber, tantas cosas que nunca quise ver, tantas cosas que nunca supe comprender, tantas cosas de las que nunca fui consciente, tantas cosas a las que siempre fui ajena mientras vivía en mi propio mundo. Ahora me doy cuenta más que nunca de que la anorexia no es un secreto, sino una mentira, una gran mentira a uno mismo. Te mientes a ti misma creyendo que puedes vivir al otro lado, ajeno a todo lo que ocurre a tu alrededor. Te pones una enorme venda en los ojos que no te permite ver y te engañas. Te engañas a ti misma.


Parecía mentira que fuese posible que mi madre fuese consciente de todo aquello de aquel modo. No era posible que mi familia hubiese estado a mi lado cuando yo siempre me sentí tan sola. Resulta difícil creer que aquel sentir tan real, aquella soledad intensa en mi interior, aquella sensación de insignificancia, de no importarle a nadie, no fuese más que una mentira, una mentira en mi cabeza. Resulta difícil creer que mientras yo vivía en ese otro mundo paralelo, en el mundo real mi familia seguía queriéndome, apreciándome, apoyándome, preocupándose, esperándome. Resulta difícil asumir que has estado tantos años viviendo en un mundo paralelo, distinto y distorsionado.


Creía que ahora vendría lo más fácil. Creía que sólo tendría que caminar por un sendero corto y llano. Pero el camino es largo y escarpado, lleno de obstáculos. Al menos 5 años de tratamiento. 5 años más. Aborrecí aquella idea de tener que pasar otros 5 años luchando contra esta enfermedad, al mismo tiempo que me tranquilizó la sola idea de no desprenderme de mi enfermedad tan fácilmente.



Me resulta difícil comer. El no comer, el saltarme cada día las comidas se ha convertido en una normalidad en mi vida, de la que me cuesta mucho desprenderme. Ayer me salté la comida como de costumbre. Comí únicamente un melocotón. Al llegar de clase, sin saber muy bien por qué, comencé a comer cereales. Me sentía tan mal que seguí comiendo para terminar vomitándolo todo. No sé por qué lo hice. Ni siquiera sentí deseo alguno de hacerlo. Ni siquiera sentí la necesidad de comer. Ni siquiera me apetecía comer. Pero lo hice. Algo se apoderó de mí y lo hice.


Después de vomitar, los sentimientos de reproche, de malestar, de angustia, de insatisfacción, de odio, volvieron a inundar mi alma después de tanto tiempo.


Fui al gimnasio en un intento de abstraerme, de evadirme, pero también de eliminar los posibles restos de calorías acumulados en mi estómago. Volví extasiada en mi bici, como de costumbre. Cuando estaba cerca de casa di media vuelta y me alejé de allí. No deseaba volver, no deseaba estar en casa, sentí una necesidad horrible de huir. Me sentía mal. Empecé a aborrecerme, a odiarme por comer, por vomitar, pero, sobre todo, por no ser capaz de mantener el control, el ayuno, por haber sucumbido a la tentación. Había fracasado. Me sentía tan mal que deseaba hacerme daño. Una lágrima recorría mi rostro al tiempo que seguía pedaleando sobre mi bicicleta. Deseaba hacerme daño más que nunca. Deseaba castigarme por aquel fracaso. Pensé en golpearme, cortarme o, incluso, quemarme con las pequeñas chispas de fuego que desprendían las cenizas de mi cigarro. Deseé hacerlo más que nunca. Deseé autolesionarme más de lo que nunca lo había hecho. Sentí una sensación en mi interior que me instaba al auto castigo. Pero no lo hice. No podía hacerlo.


A pesar de que siempre he sentido la tentación de deslizar la hoja fría y afilada de un cuchillo sobre mi brazo, recorriendo las venas azules traslúcidas sobre los huesos; a pesar de que siempre he imaginado los cortes suaves y profundos, la sangre roja goteando sobre el embaldosado, las cicatrices sobre la piel… a pesar de que he imaginado decenas de veces que podría hacerlo, que sería capaz de hacerlo, de que aquel dolor incesante sobre mi cuerpo tal vez podría proporcionarme más dolor aún que el propio dolor que supone matarse de hambre; no lo hice.


Lo más triste de todo es que no lo hice, no porque creyese que estaba mal o que no debía hacerlo sino, porque me daba miedo. No hablo del miedo de hacerse daño, no hablo del miedo al dolor, sino del miedo a la adicción. Del miedo a sentir algo tan maravilloso que me instase a repetir, a volver a hacerlo, una y otra vez hasta la saciedad, hasta el colapso. No podía hacerlo porque ya estaba suficientemente jodida como para emborronar más aún el cuadro.


No podía hacerlo y no lo hice. Al fin y al cabo mañana sería un nuevo día.

ANA

Sobre ruedas


04 OCTUBRE 2007


Martes por la tarde. Aparco mi bici, me fumo un cigarro y entro en el ambulatorio. 1ª planta. Recorro un largo pasillo completamente vacío. La puerta de la consulta está abierta. Golpeo tímidamente la puerta con los nudillos al tiempo que asomo la cabeza para comprobar si hay alguien más en la habitación. Me siento frente a mi médico y le digo: “vengo a recoger mis análisis.” Los imprime, los mira y me dice: “Perfecto. Está todo perfecto, muy bien.” Una bocanada de aire salió de mis pulmones en un largo suspiro. Sin embargo, no estaba segura de si eso era lo que realmente quería. Una parte de mí deseaba que aquellos análisis revelaran la verdadera realidad, la realidad de que me estaba muriendo por dentro. Pero no, estaba perfectamente. Aquello atormentaba a mi “yo” negativo y enfermo que lo veía más bien como un fracaso en este largo intento de suicidio que como una esperanza de seguir adelante con mi vida, que como una nueva oportunidad ante mí.

Le pido una receta de Prozac. No sé cuántas van ya con esta. Por último, le pongo al día de mi situación. Le cuento que me he puesto en contacto con ARBADA y que me han dado 3 posibilidades, de las cuales, por supuesto, él me recomienda la tercera de ellas. De modo que, me hace un volante de derivación para la Unidad de Trastornos de la Conducta Alimentaria del Hospital Royo Villanova. Es el único centro sanitario en Zaragoza en el que existe este tipo de servicio para adultos. Porque… parece mentira que a mis 23 añitos ya haya dejado ser una niña.

En esta Unidad tienen Psiquiatras, Psicólogos, Nutricionistas, Endocrinos… todos ellos especialmente cualificados. La decisión fue mía. Obviamente lo consulté antes con mi madre, le expliqué las posibilidades que tenía y ambas concluimos que ésta sería la mejor, a pesar de que el Hospital se encuentre al otro lado de la ciudad.

A veces me asusto y me da miedo. A veces quiero retroceder. Rendirme. Pero no puedo, sé que no puedo porque soy consciente de que estoy haciendo lo correcto. Sé que no puedo porque me siento tremendamente orgullosa de haber dado este paso y más aún de haberlo dado prácticamente sola. Me siento orgullosa y no estoy dispuesta a tirar la toalla. No ahora que me siento más cerca que nunca del comienzo, más cerca que nunca de enfrentarme a ello, por fin.

Jueves. Esta mañana fui por vez primera al Hospital Royo Villanova. Tan sólo fui para que me dieran mi primera cita. El recorrido en autobús fue de casi una hora durante el cual vi subir y bajar decenas de personas, todas ellas muy distintas. El autobús se iba vaciando cada vez más hasta que por fin, llegamos a nuestro destino, en el que nos apeamos los últimos 3 pasajeros. Anduve unos 200 metros para llegar a la puerta del Hospital. Era un hospital pequeño pero bonito. Rodeado de árboles y pájaros. Una sensación de paz inundó mi interior. Subí y bajé varias plantas, recorrí varios pasillos y pregunté en varios mostradores hasta que por fin di con el que me correspondía. Me hicieron una nueva historia (otra más) y me dieron cita para el día 24. Hasta entonces me tomo unos días de descanso… un merecido descanso.Por primera vez siento que todo va sobre ruedas.

Mañana me voy de vacaciones con mi chico, son las Fiestas del Pilar!! Estaré 10 días en Madrid así que me ausentaré hasta el 15. Escribiré en cuanto esté de vuelta. Ánimo a todas!!

ANA


Sueño de una noche de Otoño



02 OCTUBRE 2007



Esta noche soñé. Desde bien pequeña tenía la creencia, tal vez absurda, de que los sueños son regalos que se te ofrecen cuando haces algo bien, mientras que las pesadillas son castigos por una desventurada maldad. A veces aún lo creo.


Sé que parece absurdo pero da la casualidad de que cuando me porto bien, cuando cumplo con mis propósitos, cuando siento que hecho lo que de verdad debía hacer, entonces sueño. Pero cuando te portas mal, haces daño a alguien, mientes, fracasas, no estás a la altura, entonces la pesadilla se torna en mi castigo.


Hoy soñé. Aunque no estoy segura si más que un sueño era una pesadilla. Soñé con los análisis que tengo que recoger esta misma tarde. Soñé que estaban perfectos, que no había ningún problema, ninguna señal que desvelase la realidad. Todo bien. Excepto una cosa. El médico me decía que estaba en mi peso, que tal vez no me vendrían mal dos ó tres kilos más, pero que mi peso era adecuado. Sin embargo, mi porcentaje de grasa corporal era excesivamente alto. Me decía que me sobraba grasa, que no tenía una dieta equilibrada y que debía cambiar mi alimentación. Comer más proteínas e hidratos y eliminar las grasas. Aquello me asustó sobremanera. Pensar en comer. Pensar en platos llenos de comida, pasta, arroz, carne, pescado… no, no, no. Platos rebosantes de comida delante de mí.


Era tan real… me miraba al espejo y veía cómo caía la carne flácida de mis brazos a causa de la gravedad. Mi cuerpo deforme, enormes caderas y piernas celulíticas y flácidas. Un culo demasiado grande, un estómago fofo, redondo y sin forma. Me veía deforme, excesiva, gorda, grasienta, fofa, flácida, una inmensa bola deforme.

Cada día al llegar a casa mis padres me esperaban con un plato enorme lleno de comida grasienta, podía ver la salsa, la grasa, el aceite, en cada migaja.


Ayer me dieron en ARBADA varias hojas con información sobre el modo de llevar el día a día con el TCA, además de unas pautas de comportamiento familiar para el tratamiento.


Les di a mis padres el primero de los documentos pero les oculté el segundo, las pautas de comportamiento familiar. En él dice:


[…]

- Los padres deciden los menús diarios, deben abstenerse de preguntar al paciente su opinión.

- Ignorar comportamientos o protestas del paciente respecto a cantidades, contenido o quejas.

- Variar los menús para evitar que el paciente pueda acogerse a determinados alimentos que puede llegar a ritualizar.

- No saltarse ninguna comida.

- Abstenerse de entrar en la cocina cuando se haga la comida.

- La comida y la cena constarán de primer y segundo plato y postre.

- La comida ha de ser servida por alguien de la familia, nunca por el paciente.

- El paciente ha de comer en compañía.


Tuve miedo de darles aquellas instrucciones a mis padres. Miedo de que me quitasen mi dieta. Miedo de que me vigilasen cada comida, de que no me preguntasen por el menú, de que no me dejaran servirme mi propio plato. Miedo de que no me permitieran comer a solas, de que me obligasen a comer diariamente en casa. Miedo de tener que incluir varios platos en cada comida. Tuve miedo y les oculté tal información.


Y esta soñé. Soñé que mis padres descubrían esas hojas y se las tomaban al pie de la letra, obligándome a comer cantidades inhumanas de platos sabrosos, grasientos, hipercalóricos, vigilándome en cada comida, prohibiéndome comer a solas y obligándome a volver a casa cada día a la hora de la comida.


Era real, estaba en mi sueño, pero era real. Tan real… sentí miedo, pánico. No quiero que descubran esa parte. No quiero que se entrometan. Quiero que me permitan hacerlo a mi ritmo, a mi paso, poco a poco.


No fue un sueño, fue una pesadilla y, como siempre, vuelve a cumplirse la creencia de que cuando haces algo mal, algo que no debes, como ocultar dicha información a tus padres, el castigo se cierne sobre ti en modo de pesadilla.


Y esta noche tuve una.


ANA


Esperanzas renovadas



01 OCTUBRE 2007


El viernes me llamaron de ARBADA. Simplemente fue una confusión de modo que volvimos a concertar una cita. Esta mañana acudí en mi bicicleta, como de costumbre, 3 minutos pasadas las 10. Una chica sencilla, de aspecto amable y cordial, me abrió la puerta. Me hizo entrar en una habitación durante unos minutos mientras atendía a otra persona y enseguida me atendió. Entramos en su despacho.


“Bueno, cuéntame ANA” me dijo. No sabía por dónde empezar. ¿Qué debía decir? ¿Qué debía contar? ¿Cuánto debía desvelar? Me dijo que contase lo que quisiera, sólo lo que quisiera. Empecé a hablar sobre mi relación con la comida desde la infancia, de los cambios de ciudad en la adolescencia, de las dietas, los vómitos, el peso, las mentiras… Luego llegó mi chico, un rayo de esperanza. Años más tarde, la muerte de mi abuelo, el regreso a las conductas anteriores, las dietas, los vómitos, el miedo… y, por fin, el último, o más bien, el primer paso, la decisión que debí tomar hace años: enfrentarme a la enfermedad.


Fue muy comprensiva, me entendía a la perfección cada cosa que decía, cada cosa que decía y cada cosa que me dejaba por decir. Me sentí tremendamente tranquila, relajada y a gusto, con la absoluta certeza de que hacía lo correcto, con la absoluta libertad para expresarme sin miedo a rechazo, críticas, repudias, juicios… Era como hablar con alguien que sabía perfectamente qué me pasaba, no habíamos tratado antes pero sentía que me conocía a la perfección.


Me escuchó. Pude hablar, desahogarme, explicarme, expresarme, justificarme… pero lo más importante de todo es que, por una vez, sentí que la persona que me escuchaba atentamente entendía todo lo que decía. Absolutamente todo. Por una vez, alguien entendía cada cosa que había en mi interior.


Durante los últimos meses he hablado con diferentes personas, amigos, mi chico, mi familia, médicos, etc. que me han escuchado pero no han comprendido. Me miraban asustados, con una expresión de incomprensión, con una mirada inquieta, en un inútil intento de entender algo que les quedaba muy grande.


Es realmente consolador que alguien, no sólo te escuche sino, te comprenda. A continuación, me explicó, me dio algunos consejos, orientaciones, diferentes caminos que debía seguir. Me dijo, como me habéis dicho muchas de vosotras, que no me he rendido, que es ahora cuando estoy empezando a luchar. Y, aunque una parte de mí esté asustada, tenga miedo, se crea incapaz, sin fuerzas e, incluso, sin ganas, otra parte de mí está deseando comenzar esta batalla.


Estoy en el camino. Estoy en el camino. Sólo tengo que avanzar.


Gracias M. Muchas gracias por tu ayuda desinteresada, por tus palabras, por escucharme, por entenderme, por recibirme, por apoyarme, por orientarme, por tu tiempo, por tu optimismo, por tu labor y, sobre todo, por la motivación que supone saber que cuentas con alguien. Gracias de todo corazón.


ANA

Falsas esperanzas


27 SEPTIEMBRE 2007


El lunes volví por fin a casa y comencé la rutina. Cómo añoraba mi rutina. Hice llamadas, concerté citas, anoté cuidadosamente cada una de ellas en mi agenda sin provocar un colapso.


El martes por la mañana me levanté temprano para ir al hospital. Pronunciaron mi nombre. Entré en la pequeña habitación ante la atenta mirada de aquel barullo de ancianos. Deposité el bote con mi orina. Me senté en la silla frente a una señora mayor de aspecto brusco. Levanté la manga derecha de mi camiseta, cerré el puño y giré la cabeza. No podía mirar. Sentí una aguja penetrando mi vena. De repente, blanco, sólo blanco. Nada. Minutos después, la mujer me dice: “Ya está. ¿Te encuentras bien?” Sí, sí, digo enseguida estando aún un poco aturdida. 3 tubos. Me sacaron 3 tubos de sangre. El martes que viene me darán los resultados.


Al llegar a casa, llamé a ARBADA, la Asociación que se encarga de los TCA en Aragón. Después de mucho tiempo me decidí a llamar. Una chica muy amable me atendió. Quedamos hoy, jueves, a las 11,00 en la oficina. Llegué a la hora en punto. Subí las escaleras y toqué al timbre. No abrió nadie. Llamé varias veces. Nada. Me senté en las escaleras y respiré hondo. Me sentí humillada, despreciada, tosca, burda. Cuando por fin te decides a confiar en alguien, cuando por fin tomas aire y sacas fuerzas de flaqueza para hacer esa llamada, para presentarte allí delante de la puerta y tocar el timbre y nadie atiende a tu llamada, te sientes sola, abandonada, perdida, absurda, inútil.


Esperé durante más de 30 minutos echa un ovillo en el segundo escalón junto a la puerta haciendo un esfuerzo por evitar que las lágrimas salieran de mis ojos. Nadie vino a rescatarme. Nadie vino a ayudarme.


Cada día me doy cuenta de que este camino que me he empeñado en recorrer en mi vida no es tan fácil como esperaba o como, tal vez, hubiera deseado. A veces dudo, a veces me asusto, a veces me arrepiento, a veces quiero retroceder o, incluso, desertar. Pero, entonces, me doy cuenta de que, poco a poco, he ido consiguiendo algunas cosas que hace que este duro camino merezca la pena. Aunque a veces dude o me asuste, aunque a veces sienta un impulso que me obliga a retroceder, he ganado pequeñas cosas en mi vida que antes no significaban nada para mí pero que ahora son una parte muy importante de este pequeño triunfo.


Destapar la caja de Pandora, hablar abiertamente de todo esto, contar con mi familia y amigos, destapar las mentiras, aceptar que no he sido capaz de controlar la enfermedad, que se me ha escapado de las manos, poder hablar de ello sin avergonzarme… todo eso ha significado un paso muy importante en mi vida y, aunque parezcan cosas insignificantes, os aseguro que son realmente gratificantes, liberadoras e importantes para seguir caminando. Todo ello me ha dado la fuerza suficiente para aceptar por fin mi enfermedad.


Siempre supe que tenía un problema. Siempre fui consciente de que las cosas no iban bien del todo, de que algo no encajaba, de que algo no iba bien, pero siempre me negué a aceptar que estuviese enferma. Me empeñé en creer que sólo necesitaba cambiar algo en mi vida, ese algo que iba mal, ese algo que hacía que todo se desplomase a mi alrededor. Y me convencí a mí misma de que ese algo no era más que yo misma. Nunca quise reconocer que estaba enferma, es más fácil aceptar que no eres perfecta y que tienes que seguir intentándolo para llegar al final. Para conseguir moldear tu vida a tu gusto, tu cuerpo, tu mente. Todo eso es una mentira. Pero me ha costado muchos años darme cuenta. Ahora, por fin, me he dado cuenta de que no era más que una fantasía de mi mente, de que no era algo real. Ahora, por fin, me he dado cuenta de que estaba enferma y, lo más importante, he conseguido aceptar mi enfermedad. Ahora, después de tantos años, soy capaz de hablar abiertamente, de expresarme, de no avergonzarme al decir que soy anoréxica. Tal vez llegue el día en que revele mi verdadero nombre. Aún es pronto. Pero ya os desvelé que vivo en Zaragoza. Me resulta difícil ir desvelando mi anonimato pero creo que es un paso importante para aceptarme definitivamente tal como soy. Nunca creí que esto pudiese llegar.


Al mismo tiempo soy consciente de que aceptarlo no es más que un paso. De que no se gana la batalla asumiendo únicamente que estás enferma. De que tienes que seguir caminando y estar siempre alerta. Es muy difícil. Demasiado difícil.


Cuando muchas de vosotras me decís que soy vuestro ejemplo, que os doy fuerza y ánimo para salir adelante, que queréis seguir mis pasos o que me admiráis por lo que estoy haciendo… me da miedo. Me da miedo porque yo no soy mejor que vosotras, ni más fuerte, ni más valiente. Sólo me he dado cuenta de que no quiero morir. Pero no merezco vuestros elogios, ni vuestra admiración.


Es jueves. Estoy en la sala de ordenadores de mi facultad esperando que comience mi clase. Le dije a mi madre que comería en la facultad porque tenía muchas cosas que hacer esta mañana pero no he comido. Nunca como cuando salgo de casa. Ni siquiera me lo planteo. No lo pienso. Es como si lo tuviese asimilado. Como el que va a clase o mira el buzón de correo. No lo piensas, sólo lo haces. Esa es mi vida. Nunca como cuando salgo de casa. A veces como una manzana para aguantar el día. Hoy ni siquiera me apetecía tomar nada. ¿Acaso es eso digno de admirar? Es difícil. Quiero recuperarme, quiero estar bien, quiero superarlo pero no quiero tener que comer cada día. ¿Por qué es tan difícil? Ojalá pudiera explicárselo a todas esas personas que no entienden, pero no puedo, no hay palabras para hacerlo. Sé que vosotras sí lo entendéis. Sé que vosotras sabéis perfectamente por qué no puedo hacerlo. Por qué es tan difícil. Por qué a veces siento que nunca conseguiré recuperarme del todo porque hay determinadas cosas en mi día a día a las que no estoy dispuesta a renunciar.


Katherin, si lees esto mándame un email a princesa__ana@hotmail.com o déjame tu dirección para poder escribirte. Cada día tiene algo que merece la pena, aunque sólo sea un segundo, aunque sólo sea una canción, un olor, una nota, una palabra, una sonrisa.


ANA


Para mis lector@s

23 SEPTIEMBRE 2007

Es mi último día de vacaciones. Mañana vuelvo a casa. Vuelvo de nuevo a la realidad. A una vida que no echo en falta, a una casa que no añoro y a una rutina que me consume.

Y, sin embargo, estoy deseando volver. Estoy deseando regresar y ponerme de nuevo a prueba, empezar mi nueva rutina que me consume porque… ¡cómo añoro ese sentimiento de desvanecimiento! Esa sensación de no tener que pensar, no tener que plantearte nada, no tener que reflexionar, no tener si quiera que sentir, que discernir entre el bien y el mal porque tienes una rutina que te marca cada paso, día tras día.

Y en el fondo, sé que echaré de menos esta sensación de libertad, la ausencia de presión, el tiempo libre que transcurre lentamente para hacer lo que verdaderamente deseas hacer sin tener que seguir un estricto plan apenas imposible de cumplir.

Echaré de menos las sensaciones que estos días me suben la adrenalina para intercambiarlas por la adrenalina que me aporta cumplir cada día con cada uno de mis propósitos, de mis estrictas reglas para alcanzar una perfección imposible tras la cual me voy desvaneciendo.

Mañana vuelvo a mi realidad. A mi falsa realidad que es en la única que he conseguido mantenerme con vida, la única en la que he conseguido salir adelante, la única que me ha permitido continuar cada día en un nuevo reto de superación.

Quiero daros las gracias a todas y todos los que me leéis y me escribís. A todas y cada una de vosotras (sé que la mayoría sois chicas). Os leo y releo siempre que puedo porque vuestros comentarios, vuestras opiniones, vuestras palabras me inundan de apoyo, de satisfacción, de orgullo y de fuerza para seguir intentándolo.

Sé que muchas de vosotras os sentís identificadas conmigo en todo lo que escribo. Lo sé. También yo me siento identificada en cada una de vuestras palabras, de vuestros sentimientos, de vuestras circunstancias. Me gustaría poder nombraros a todas porque cada una de vosotras colabora en su medida a que continúe aquí: Mad princess, Too happy too dark, Oruga, Elizabeth_princess, Nadie importante, Lorena, Lucía, Mi lectora argentina, Artu, Christina, Peligrosisima, María, Not now or ewer, Alba, Mahaba ni tongo, La punto, Princesaheridaytriste, Annys Sophia, Anakaro, Strange, Liz, Anabuscaunsitio, Irene, Elsa, Viry, La malicienta, Anne, Svetlana, Ixora, Myselfagain, Monik, Princesa Aitanita, Vampiresa oscura, Corazon electrico, Luz, Silvanna, Dalia, Cotton princess, Less, Vegan today, I want be a butterfly, Barbie kristal, Zapatitos de cristal, Ile, todos los anónimos, aquellas de las que, sintiéndolo mucho, pueda olvidarme y todas las que me leéis con frecuencia pero no os atrevéis a escribir. A todas vosotras, gracias.

Leo y releo todos y cada uno de vuestros comentarios. Gracias por admirarme, por apoyarme, por comprenderme. Sé que muchas de vosotras queréis poneros en contacto conmigo de un modo más personal, mi dirección está en mi perfil pero de todas formas os la dejo aquí:
princesa__ana@hotmail.com Algunas dejáis vuestro blog o vuestra dirección para que os visite o escriba pero tenéis que comprender que no tenga tiempo para pasarme por el blog de todas si apenas tengo el tiempo que quisiera para escribir. Podéis poneros en contacto conmigo en esa dirección de correo, prometo contestaros a todas, tarde o temprano, pero lo haré. Apenas me conecto al Messenger pero el correo lo miro con frecuencia, así que estad seguras que leeré vuestro email.

Como decía, también yo me siento plenamente identificada y reflejada en muchas de vuestras historias, de vuestras palabras y muchos de vuestros comentarios me hacen reflexionar y pensar y darme cuenta de que no merece la pena. Vuestra admiración por esta cruzada que he emprendido me da las fuerzas para seguir intentando llegar al final. De modo que os debo mucho. Vosotras formáis también parte de esa cruzada y por eso siento un lazo fuerte que me une a cada de vosotras y que en muchas ocasiones me hace desear compartir una relación mucho más cercana a cada una de vuestras historias.

Gracias por seguir ahí, gracias por apoyarme, gracias por leerme, por comprenderme, por darme fuerza. Nunca podré agradeceros lo suficiente todo lo que hacéis por mí.

Sinceramente, gracias.


ANA