Diagnóstico final


29 JULIO 2007

Estaba equivocada. He estado mucho tiempo esperando que alguien me salvara. Pensaba, o tal vez creía, en el fondo de mí misma, que alguien vendría a salvarme. Tal vez una parte de mí siga creyendo en aquel cuento de hadas en el que la princesa espera en la más alta torre a ser rescatada por un apuesto príncipe que la salve de las fauces del dragón o tal vez de sí misma. Tal vez una parte de mí misma siga creyendo ser esa princesa o más bien queriendo serlo esperando a ser rescatada. Pero ahora me he dado cuenta de que nadie vendrá a salvarme. Que soy una princesa atrapada en la torre de mi propio castillo, de mi castillo de arena.

Día a día voy poniendo granitos de arena sobre ese castillo que me cobija, que me esclaviza y que me tiene presa. Hasta que un día, de repente, el castillo de arena se desmorona y tú te desmoronas con él. Estás atrapada bajo tu propia arena, bajo tu propia esclavitud, bajo ti misma y nadie vendrá a salvarte. Tienes que salvarte tú misma.

Estaba convencida de que alguien vendría a salvarme. Esperaba, de verdad esperaba, que alguien me salvase y ahora me he dado cuenta, como nunca antes lo había hecho, de que la única que puede salvarse soy yo misma. En el fondo de mí esperaba, y de hecho estaba convencida de, que alguien vendría a salvarme y me diría “vamos, no te preocupes. Ahora estás a salvo. Cierra los ojos, dame la mano y déjate guiar.” Entonces todo iría bien. Ya sabía que no sería fácil. Que me resultaría tremendamente duro caminar por el asfalto con los pies descalzos pero esperaba, creía que alguien me mostraría el camino.

Y ahora me siento desorientada porque no sé qué camino debo escoger. Porque aunque hay una parte de mí que me dice que debo seguir adelante, aunque hay una parte de mí que me impulsa a seguir caminando, siento que no puedo hacerlo sola. Siento que no sé hacerlo sola y que si sigo haciéndolo sola volveré a tropezar con cada piedra, con cada árbol, con cada arbusto. Porque, en el fondo de mí misma, necesito que alguien me diga qué camino debo escoger y más que eso, cómo debo afrontar el camino sola para no cometer los mismos errores, los mismos fallos y no volver a caer.

Acudí a la consulta del psiquiatra algo asustada, o más bien inquieta, pero muy segura de mí misma. Sabía que ese era el único lugar en el mundo en el que debía estar en ese momento. No había estado más segura de nada en toda mi vida. Llegué un poco antes de la hora prevista. Tal vez para no hacer esperar al doctor o más bien para que no se hiciera una idea anticipada y errónea de mí (o más bien la idea correcta).

No era como imaginaba. No había ningún diván por ninguna parte. Era una habitación pequeña, trivial, vulgar e impersonal. Apenas un par de estanterías llenas de libros entre 4 paredes vacías. Una mesa. El doctor, un señor de unos 50 años con gafas y aspecto amable, sentado tras un escritorio basto y rudo. Dos sillas al otro lado. Me senté algo tímida y comencé a hablar. Estaba nerviosa. Movía las manos con gran diligencia y hablaba con locuacidad. El psiquiatra enseguida se dio cuenta de que era muy consciente de lo que me pasaba, de que expresaba a la perfección cada cosa sentía y las razones para cada uno de esos sentimientos. Hablamos largo y tendido. Él me interrumpía con algunas preguntas.


¿Cómo te describirías? ¿Dirías que eres una persona perfeccionista? ¿Viviste alguna circunstancia o situación anormal en tu infancia? ¿Te obsesionas con hacer las cosas del mismo modo una y otra vez, repetir frases o realizar algún tipo de ritual el mismo número de veces? ¿Qué sucede cuando no lo cumples? ¿Qué tal te llevas con tus hermanos? ¿Cómo es tu madre? ¿Cómo te sientes? ¿Dirías que has perdido la ilusión? ¿Qué cosas te gustan? ¿Te lavas las manos con frecuencia? ¿Has tenido alguna crisis de ansiedad? ¿Cuánto pesas? ¿Te ha desaparecido la menstruación? ¿Te preocupa tu peso? ¿Tomas pastillas para adelgazar, laxantes, diuréticos...? ¿Fumas? ¿Bebes?...


Yo contestaba a cada una de sus preguntas sin apenas titubear. Entonces me preguntó cuál era mi diagnóstico. Me quedé perpleja. ¿Mi diagnóstico? Pensé que debía ser él quien me hiciese un diagnóstico. Se dio cuenta con facilidad de que comprendía perfectamente lo que me pasaba. Anuncié que tenía problemas alimenticios que había desarrollado desde hacía años y que, si bien, ahora estaba mucho mejor, más recuperada y más estabilizada, creía que mi verdadero problema era otro, que se ocultaba tras esas extrañas conductas alimenticias pero que no acertaba a averiguar.


Hablamos largo y tendido sobre la psiquiatría, la psicología, diversos trastornos de la conducta, manías, tipos de tratamientos, la personalidad, etc, me sentí muy a gusto hablando con el psiquiatra en una conversación de tú a tú con alguien que comprendía a la perfección cada una de mis reacciones.


Tras la consulta anunció su veredicto. En primer lugar, tengo un perfil que encaja a la perfección con el de la anoréxica, lo cual conlleva un gran riesgo. Sin embargo, en la actualidad, según el psiquiatra, no encajo exactamente en ningún cuadro clínico. Tengo síntomas diversos que rozan algunos trastornos de la conducta, manías, o trastornos obsesivo-compulsivos propios de mi carácter y de una personalidad que no me beneficia en absoluto. Su diagnóstico final fue depresión leve y Trastorno Alimenticio No Específico.


Me recetó unos antidepresivos y unos ansiolíticos que debía tomar hasta nuevo aviso.


En un primer momento, dudé si debía hacerlo. En cierto modo, me parecía una forma de abstraerse de la realidad. No creo que el mejor modo de curar a una persona que sufre a causa de una realidad que le deprime, que le angustia, que le esclaviza, sea abstraerla de ella. Es como otro parche. Unas pastillas que tiñen tu vida de color de rosa. Yo quiero ser feliz por mí misma. No quiero unas pastillas que desvirtúen mi realidad.


Prozac. Leo el prospecto. Efectos secundarios: leve pérdida de peso. Genial. Voy a perder peso tomándome estas pastillas. Me arrepiento de no haber acudido al psiquiatra antes. Sé que los antidepresivos y los ansiolíticos pueden crear adicción y sé que tengo una personalidad muy dada a los comportamientos adictivos. Este hecho se me antoja especialmente tentador en un nuevo intento de autodestrucción que, desgraciadamente, controla mi vida.


Desde “Mi gran día” sigo a raja tabla las dosis de mis medicamentos. Pero sé que no es la solución. Esperaba, inocentemente, que aquel hombre de aspecto gentil y bizarro me quitase las cadenas que me oprimen. Espera algo. Tal vez un milagro. Esperaba quizá salir de la consulta con un nuevo Plan. Un método a seguir. Un tratamiento, algún tipo de orientación. Esperaba realmente que aquel hombre me salvase. Pero al salir de la consulta comprendí que nadie vendrá a salvarme. Que tan sólo puedo salvarme yo misma.


Gracias a todas por vuestros comentarios, vuestro apoyo incondicional y vuestras palabras de ánimo. Todo va bien. Al día siguiente de acabar la consulta me fui a pasar unos días con mi chico y luego a ver a mi abuela. Llegué esta misma tarde y no pude esperar a escribir. Dentro de un par de días vuelvo a irme de vacaciones y volveré a dejar un hueco durante algún tiempo pero espero volver a escribir antes de marchar. Un saludo.


ANA


Hoy es mi gran día


10 JULIO 2007

Hoy es mi gran día. Llevo años esperando este momento.


En algún momento de mi vida llegué a creer que este día no llegaría nunca. Me convencí de que podría salir de esto sola, de que no necesitaba ayuda y que, algún día, todo sería diferente como por arte de magia. Pero, en el fondo, sabía que este día tenía que llegar, que, por mucho que creyese que las cosas cambiarían por sí solas, este paso era inevitable si de verdad ansiaba vivir la vida en su máximo esplendor.


A veces creo que es posible, eso me da la fuerza para continuar cada día. Pero otras veces siento que no es más una lacra inevitable en mi vida, que siempre viviré con esto. Forma parte de mí. Y soy consciente de que puedo llegar a un punto en mi vida que me permita ser feliz si me lo propongo de verdad, aunque también soy consciente de que llevaré esta carga el resto de mi vida.


Yo soy así. Negativa, pesimista, fría, pensativa, melancólica, dramática, sarcástica, triste. La tristeza es parte de mí y, por mucho que pese, me gusta. Me gusta ese aire melancólico y nostálgico, me gusta esa insatisfacción con el mundo porque me permite creer que las cosas pueden cambiar, porque me permite seguir soñando. Me gusta ese aire bohemio, soñador y romántico. Me gusta el dramatismo del mundo. Y tal vez no sea más que una incongruencia pero me gusta. Porque forma parte de mí.


Alguien dijo en un comentario que le gustaba entrar en mi blog para leer toda esa “dolorosa belleza”. Me gusta escribir así, es parte de mí, es lo que siento, dolorosa belleza. Porque en cierto modo la belleza se oculta en lo dramático, en la nostalgia, en la melancolía, en la tristeza. Me gustan las películas con final triste porque son más bellas, más reales, más dramáticas.


Y, en cierto modo, me da miedo dar este paso porque no quiero que me quiten eso. Tengo miedo de que me despojen de mi tristeza.


Tengo miedo.


Hay una parte de mí que ansía por encima de todo recuperarse, disfrutar de la vida, sonreír y ser feliz. Pero tengo miedo de que me quiten algunas cosas que, poco a poco, se han ido convirtiendo en mi vida, Mis listas, mis objetivos, mis planes, mi dieta, mis ayunos, mis AYUNOS, mis pensamientos.


Hay otra parte de mí que se resiste a creer que por el hecho de dar este paso vayan a quitarme esas pequeñas cosas. Mis AYUNOS. Sobre todo mis ayunos, porque los necesito más que nada en este mundo para enfrentarme a la vida cada día. Supongo que si de verdad creyese que por el hecho de dar este paso van a privarme de mis ayunos, entonces, tal vez, no hubiera dado este paso. Porque necesito seguir saltándome las comidas, tirando, escondiendo, mintiendo y, sobre todo, negándome a mí misma. Necesito esa irremediable mentira. Necesito esa rutina, esa creencia, esa ineludible obra de cada día.


Contrariamente a lo que muchos creen, no tengo miedo de sentarme en la consulta del médico y hablar. No tengo miedo porque llevo hablando conmigo misma mucho tiempo y comprendo a la perfección cada uno de mis sentimientos. He logrado entender, a base de sufrimiento, cada una de esas emociones que me atenazan, que me oprimen el pecho y no tengo miedo de confesárselas a nadie porque llevo mucho tiempo confesándomelas a mí misma. No tengo miedo de sentarme y hablar porque llevo mucho tiempo haciéndome preguntas que nunca he sabido responder y necesito que alguien les dé respuesta.


Sin embargo, sí me da miedo hablar con mi familia. Hace unos días le confesé a mi madre que iba a ir al psiquiatra. Después de muchas reflexiones me convencí de que mi madre debía saberlo. Esto ha sido lo más duro.


Cuando por fin saqué fuerzas y le hice la temida confesión, entre sollozos y lágrimas, mi madre se quedó sin palabras. Al cabo de unos instantes, ella sólo pudo articular algunas palabras de apoyo y aprobación. Cuando ya hubo meditado un poco sobre el tema y yo estaba más tranquila quiso aclarar algunas cosas, quería saber más.


Mi madre no era consciente de cómo estaba en realidad. Fue muy duro decirle a mi madre que había estado varios años vomitando. Fue muy duro decirle que había vuelto a hacerlo. Pero hay tantas cosas que sigue sin saber… Resulta muy duro hablar de determinadas cosas con la gente que te importa. Resulta muy duro hacer una confesión de este tipo a una madre. Y, aunque en el fondo de mí misma soy consciente de que era algo que debía hacer, a veces me arrepiento. Sin embargo, siento que me hubiese quitado una enorme carga de encima. Cuando le confesé a mi madre todo esto, sentí que me había quitado un enorme peso de encima. Un peso demasiado grande.


Tal vez esté haciendo lo correcto, tal vez, esté intentando quitarme esa carga poco a poco. Tal vez esté intentando desprender de mi alma ese tumor que me atormenta, que me hunde, que me atenaza, que me impide ser feliz. Sin embargo, aunque hay una parte de mí que sabe que hago lo correcto, a veces me dan ganas de echarme atrás, de salir corriendo. Porque, en el fondo, tengo miedo.


Pero, entonces, pienso que no puedo salir corriendo, que no puedo huir, porque llevo demasiado tiempo esperando este momento, porque "Hoy es mi gran día".


Gracias a todas por vuestro apoyo.


ANA


Me rindo II


04 JULIO 2007

El lunes fui al médico. Sé que dije que no volvería pero me cambié de médico de cabecera y fui.


Estaba un poco asustada, nerviosa, sentía las palpitaciones de mi corazón por todo el cuerpo. Entré en la consulta y le dije al médico que creía que debería ir al psicólogo o al psiquiatra o algo. Me preguntó si tenía depresión o algo así. Le dije la verdad. “Empecé a hacer dieta hace unos 6 ó 7 años porque tenía sobrepeso. Poco a poco empecé a obsesionarme con la dieta, con los kilos y empecé a vomitar. Estuve así 4 ó 5 años. Luego decidí que tenía que dejar de hacerlo, que estaba destrozando mi vida. Y dejé de vomitar. Pero nunca quise ayuda.”


El médico me miraba asombrado y cuando dije “tenía que dejar de hacerlo, estaba destrozando mi vida” me dijo “muy bien, muy bien”. Pero, en febrero de este año, murió mi abuelo y, entonces, “volviste a hacerlo” añadió él. “Sí”. “Nada más volver del funeral, después de varios años sin (apenas) vomitar, comí y lo vomité todo. Y desde entonces he vuelto a hacerlo.”


Le dije que el verdadero problema, aparte de eso, es que desde entonces, me había obsesionado con otras cosas, como el orden y…. entonces empecé a ponerme nerviosa y el médico me dijo que no me preocupase. Que me mandaría al psiquiatra y que ya le contase todo a él. Me puso “depresión” porque, según él, eso englobaba un poco todo pero que luego ya le explicase a él lo que me pasaba.


Me dijo que todo se arreglaría. Me felicitó en varias ocasiones por haber acudido al médico. Creo que se sorprendió de que alguien acudiera voluntariamente y pidiera ayuda. Me repitió que no me preocupase, que todo iría bien pero que sería muy difícil. Que tendría que ser fuerte y luchar. Que, sobre todo, tenía que ser yo misma la que se enfrentase a esto. Me ofreció su apoyo incondicional por si necesitaba cualquier cosa, lo que, tal vez engañosamente, me consoló.


Y me dijo que me pondría preferente. Que le había caído muy bien. Me repitió en varias ocasiones lo bien que le había caído. Salí de la consulta aliviada y angustiada al mismo tiempo. Pero, sobre todo, al salir sentí que me había quitado un enorme peso de encima. Fue como quitarme las esposas que me esclavizan en mi vida y entregárselas a él. Como decir “No. No quiero seguir siendo la esclava de nadie, quiero ser libre.”


Tengo cita con el psiquiatra el martes que viene. No sabéis el miedo que tengo. A veces me dan ganas de echarme atrás. De… salir corriendo y decir “no, no, no. No puedo hacerlo.” Pero tengo que hacerlo. He dado el paso y… ahora tengo que continuar caminando. Pero tengo miedo.


Valentina, Malicienta, Elena, Christina, Anne, Anónimos, Pryncesa Azul, Myselfagain, Chik gris...


y todas las que me habéis leído y no os atrevisteis a escribir porque tenías miedo… a todas las que me habéis comprendido, las que me habéis apoyado y animado, gracias, gracias de corazón. No puedo decir nada más. Quisiera decir tantas cosas… pero a veces las palabras son insuficientes. Lo sabéis muy bien y también yo me quedo sin palabras.


Vais a conseguir que se me salten las lágrimas y… con lo fría que suelo (intentar) mantener la cabeza para estas cosas… es algo que me abruma.


Pero creo que estos días estoy especialmente sensible. Ha sido muy duro, no sabéis cuánto (o tal vez sí), dar el paso.


Hace ya varios años que decidí que tenía que darlo. Pero no sabía cómo. Me daba miedo. Tenía pánico sólo de pensar que todo cambiaría y, en el fondo, estaba deseando que cambiase.


¿Cómo lo he hecho? No lo sé. Pensé que podía hacerlo sola pero me equivoqué. Me daba miedo pedir ayuda y me empeñé, convencida, de que podría salir de esto sola.


Han sido muchos años de altibajos, convenciéndome de que podría hacerlo, convenciéndome de que no estaba tan mal, de que no era para tanto. Han sido muchos años negándome la felicidad.


Era algo que quería hacer desde hace mucho tiempo pero me daba miedo, no sabía cómo hacerlo ni por dónde empezar. De modo que lo dejas pasar, convenciéndote de que, algún día, todo se arreglará, cuando, en realidad, se va estropeando cada vez más.


Supongo que habrán sido muchas cosas. Me he cansado, me he quedado sin fuerzas, he perdido la ilusión, las motivaciones… son muchos años de sufrimiento que pesan, que pesan demasiado.


Pero lo que de verdad me ha hecho dar el paso es, a mi juicio, pensar en mi futuro. ¿Qué será de mí el día de mañana? ¿Hay un mañana para mí? Esa idea continua en mi cabeza, la idea constante de que las cosas algún día cambiarían y harían que todo mereciese la pena, la idea de que había un futuro esperándome que podía ser maravilloso me ha ayudado a dar el paso.


Pensar que… estoy destrozando mi vida. Que todos los sueños que siempre había tenido se estaban desvaneciendo conmigo. Que tal vez, algún día podría encontrar un estímulo, un lugar en el mundo para mí que me hiciese querer seguir viviendo y, entonces, a lo mejor ya sería demasiado tarde porque estaba destrozando mi vida.


No quiero arruinar el resto de mi vida solo por esto.


Ojalá pudiera deciros cómo dar el paso pero no tengo la fórmula secreta, ni siquiera sé cómo lo hice. Sólo sé que para dar el paso primero debes estar convencido de que deseas darlo. Aunque sigas queriendo estar delgada, aunque sigas queriendo dejar de sentir, aunque te cueste poner un bocado de comida dentro de tu boca sin sentir la necesidad acuciante de ir al baño a vomitar, aunque, en el fondo de ti misma, sigas queriendo seguir adelante con tu propósito para demostrarte que pudiste ganar la batalla. A pesar de todo eso, que sigue carcomiéndome la cabeza constantemente, tienes que estar convencido de que quieres dar el paso. Tienes que darte cuenta de que, por muy duro que te resulte vivir, por muy difícil que pueda resultarte enfrentarte día a día a la vida, deseas vivir, por encima de todo y encontrar el modo, el verdadero modo, que te permita hacerlo.


Sé que, en cierto modo, no me estoy rindiendo. Que, en el fondo, lo que estoy intentando es no rendirme. Pero hay una parte de mí que se rinde. Que se rinde en este juego que es la anorexia. Hay una parte de mí que ha dicho: “No puedo más. No soy capaz. No he sabido vivir. Creí que podría hacerlo sola pero no he sabido. Y me rindo”.


Puede que penséis que he sido muy valiente y, tal vez, de algún modo lo he sido. Pero, por otra parte, también he sido muy cobarde. Cobarde porque no he sabido hacerle frente a esto sola.


Gracias de nuevo por vuestros halagos a mi forma de escribir, lo repetiré hasta la saciedad si hace falta porque es muy importante para mí. No me siento en posición de ser el ídolo de nadie, ni siquiera me siento digna de admiración, pero si eso puede ayudar, en lo poco que sea, a que alguna de vosotras se pare a pensar en su futuro, se pare a pensar que tal vez, en el fondo de sí misma, está chillando a gritos que desea vivir, que desea ser feliz, a que alguna de vosotras se convenza de que debe también dar el paso, entonces me alegro, no sabéis cuánto. Si esto sirve de estímulo, de ayuda, de apoyo, de ejemplo para alguien, si sirve, tan solo, para que alguna de vosotras se pare a pensar que tal vez no está siguiendo el camino más correcto, para que alguna de vosotras se de cuenta de que es posible hacerle frente e intentarlo, entonces habrá valido la pena.


No hace falta ser sobrehumano ni siquiera ser más listo, ni más fuerte, sólo hace falta querer. Sólo hace falta que te des cuenta de que deseas vivir, por encima de todo. Yo no soy más que nadie. Si yo he podido también vosotras podéis hacerlo.


Sé que es muy difícil convencerse de dar el paso porque es más fácil taparse los ojos y seguir caminando sin saber por dónde vas. Lo sé porque a mí también me costó muchos años quitarme la venda para ver qué estaba haciendo con mi vida. Es muy difícil, de modo que lo entiendo perfectamente. Pero es posible hacerlo y sé que también vosotras podéis hacerlo.


De nuevo, me veo aquí dando consejos e intentado salvar a la humanidad de la esclavitud que le oprime. No me gusta. Siempre he dicho que no me siento en el lugar de aconsejar a nadie, que no soy quién para hacerlo. Pero aquí estoy de nuevo, dando ánimos para que salgáis de esto. Pero si consigo que alguien al menos, se pare a pensar qué está haciendo con su vida, que se pare a pensar si ese es el camino que de verdad quiere seguir, entonces, habrá servido de algo.


Por que, tal vez, en el fondo, alguna de vosotras también esté deseando decir: “Me rindo”.


ANA


Me rindo


02 JULIO 2007


– “Hola.”


– “Buenos días, ¿Cómo te llamas?”


– “Ana.”


– “Muy bien, Ana, dime, ¿Por qué estás aquí?”


– “He imaginado cómo sería este momento en muchas ocasiones durante los últimos meses. He imaginado que entraría aquí y usted me preguntaría por qué estaba aquí. Y me he imaginado dándole diversas respuestas tan audaces y ágiles que le dejarían asombrado. Había pensado decirle que, en realidad, esperaba que usted me dijese por qué estoy aquí. También, se me ocurrió decirle que la razón por la que estoy aquí es porque me he rendido, porque no puedo más, porque no soy capaz de hacerlo sola. Y, tal vez, le hubiese dicho que la verdadera razón por la que estoy aquí es porque no sé porqué estoy aquí, porque quiero saber por qué estoy aquí, porque busco respuestas. Y, sin embargo, ahora, estoy aquí y no sé qué debo decir. “


Me he rendido. Bueno, tal vez no me haya rendido del todo. Pero, en cierto modo, lo he hecho. No puedo más. No soy capaz de hacerlo sola. No soy capaz. Me rindo.


Durante el último mes de Junio he empeorado hasta extremos insospechados. No en cuanto al peso, la comida o la delgadez, sino mentalmente. Se me ha ido la cabeza literalmente.


He estado un mes entero de exámenes que me ha sumido en la más absoluta de las locuras. Ya antes era consciente de lo importante que se ha tornado la rutina en mi vida. Pero creía, equivocadamente, que podía controlarlo – maldito control –, que podía llegar a un equilibrio que me permitiese vivir de un modo satisfactorio, que me permitiese vivir, simplemente, vivir. ¡Cuán equivocada estaba! La rutina no es más que un engaño, un parche más en mi corazón. Pero cuando ésta desaparece te sientes débil, torpe, inválido, desorientado, perdido, angustiado, descontrolado. Terminaron las clases allá por finales del mes de mayo y con ella mi rutina. El gran parche de mi vida. Terminaron las clases, los horarios, los madrugones, el gimnasio, las listas, las tareas, los qué hacer. Y cuando todo eso se acaba siento que no tengo nada, siento un enorme vacío. Cuando el parche desaparece queda al descubierto el enorme agujero que hay en mi corazón, en mi vida.


Creía, equivocadamente, que podía controlarlo – maldito control ­–. Creía, equivocadamente, que podría encontrar un modo de enfrentarme a la vida, otro parche que hiciese las veces de rutina hasta que empezasen de nuevo las clases, los horarios, los quehaceres, la rutina.


Pero los parches ya no son suficientes para tapar el enorme agujero de mi vida. Ha llegado un momento en que el agujero es tan grande que no soy capaz de taparlo y este agujero no sutura solo, no cicatriza. Y duele.


Y me rindo.


Durante los últimos meses me he dado cuenta que durante los últimos años me he estado engañando al intentar convencerme de que lo había superado, de que había mejorado. Pero no es cierto. No sólo no he mejorado sino que, además, he empeorado. Pero me he dado cuenta, también, de que la anorexia, no es mi verdadero problema. De que la anorexia no es más que otro parche que puse en otro momento de mi vida. Otro parche que no he sabido quitar y que pesa en el bagaje de los sueños rotos. La anorexia no ha sido más que un modo falso de enfrentarme a la vida, creyendo, erróneamente, que si conseguía controlar algo, podría controlar mi vida.


Durante los últimos años me he empeñado en convencerme a mí misma de que podía superarlo sola. De que no necesitaba ayuda porque vivir no podía ser tan difícil. No debería serlo. Pero lo cierto es que no puedo hacerlo sola. Se me escapa de las manos. Siento que me hubiesen puesto la vida en las manos y no supiese qué hacer con ella.


Y durante los últimos meses se me han agotado las fuerzas. Me he quedado sin aire. He perdido las fuerzas y no soy capaz de levantarme. Se han ido cayendo los parches de mi vida uno a uno, poco a poco, y, ahora, no encuentro el modo de enfrentarme a ella.


Durante los últimos meses he empeorado hasta extremos insospechados. Mis manías han aumentado hasta el exceso, mis obsesiones, la angustia, el orden, la ansiedad, la rabia, la ira, el inconformismo, el pesimismo, la soledad, la inquietud, el miedo… me puede. Y me rindo. La irritabilidad, los cambios repentinos de ánimo, todo o nada, la insatisfacción, la falta de concentración, la sensación de vacío, la angustia, los impulsos, las voces, esas imágenes en mi cabeza… todo ha vuelto con más intensidad. La idea recurrente de suicidio.


Y, aunque hay una parte de mí que sabe que nunca lo haría, me da miedo. Porque nunca se sabe. Porque he perdido el control – maldito control­ –. Y nunca había pensado de un modo tan cercano y tangible en el suicidio. Porque la idea me carcome la cabeza continuamente y me asusta. Porque tengo miedo. Porque se me va de las manos. Porque no veo otra salida. Porque me puede. Porque no soy capaz. Porque me he dado cuenta. Porque me he estado engañando. Porque necesito ayuda. Porque, porque, porque…


Me rindo.


Esta tarde tengo cita con el médico. Me he rendido. Necesito ayuda. Y tengo miedo. Sé que no será fácil. Pero es mi última esperanza. Sola no sé hacerlo, no he sabido hacerlo. No he sabido vivir. Después de 10 años creyendo que podía hacerlo sola me he dado cuenta de que solo era un engaño. Otro engaño más en mi vida. Y he decidido hacer lo que debí haber hecho hace más de 6 años. Rendirme.


Después de varios meses de divagaciones, de disgustos, de crisis, de enfados, de sufrimiento, he dado el paso, pedir ayuda. Y cómo cuesta pedir ayuda. Una ayuda que debí haber pedido hace más de 6 años. Una ayuda que no sé si llegará demasiado tarde. Una ayuda que me da miedo.


Y he imaginado en muchas ocasiones cómo sería la primera sesión, imaginando qué decir, qué palabra exacta debía utilizar a continuación. He imaginado en muchas ocasiones qué le diría al psiquiatra. He intentado averiguar la razón, la verdadera razón, por la que estaría allí.


Porque quiero vivir.


Porque…


Me rindo.


ANA


Que se pare el mundo


01 JULIO 2007


Terminaron los exámenes.


Por fin terminaron los exámenes. Maldita desdicha de un mundo que se mueve demasiado rápido sin siquiera saber a dónde ir, sin rumbo, sin sino. ¿Por qué? ¿Por qué nos movemos a un ritmo tal que atenaza a nuestros corazones? ¿Por qué? ¿Por qué las palabras atraviesan mi mente sin sentido alguno? ¿Por qué? ¿Por qué las palabras surcan mi mente, mi alma, fundiéndolas en un solo ser? ¿Por qué? ¿Por qué tantas preguntas sin responder? ¿Acaso es posible vivir sin saber? Vivir sin respuestas…


Maldita desdicha de un mundo que se mueve demasiado rápido. Que se pare. Que se pare el mundo. Yo me quedo aquí.


Llega el verano. Maldita desdicha de un mundo que se mueve demasiado rápido. El verano viene y va, dando paso al otoño, el invierno y la primavera para volver de nuevo al principio, para volver de nuevo al verano. Maldita desdicha de un mundo que se mueve demasiado rápido.


Que se pare el ritmo frenético que atenaza nuestras vidas. Que se pare el mundo. Yo me bajo aquí.


Malditas palabras que surcan mi mente a un ritmo pavoroso sin dejarme apenas respirar. Que se pare el mundo, yo me bajo aquí.


Llega el verano, maldito verano, maldita desdicha de un mundo que se mueve demasiado rápido. De un mundo que gira y gira sin cesar. Que se pare el mundo yo me bajo aquí.


Terminaron los exámenes. ¿Y ahora? ¿Qué sucederá ahora? Se acabaron las clases, los quehaceres, la rutina. Se acabó la rutina. ¿Y ahora qué? ¿Qué será de mí?


Ya llegó el verano. Aborrezco el verano. Aborrezco el verano porque con él se va mi rutina. Todo cambia y aborrezco los cambios. Y aborrezco el verano. La llegada del verano, tener que adaptase de nuevo. Los cambios. No me gustan los cambios. El calor, el tiempo, el aburrimiento, las palabras surcando mi mente. La playa, la piscina, ponerse de nuevo el biquini. ¿Por qué me resulta tan difícil si cada año es lo mismo? Lo mismo de siempre pero a la vez diferente porque todo cambia y tienes que volver a adaptarte. Y acaba de empezar el verano y ya deseo que comience el otoño. El frío, la manga larga, las clases, la rutina. Qué difícil me resulta adaptarme a los cambios. Qué rápido va el mundo.


Maldita desdicha de un mundo que se mueve demasiado rápido. Que se pare el mundo yo me bajo aquí.


Un mundo que se mueve demasiado rápido sin apenas darme tiempo para disfrutar porque aún me estoy adaptando, aún estoy buscando el modo de sobrevivir en mundo que se mueve demasiado rápido.


Y acabará el verano y comenzará el otoño y tendré que volver adaptarme, a encontrar el modo de sobrevivir a la rutina, a una rutina que no es más que el verdugo de mi vida. A una rutina que me ahoga. A una rutina que desgraciadamente anhelo porque no encuentro un modo de sobrevivir sin ella en este mundo que va demasiado rápido.


Maldita desdicha de un mundo que se mueve demasiado rápido. Que se pare el mundo yo me bajo aquí.


ANA

Pero siempre pierdes


28 JUNIO 2007


El verdadero problema es que la anorexia es como un reto, como una apuesta, un pacto en el que te empeñas en apostar absolutamente todo lo que tienes con el único objetivo de ganar.


Pero lo terriblemente duro de la anorexia es que no hay ningún premio. Te apuestas todo lo que tienes porque deseas conseguir algo que ni siquiera sabes qué es.


Y el verdadero problema, más allá de toda duda, es que desde el principio tienes todas las de perder. De hecho, vas a perder. Eso es lo más triste de todo, que, hagas lo que hagas, vas a perder.


Si consigues vencer al hambre, si consigues dejar de comer y te conviertes en la “perfecta anoréxica”, entregas tu vida a la muerte y pierdes. Si consigues salir, si consigues superarlo, volver a comer, recuperarte; pierdes.


Eso es lo más triste. Que siempre pierdes. Y aunque, puede que, algún día, te recuperes del todo, siempre te carcomerá la idea en tu cabeza de que has perdido, de que has fracasado, de que no fuiste lo suficientemente buena para ganar la apuesta. A pesar de estar recuperada, siempre vivirás con la certeza de haber fracasado, de no haberlo conseguido.


Y ese es el mayor de los problemas porque esa idea es la que te hará caer una y otra vez en un intento vano de volver a apostar porque estás convencida de que “esta vez lo conseguirás”.


Lo terriblemente duro de la anorexia es que hagas lo que hagas siempre pierdes. El problema es que cuando apuestas por primera vez no lo sabes. Eres consciente de que será duro, de que será muy duro, que te costará un gran esfuerzo, que tendrás que darlo todo por conseguirlo pero estás convencido de que puedes ganar y estás convencido hasta el último centímetro de ti mismo de que puedes conseguirlo.


Pero nunca lo consigues. Porque no hay nada que conseguir. Porque siempre pierdes.


ANA


¿Qué más puedo decir?


25 JUNIO 2007


Me gustaría poder explicar muchas cosas pero a veces no sé cómo hacerlo. Porque no me resulta fácil. Sé que cuesta entenderlo y sé que a nadie le gusta que le digan que no lo entiende. No creo que sean estúpidos por no entenderlo. Creo que es lo más normal del mundo no entender lo que siente otra persona cuando nunca se han sentido así. No les culpo por ello. Me piden que me ponga a “su nivel” pero no puedo, simplemente, no puedo. Este es mi nivel. Si me pusiera a su nivel no podría explicar cómo me siento, no podría entender cómo me siento. Tal vez, a su nivel, no me sentiría así. Pero no estoy a su nivel. De modo que no puedo explicarlo de otro modo.


Creo que lo que no entienden es “mi nivel”. No sé muy bien a qué se refiere lo del “nivel”, no sé qué significa ni cuál es el concepto del mismo, pero estoy de acuerdo que estamos a niveles diferentes o tal vez, en puntos diferentes, que tenemos modos distintos de pensar, de sentir y de ver las cosas.


Ojalá pudiera ver y sentir las cosas como ellos. Pero no puedo. Es algo que tienen que entender porque, sencillamente, yo no soy así. No puedo evitarlo. Si me empeñase en ver las cosas a su modo, lo cual se me antoja sumamente difícil, pero suponiendo que pudiese, entonces me estaría engañando. Me estaría negando a mí misma porque no sería yo. Sé que tengo una personalidad compleja. Que mi cabeza va a mil revoluciones por hora y que eso me perjudica.


Durante mucho tiempo pensé que era una persona inteligente. Más tarde, me di cuenta de que no era tan inteligente. Luego, empecé a creer que era más bien tonta. Ahora ya no sé muy bien qué creer. Tal vez sea más inteligente que el resto o tal vez no. De lo que sí estoy segura es de que tengo una capacidad especial para darme cuenta de las cosas. Que tengo una capacidad para interpretar las cosas, para ver más allá del simple hecho en sí de las cosas que la mayoría de la gente no tiene. No sé si tiene que ver con un alto coeficiente intelectual o si es más bien una personalidad paranoica que me obliga a ver cosas donde no las hay. De lo que soy consciente es de mi consciencia del mundo. Tengo una consciencia de las cosas que la mayoría de la gente no tiene. Y soy consciente de que eso me perjudica. No creo que sea algo malo, de hecho creo que debería ser algo más bien positivo. El problema está en mi interpretación de esas cosas, de esa forma de concebir el mundo. El modo que tengo de interpretar la consciencia extrasensorial que tengo del mundo, de la vida en sí.


A veces siento que mi cabeza va por encima de mí misma. Es decir, que mi cabeza es capaz de ver y entender cosas que yo misma no soy capaz de absorber. Como si el mundo se me hiciera demasiado grande e inabarcable para mi persona. Como si mi capacidad emocional no estuviese a la altura de mi capacidad mental, lo que hace que me resulte tremendamente difícil abarcar emocional y personalmente todos los aspectos de la vida o del mundo que mi mente sí es capaz de concebir.


Tal vez no entiendan todo esto porque no está “a su nivel”. Pero no puedo explicarlo de otro modo, porque es el nivel al que está. Y si no pueden entender mi nivel entonces no podrán entenderlo. No pueden pedirme que explique todo esto a su nivel porque en su nivel probablemente esta teorización del mundo no tenga sentido. De modo que si quieren entenderlo tendrán que ser ellos los que se pongan a mi nivel.


Lo que quiero decir es que me resulta difícil vivir. Me resulta difícil. Y sí, ya sé que cuesta entenderlo porque probablemente no entiendan que para alguien, algo aparentemente sencillo, pueda resultar tan difícil.


La cuestión, en definitiva, es que tengo una deficiencia personal terrible. Tengo una personalidad compleja que no me deja vivir. Y sé que tengo un problema. Más allá de mis problemas con la comida, con mis obsesiones, con mis manías, con mis miedos… el verdadero problema soy yo misma. Y soy consciente de ello. Desgraciadamente, soy consciente de ello. Me ha costado muchos años darme cuenta de que el verdadero problema soy yo misma.


¿Qué más puedo decir? Que tal vez no soy quien creen que soy. Que ni siquiera sé quién soy. Que he vuelto al principio de todo. Que estoy como hace 9 años con una crisis personal terrible pero mil veces más trastornada. ¿Qué más puedo decir? Que tengo una personalidad limítrofe, que tengo problemas de ansiedad, de inestabilidad emocional, indicios neurótico-maníaco-depresivos, falta de autoestima, un trastorno alimenticio…. ¿les parece poco?


No puedo decir más. Que siento que tengan que pasar por esto. Que lo siento de verdad. Pero que me den un respiro. Que yo no tengo la culpa. Que lo siento, lo siento de verdad, pero no tengo la culpa. Que, al fin y al cabo, soy yo la que está padeciendo esta situación. Sí, soy consciente de que también a ellos les afecta, pero lo hace indirectamente. Y yo convivo con esto cada día, cada minuto. De modo que, dadme un respiro.


Lo siento por ellos, pero sobre todo por mí, lo cual se me antoja un gran paso porque, por fin, estoy aprendiendo a compadecerme de mí misma.


¿Qué más puedo decir?

ANA


Anorexia VS Bulimia: respuesta


14 JUNIO 2007


No he podido evitar contestar la persona que escribió el primer comentario en Anorexia VS Bulimia II pero cuando comencé a responder me di cuenta que tenía demasiado que decir, de modo que, escribí un nueva entrada haciendo referencia a su comentario:

No, no es lo mismo.


Sé que es difícil de entender. Sé que es muy difícil.


Aunque pueda parecer extraño, la anorexia es control. Entiendo que te cueste comprenderlo porque llega un momento en que no eres capaz de decidir dejar de comer, simplemente, no puedes hacerlo. El verdadero problema no es el control en sí, sino la concepción que tenemos del control. Eso es lo que le cuesta entender a los demás, que el control se base en dejar de comer, en negarte la comida. Cuando comes sientes que has fracasado.


Bajo mi punto de vista, no es correcto decir que la anorexia te controle a ti, el problema es que la anorexia altera la concepción que tenemos del control y te impide ver las cosas como en realidad deberían ser; eso hace que sigamos creyendo que es el único modo de mantenerlo.


El control es una cualidad muy valorada en nuestra sociedad. Marya Hornbacher dice: “He aquí una de las verdades más triviales y terribles de los trastornos de la alimentación. En esta cultura, cuando una mujer está delgada, muestra su valía de un modo que ningún gran logro ni carrera puede hacer, controlarse. Una mujer capaz de controlarse es casi tan buena como un hombre. Una mujer delgada puede Conseguirlo Todo.”


Puede que parezca que el no poder llevarse un bocado a la boca sea un descontrol, pero al revés de lo que la gente cree, eso es el control. Eso significa, entre otras muchas cosas mantener el control. Cuando te das cuenta de que no puedes controlar tus sentimientos, tus sensaciones, tus emociones, buscas algo que te permita mantener algo de control en tu vida. Y la comida es una salida fácil.


Te equivocas si crees que para las anoréxicas, al menos para mí, los huesos son sinónimo de perfección. Pero al igual que el control, la perfección es un término abstracto, muy valorada en nuestra sociedad y la visión que tenemos de ella es, también, muy difícil de entender. La perfección no son los huesos en sí, sino lo que ello implica.


Y, desgraciadamente, sí, algunos de los placeres de la vida suponen para la persona anoréxica sucumbir al pecado. Cuando te empeñas en no necesitar, cuando crees que no lo mereces o que, simplemente, es una tentación en la que no debes caer porque, por alguna extraña razón, tu cabeza te dice que está mal, los placeres de este mundo, la mayoría de ellos carnales, te impiden demostrarte que realmente no necesitas. Los placeres de la vida se tornan un obstáculo para negar el cuerpo y salvar tu alma.


Es curioso que digas que lo que pienso es fruto de la enfermedad. Sencillamente, no es cierto. No es lo que pienso sino lo que siento, la concepción que tengo de las cosas. La visión, el concepto, la imagen que tengo del control, la perfección, el alma… eso es fruto de la enfermedad, no lo que pienso. Sin embargo, hay mucha más realidad de la que crees en mis palabras.


La anorexia no es más que un modo de huir de un mundo, de una sociedad, cada vez más banal, más materialista, insustancial y superflua. Es un modo de rechazar esa corriente que nos lleva. Y eso es real. Hay mucha más realidad de la que crees en mis palabras.


Pero mi modo de enfrentarme a ella es diferente al tuyo. Por eso estoy enferma. Porque no he sabido hacerlo de un modo mejor. Soy consciente de que la anorexia es una enfermedad aunque, muchas veces, me empeñe en negarlo o no quiera reconocerlo. Pero soy consciente de ello.


Estar enferma no quiere decir que no veas las cosas, no quiere decir que no te des cuenta o no sepas interpretarlas. Estar enferma no quiere decir que tus opiniones o tus concepciones no sean válidas. La persona anoréxica no está loca, simplemente no encuentra un modo saludable de enfrentarse al mundo y, en muchos casos, está mucho más cuerda que el resto. De hecho, probablemente, una persona anoréxica sea mucho más consciente de la realidad que el resto y, por eso, cae en la anorexia. Es difícil vivir en esta sociedad siendo consciente de la realidad que la envuelve.


Vivimos en una sociedad trivial en la que nadie se plantea nada. En que todo se da por hecho, en que te dicen cómo debes pensar y cómo debes sentir. Y cuando alguien se para, deja de caminar y se plantea cuestiones existenciales sobre el mundo todos creen que está loco. Tal vez, éste sea el menos loco.


Tal vez los demás crean que nuestros razonamientos son erróneos pero no es más que otro modo de ver la realidad. Una misma cosa puede verse de modos diferentes dependiendo del punto desde el que la mires. De modo que, creo que te equivocas al creer que he perdido la visión de la realidad. Tal vez sea mucho más consciente de la realidad que el resto. Y, tal vez, simplemente te cueste entender mi visión de las cosas, pero eso no hace que dejen de ser racionales.


ANA


Anorexia VS Bulimia II


14 JUNIO 2007


Hasta febrero de este año.


Mi abuelo murió. Vivíamos lejos. Apenas le veía pero le quería muchísimo. Estaba muy unida a él. Los últimos años iba a ver a mis abuelos en Navidad y pasaba las fiestas con ellos en vez de pasarlas con mis padres y hermanos como había hecho siempre. Las últimas Navidades, no sé muy bien por qué, sentí que tal vez no volvería a verles. Sentí miedo. Deseé poder pasar más tiempo con ellos, deseé poder volver a verles, temerosa de que no pudiera suceder. En febrero mi abuelo enfermó. Le operaron y le dieron el alta. Fui a verle y pasé toda una semana con mis abuelos disfrutando de ellos al máximo. La semana siguiente le volvieron a ingresar, tuvo una crisis y murió de repente. Aquello fue un duro golpe. Recorrimos 500 km para ir al entierro y al funeral. Fueron los dos días más duros de toda mi vida.


Al día siguiente, de vuelta en casa, fui a clase, inocente de mí, creyendo que me ayudaría a olvidar. En la última clase me fui. Compré una bolsa enorme de regaliz y golosinas que comí tranquilamente sentada frente a un ordenador de la facultad. Luego, fui al baño y vomité. Durante ese tiempo entraron dos chicas en el baño. Dejé de vomitar. Esperé en silencio a que se fueran y volví a meterme los dedos en la garganta. Nunca había vomitado en la facultad. La facultad era como mi lugar sagrado. Nadie podía decirme que tenía que comer. No tenía por qué hacerlo. Aquel día caí demasiado bajo.


La primera semana tras la muerte de mi abuelo vomité varias veces. La siguiente seguí haciéndolo. Por las noches me tumbaba en la cama sin poder dormir. Llorando sin parar. Me despertaba con los ojos hinchados y un enorme dolor de cabeza. Fue la primera vez que me enfrenté a la muerte. Nunca lo había hecho de un modo tan cercano.


Durante muchos años he deseado morir. He deseado desaparecer. La muerte ha sido, durante muchos años, mi único fin. He alabado y venerado a la muerte, embriagando mi alma de odio con cada paso que daba. Nunca tuve miedo a la muerte. Anhelaba la muerte hasta un punto inexplicable. Pero morir es más doloroso que la muerte.


"La muerte puede parecer un sueño, pero ver la muerte, verla de verdad, hace que soñar con ella resulte ridículo."


Cuando mi abuelo murió comprendí que era ridículo. Cuando murió mi abuelo comprendí que no quiero morir. La muerte da miedo. La muerte de mi abuelo, ver, sentir la muerte tan de cerca, me ha hecho comprender que la muerte no es algo que pueda desearse, no es algo que deba desearse. Sentir la muerte paseando frente mí me ha hecho comprender que no es algo digno de anhelar. La muerte de mi abuelo me ha planteado muchas preguntas, muchas dudas, muchos interrogantes, muchos miedos.


Desde que murió mi abuelo volví a vomitar. No lo hago con frecuencia, pero lo hago. Esto plantea un incuestionable razonamiento: cuando las emociones se descontrolan, cuando no encuentras un modo saludable de enfrentarte a ellas, de enfrentarte a tus miedos, se desata en ti la necesidad acuciante de trastorno.


He vuelto a caer. He dejado de comer. Mis ayunos son más largos. Mi dieta más estricta. Mis ejercicios más constantes. Los vómitos más frecuentes.


Quiero dejar de vomitar. Me da asco. Pero no quiero comer. Si pudiera, si tan solo pudiera, dejar de comer sin más. No soy capaz de mantener el control estricto que exige mi dieta. Cuando estudio no puedo concentrarme. Me duele la cabeza. Me siento mal. Necesito un chute. Y como. Y me siento mal. Y vomito. Aquí empieza todo. A veces dudo que sea posible mantener la anorexia sin recurrir a la bulimia.


La anorexia se me antoja perfecta. Es un modo de negarte un placer que crees no merecer. Es un modo de luchar contra el mundo. Un mundo de expresar tu inconformismo, tu rabia, tu dolor, tu angustia. Un modo de negarte a ti misma. La anorexia es un modo de decir “no necesito nada”. Es un modo de expresar la absurda creencia de que no necesitas comer, de que no necesitas alimentar tu cuerpo, que tan sólo deseas alimentar tu alma. Es un modo de negar tu cuerpo para salvar tu alma, vivir únicamente de tus pensamientos. Es un modo de matar el cuerpo cuando éste se antoja tosco, inútil, inevitable, involuntario, descontrolado, excesivo, un impedimento para la supervivencia del alma. Es un deseo de matar poco a poco tu cuerpo en contraposición con el alma.


La anorexia me funcionó entonces. Pero cuando recuperé la ilusión por vivir, cuando decidí que no quería morir, entonces la anorexia por sí sola no se mantiene. Recurres a la bulimia porque hay una parte de ti que no quiere morir. Cuando te das cuenta de que no quieres morir, de que sólo era un juego, de que sólo era un modo dejar de sentir, entonces la anorexia no es un sistema válido de vida. Sin embargo, cuando el problema que desata la anorexia no está superado, entonces es cuando te das cuenta de que no estás a salvo, de que estás enferma porque no eres capaz de vivir de un modo saludable. Porque no eres capaz de comer sin dejar de vomitar, porque, aunque desees vivir, el problema sigue ahí.


Cuando mantienes la esperanza, cuando existe todavía un atisbo de ilusión, cuando hay algo en ti, por minúsculo que sea, que te impulsa a seguir, cuando existe todavía un atisbo de deseo de vivir, de seguir con vida en este mundo, entonces, la anorexia no funciona. El magnífico plan de la supervivencia del alma a toda costa, matando de hambre a tu cuerpo no funciona porque hay algo en ti que desea mantenerse con vida. Entonces, recurres a la bulimia en un intento de prorrogar tu estancia en este mundo.


Pero la bulimia se me antoja tan opuesta a la anorexia. La bulimia se me antoja débil y caótica. Es todo lo contrario a la anorexia. Es el descontrol, la imperfección, el fracaso, la rendición al pecado, a la carne, a la comida. La bulimia implica necesitar, es sucia, excesiva.


La anorexia, o, más bien, lo que implica la anorexia, es inalcanzable. Cuando no deseas morir, la salvación del alma en contraposición con tu cuerpo es inalcanzable. No es más que un sueño. De modo que, por fin, me he dado cuenta de que no es posible mantener la perfección que exige la anorexia cuando en el fondo no deseas morir. Cuando, en el fondo, lo único que deseas es morir un poco, dejar de sentir. En este punto la bulimia se hace inevitable. Pero la bulimia me da asco. No quiero anorexia con bulimia. No quiero anorexia si ello implica bulimia. No quiero morir. No quiero ser anoréxica, sólo quiero ser feliz.


ANA


Anorexia VS Bulimia I


07 JUNIO 2007


¿La anorexia y la bulimia siempre van de la mano?


No me considero bulímica. Me da asco la bulimia. No la bulimia en sí, sino el hecho de vomitar. La preparación de la “gran ingesta” a modo de festín de la Antigua Grecia como si hubiese algo que celebrar. El ritual sistemático descontrol-ingesta-vómito, la excesiva cantidad de comida que entrará por tu boca para colarse por el esófago y llegar hasta el estómago, masticar cada bocado, o no masticarlo siquiera para introducir el siguiente bocado que apenas podrás saborear. Toda esa comida oprimiéndote el estómago, la sensación de descontrol que te inunda al dar el primer bocado, la sensación terrible de incesto al sucumbir a la tentación de la comida, la sensación traumática de que ya has empezado y no puedes parar. La sensación de fracaso de haber sucumbido a la necesidad a modo de herejía, la sensación de que tu estómago está a punto de estallar. Toda esa comida navegando por tu estómago. La necesidad irremediable de vomitar. El sabor de los vómitos en tu boca, el olor de los vómitos en tus manos, el ácido que corroe tu esófago. El deseo de querer parar, de querer desaparecer. Los vómitos, las arcadas, toda esa asquerosa comida saliendo de nuevo por tu boca. El dolor, las lágrimas, el hedor, el fracaso, la herejía, el descontrol, el desvanecimiento, la angustia, la ansiedad, el castigo, las mentiras, los vómitos, el dolor de cabeza, la falta de concentración, el desconcierto, tu garganta que chilla que debes parar. Los ojos vidriosos, el esmalte corroído, las venas a punto de explotar, tus pulmones ahogados en un mar de vómito, el pulso incontrolable, las rodillas a punto de fallar. La tranquilidad de te envuelve después de vomitar, la sensación de haber recuperado el incierto control, la culpabilidad, el miedo, el odio.


Los atracones en mi vida no son una constante. Por lo general, paso varios días en ayuno, unos más estrictos que otros, al 4º ó 5º siento que me desvanezco. Oigo mi cuerpo que grita “¡Necesito comer!”. No puedo concentrarme. No puedo pensar con claridad. Los gritos son cada vez más fuertes y angustiosos. Entonces una fuerza incontrolable me impulsa en un alarido hacia la cocina. Necesito comer algo. Necesito darle algo a mi cuerpo que calme el cerebro. Necesito una dosis de energía. Estoy a punto de caer. Necesito un chute. Una galleta. Me digo, sólo una galleta. Pero después de la primera viene la segunda. Luego pienso que si ya has comido una ¿qué más da una que 20? Has sucumbido a la tentación, al pecado, cual Eva cogiendo la manzana del árbol equivocado. Eres una hereje. Has fracasado. Después de un montón de galletas que, a veces, prefiero ni contar, se desata la angustia, la ansiedad. En realidad, se desató tras la primera galleta, tras el primer bocado. Después de varios días de ayuno, cuando alimentas a tu cuerpo, cuando rompes por fin el ayuno, una sensación de descontrol se desata en ti. Se abre la veda. No puedes parar. Necesitas comer. Se desata la ansiedad, el descontrol y te conviertes en un animal devorándolo todo a su paso.


Después de las galletas, a veces como otras cosas. A veces un poco de queso, un yogur, una coca cola Light, una manzana. A veces no como nada más. Si consigo parar de comer me sentiré mal por haber sucumbido, por haber fracasado, por haber engordado tal vez dos o tres kilos, todo el esfuerzo por la borda. Si no soy capaz de controlarme y sigo comiendo a hurtadillas en mi habitación, tal vez coja más queso, más galletas, frutos secos… para entonces ya me sentiré lo suficientemente mal y sucia como para ir a vomitar. No es un atracón en toda regla. Creo que Atracones con mayúsculas sólo me he dado un par en toda mi vida.


Odio vomitar. Siento asco. Hace varios años decidí que tenía que dejar de hacerlo. Y lo hice. No sé muy bien cómo. Fue de repente. Me convencí de que no quería más asco en mi vida. Pero no supe controlar esas pequeñas crisis de descontrol tras varios días de ayuno. Y engordé varios kilos.


He vomitado en los últimos años en varias ocasiones puntuales en las que la soledad, el miedo, el desconcierto, el descontrol y la culpabilidad han superado al deseo de recuperarme. Para mí fue todo un logro.


Hasta febrero de este año.


Continuará...

ANA